Desde antiguo los mercados eran caracterizados como un "sitio" donde se reunían productores que llevaban su mercadería para la venta y compradores dispuestos a pagar por esos productos. El precio lo determinaba la oferta y la demanda y así, habitualmente, se realizaban los encuentros y las operaciones. Los mercados de capitales aparecieron mucho después y las bolsas a comienzo del siglo pasado.
Desde luego que en el proceso histórico los mercados y el intercambio comercial y financiero dieron un salto impresionante con la revolución industrial ocurrida en Gran Bretaña y expandida al resto de los países europeos y a los Estados Unidos de Norteamérica. El lugar, que más adelante es suplido en parte por las comunicaciones telefónicas o por cable hoy, es reemplazado por los espacios virtuales y las transacciones que requerían el movimiento físico de activos hoy se reduce a un intercambio por cable o vía internet gracias a la tecnología y en pocos segundos se formalizan las operaciones. Sin embargo, pese a los cambios habidos en la estructura y funcionamiento permanecen como elementos constituyentes de todo ente llamado mercado los siguientes: a) la provisión social de necesidades; b) la normalización del comportamiento de los que participan de la misma y c) la objetivación cultural.
¿El mercado es un sujeto?
Solo metafóricamente se dota a los mercados de voluntad o se los compara con organismos vivos. Por eso mismo dijimos en una nota anterior que es un eufemismo hablar de libertad de mercado. La denominada "libertad de mercado" no es más ni menos que la libertad de las personas que conducen u operan los mercados. Es decir que gobiernan los movimientos comerciales -el ingreso de mercadería, los precios, la calidad de las mismas, el direccionamiento de la oferta e influyen sobre la demanda. Influyen sobre los consumidores porque la competencia y la misma necesidad de expansión exige la incesante captación de voluntades a fin de vender más. Y en este punto la psicología social y la publicidad han avanzado notablemente para influir en los seres humanos, es decir, conformar sus gustos, deseos y necesidades (su subjetividad).
Pero volviendo al mercado como institución que es gobernada por personas físicas, la responsabilidad de lo que acontece en la economía, no es del mercado sino de los "operadores de los mercados". Y desde luego también y al mismo tiempo es responsabilidad de quien gobierna el Estado.
¿Transformación del comercio ilegal en mercado?
No vamos a referirnos a los mercados financieros tan de moda últimamente. Sí en cambio a un fenómeno de nuestra época y de nuestro país que es el que ocurre cuando intercambios de comercio ilegal se pretenden legalizar transformando su estructura mafiosa y un comercio considerado dañino en la estructura de un mercado institucional y en una actividad permitida por la ley. Y en el afán de transformar esos comercios ilegales en mercados es que los mercaderes hacen campañas de marketing, fomentan una objetivación cultural de esas necesidades y ejercen presiones a fin de normalizar dicho comportamiento. Con un claro afán de lucro. Y esto mismo es lo que está ocurriendo con la producción y consumo de drogas ilegales y con la comercialización de embriones que es una derivación de la legalización del aborto.
El comercio de la marihuana -desde las olas de contrabando cuyas vías y medios de transporte, centros de concentración y distribución en la Argentina todos conocemos -llega en camiones o por vía marítima de los centros de producción de la república del Paraguay con destino a puertos internacionales o por tierra a las villas del Gran Buenos Aires. Es un ámbito similar al mercado pero carece de la normalización del comportamiento. Hay códigos pero no hay leyes. La ilegalidad le priva de uno de los elementos constituyentes del mercado. Lo que hay en común es una estructura, sujetos que lo manejan y consumidores que demandan la mercancía.
Ahora bien, sería pueril pensar que el debate sobre la despenalización de la producción, comercialización y consumo de la marihuana que se da en la Argentina y otros países, o la legalización del aborto responden a iniciativas de mentes confundidas por el humo de un "porro", o políticos locales queriendo captar votos "progresistas", sin advertir que detrás de esas conductas están los intereses de los dueños de las empresas multinacionales y la expansión de esos mercados legalizados en países centrales. Conocidos laboratorios en el caso del comercio de embriones, o de las multinacionales que cultivan cannabis sativa donde se ha legalizado este tipo de cultivos. Grupos empresarios que operan sólo como expresión de las tecno estructuras que se mueven en función de intereses propios personales y de grandes grupos, sin fidelidad a ninguna nación o Estado.
Muy lejos del bien común y de la paz social. La razón que impulsa esas iniciativas es simple: la comercialización de la marihuana legalizada será sin duda uno de los más importantes mercados de commodities del planeta. Y otro tanto ocurre con el mercado de embriones.
La acción de estos grupos que tienen un poder y magnitud medidos en términos de producto bruto mayor al de muchos países, carentes de conciencia moral y religiosa, conduce inexorablemente a la debilidad de nuestras democracias, de nuestros Estados nacionales, de nuestra identidad y de nuestra conciencia.
También conducen al aumento de la gran brecha entre ricos y pobres a la que aluden los grandes economistas de nivel mundial, como premio Nobel de economía Joseph Stiglitz en su libro "La gran brecha" y que es objeto de permanente preocupación de la Iglesia católica.
Premisas de la economía libre
Esto es posible porque según las premisas de la economía libre o economía de mercado la economía y la moral o la religión son ámbitos estancos, separados, incomunicados.
La economía debe regirse por sus propias reglas y sin sujeción a leyes o consideraciones morales externas a ella decía Adam Smith. También se instauró como axioma que no había que preocuparse por la distribución de los ingresos ya que "el verdadero juego de las leyes de mercado es lo que garantiza mejor el progreso e incluso la justicia distributiva". Basta con observar la realidad para tener por cierto que esa premisa es arbitraria y ese axioma es falso.
Hacia un justo control estatal de los mercados
Como se puede advertir el verdadero conflicto que afronta el mundo actual no es otro que el de la lucha por el "auto-control" del mercado defendido por aquellos que sostienen que la economía tiene como único fundamento el egoísmo sin escrúpulos o límites, a pesar de las ingentes e infinitas desgracias que ello provoca en una mayoría de la población mundial y aquellos otros que entienden que tiene que haber por sobre los grandes poderes que conducen la economía un control justo.
"Control que ponga remedio al alto grado de 'intoxicación' de los mercados, eliminando las herramientas de la política financiera que lo privan de equilibrio y lo hacen propenso a abusos de poder, de dominio, de estafas y fraudes de terribles consecuencias" (Documento 'Oeconomicae et pecuniariae quaestiones' Congregación para la doctrina de la Fe – Dicterio para el servicio del desarrollo integral, Roma mayo 2018) Como lo afirmaba el cardenal Ratzinger en el año 1985, "control que que sea capaz de garantizar la igualdad de derechos y la distribución proporcionada de los bienes conciliando la moral y la eficiencia".
Dicho en otros términos, como dijimos los mercados son una institución social y poseen como dijimos elementos constituyentes como son la provisión social de necesidades, la normalización del comportamiento y la objetivación cultural. La falta de regulación y control -habida cuenta que no han sido capaces de dictarse una normatividad que contemple la función social de los mercados y adecuarse a ella habiéndola reducido al mero afán de lucro y habiéndose en los hechos impuesto el dominio de unos pocos sobre los demás, es imperativo que los mercados sean regulados y controlados por los gobiernos en aras del bien común. Los recursos institucionales de los gobiernos deberían garantizar que esto no transcurra por el camino del autoritarismo y la corrupción.
"Hoy, -dice el papa Francisco y transcribe el documento -pensando en el bien común necesitamos imperiosamente que la política y la economía, en diálogo, se coloquen decididamente al servicio de la vida, especialmente de la vida humana" (Laudato sí, Nro. 189).