Hace apenas 15 años el tango era un género casi totalmente desconocido en China. Solo lo practicaba un puñado de seguidores que lo había descubierto en viajes a la Argentina y, curiosamente, un grupo de profesores alemanes que abrió las primeras milongas locales.

El proceso general de transformación del país asiático, inédito en la historia por su velocidad y su alcance, se proyectó al campo cultural: impulsado por la insaciable curiosidad del pueblo chino de conocer expresiones artísticas extranjeras, hoy el tango se ha convertido en un fenómeno imparable. Hay academias en todas las grandes ciudades, festivales, maratones —fiestas en las que se baila tango día y noche, sin pausa— y hasta un concurso nacional que elige a la pareja que representa a China en el mundial de Buenos Aires.

La desproporción demográfica entre ambos países es difícil de asimilar. Se estima que unas cien millones de personas practican lo que aquí se llama "bailes de plaza", una actividad que reúne a la gente en espacios públicos para hacer ejercicio físico, bailar y socializar. Estos grupos fueron incorporando el tango como parte de sus rutinas rítmicas, cuasi deportivas, pero a veces en extraña fusión con el vals, el bolero, el rock y coreografías tradicionales.

Aunque resulte increíble, no es aventurado afirmar que hay más ciudadanos chinos que alguna vez hicieron un paso de tango (incluso sin saberlo, como parte de una mezcla de estilos) que toda la población argentina.

La barrera del idioma es un límite pero también una oportunidad. Los chinos llegan al tango interesados por la danza, pero luego se apasionan y quieren saber más sobre el país. Junto con el baile transita la cultura del tango, la poesía, la historia, las artes plásticas. Un ejemplo concreto de este pasaje: la primera muestra integral de fileteado porteño en China, que se inauguró en mayo y aún se encuentra en exhibición, fue visitada por toda la comunidad tanguera de Beijing.

En un segundo paso fluye también el interés general por el idioma, los paisajes, la Ciudad de Buenos Aires, el cine, la literatura. El baile como punto de partida de un viaje integral a la Argentina.

Los tangueros chinos más experimentados han aprendido español para poder nombrar correctamente los pasos y —aunque con gran dificultad para descifrar el lunfardo— entender las letras de las canciones; también han viajado a Buenos Aires más de una vez.

La difusión, por otra parte, debe aceptar y apoyar una inevitable adaptación al medio: no es difícil advertir que toda expresión cultural que ingresa a China se "sinifica", es decir, se vuelve un poco china. Las condiciones de recepción son tan intensas y singulares que resulta casi imposible que cualquier elemento extranjero, ya sea de orden teórico o artístico, pueda desarrollarse de manera pura. Por el contrario, todo es reapropiado, resignificado, y con los años tal vez convertido en algo nuevo.

Que el tango adquiera rasgos chinos es prueba de su popularización.

Quedará para la Argentina, sin embargo, la idea de la cuna del tango, el lugar al que los profesores extranjeros deben viajar para lograr una especialización final que marque una diferencia cualitativa.

El autor es consejero cultural de la Embajada Argentina en China.