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La verdadera revolución son ellas

En la calle hoy hubo mujeres de todas las generaciones. Las más jóvenes son las que asumen con naturalidad los reclamos por sus derechos

(Nicolás Stulberg)

Todavía no me acostumbro a la facilidad con la que las chicas se llaman a sí mismas feministas; me sorprende cuando se definen de ese modo con tanta naturalidad y también me sorprende, y mucho, que nadie les ladre, además, cuando declaran su credo de base. Cuando digo "las chicas" hablo de mujeres jóvenes -y hasta muy jóvenes- que conciben el feminismo como una bandera de lucha cotidiana que va desde la exigencia de un tratamiento de pares a los varones, al reclamo por un mundo que les sea menos hostil y violento por el solo hecho de ser mujeres.

Por esa dificultad para familiarizarme con la idea, entendí y hasta me identifiqué con lo que dijo Beatriz Sarlo durante una entrevista esta semana, cuando explicó que, aunque comparte absolutamente todas las reivindicaciones, le hace ruido llamarse feminista sin haber militado en el feminismo. Y es que, recordemos: hasta hace apenas unos años, ser feminista era efectivamente una militancia y, para el lugar común, la idea o la representación de una mujer feminista recorría el arco que iba desde la demente que odiaba a los hombres y gritaba consignas contra el patriarcado hasta descalificaciones y groserías de todo orden vinculadas a sus supuestas elecciones sexuales. Mamá no podía ser feminista; la abuela tampoco. Las fotos de estos días nos deja a todos en claro que esa condición mutó.

Ya no son un puñado de mujeres comprometidas portando estandartes frente a las autoridades y tratando de generar conciencia como misioneras de la causa: son cientos de miles y de todas las edades y formaciones las que reproducen esos argumentos y mastican la letra teórica de las intelectuales que acuñaron conceptos e ideas que hoy todos reproducimos sin siquiera saber su origen.

(Nicolás Stulberg)

La calle este jueves fue una fiesta vibrante de reclamos y de orgullo. Y aunque me provoca real emoción ver a mujeres grandes y conmovidas portando el pañuelo verde que reclama el aborto legal, seguro, y gratuito luego de tantas décadas de haber esperado el tratamiento de una ley imprescindible, el verdadero terremoto de esperanza son ellas, las chiquitas, las que encabezan una revolución imparable, las que se pintan de verde y violeta, muestran sus cuerpos sin pudor y se llaman feministas sin vergüenza porque entienden que es en esa palabra, "feministas", donde se aloja la clave de un futuro mejor y más justo para sus deseos, sus talentos y sus vidas.

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