Una vez más arranco mi contacto con usted, querido amigo lector, con una muletilla repetida. "La vorágine de la información no nos da tregua". Cuando aún no nos habíamos terminado de dar cuenta cómo fue que de la noche a la mañana se instaló tan fuerte el tema del aborto, nos vemos sumergidos en una intensa discusión sobre si corresponde o no darle un ibuprofeno o ponerle un yeso a un extranjero de paso por esta tierra de buena voluntad.

Seguramente el párrafo anterior lo va a predisponer a pensar que estoy alineado en una corriente de pensamiento que parece dominar en la dirigencia argentina y que suele considerar que, en defensa de los sacrosantos derechos humanos, bajo el pabellón celeste y blanco se extiende un paradisíaco vergel al que solo hay que acercarse y servirse a gusto todo lo que el consumidor necesite. Un especie de gran supermercado sin línea de cajas al final de la compra.

No vale la pena saturarlo con lo que ya está en boca de todos, pero tal vez una vivencia que me tuvo como protagonista hace algunas semanas pueda servir para poner en contexto la situación actual.

Hace poco más de un mes, en mi condición de turista argentino de paseo por Uruguay, tuve una ligera indisposición mientras caminaba por la calle. Inquieto, me acerqué al hospital más cercano y, antes de preguntarme qué sentía, se me solicitó la cobertura médica internacional. No se me acercó ni un vaso de agua hasta tanto se constató que alguien pagaría por la atención que potencialmente podría recibir en el lugar. Es cierto, el nosocomio era privado, pero se me indicó que hospital público me pediría lo mismo o que pague por adelantado y que no me convenía moverme dados los síntomas que refería.

Una vez acreditada la solvencia de pago, de la revisión médica surgió la presencia de un complicado cuadro coronario que ameritaba un procedimiento hemodinámico. Allí se me explicó que en Uruguay la atención de problemas cardíacos y coronarios estaba en manos del Estado, que garantizaba la gratuidad para todos los ciudadanos uruguayos, por lo tanto en Punta del Este no se brinda este servicio, pues es una localidad mayoritariamente ocupada por extranjeros. En esas circunstancias, la prestadora de cobertura de salud dispuso mi traslado inmediato a Buenos Aires. Al llegar a la terminal aérea de San Fernando me esperaba una unidad coronaria al mando de un médico de nacionalidad boliviana que me brindó, con gran profesionalismo, todos los cuidados que la situación requería hasta mi llegada al centro de salud respectivo.

Esta pequeña historia personal es solo un botón de muestra. Ahora, si usted cree que estoy molesto por lo que me tocó vivir, le diría con toda firmeza que no. Es lógico que si pude pagar unas vacaciones en el exterior, lo menos que pude hacer es cubrir mi propia asistencia sanitaria, algo que no siempre tenemos en cuenta cuando nos alejamos de la patria, porque creemos que el mundo gira a nuestro mismo ritmo, lo que es un craso error.

No se le ocurra enfermarse fronteras afuera si no tiene cobertura; no se le ocurra trabajar más allá de los límites de nuestro país si no tiene visa para ello, porque lo sacarán de allí o terminará preso; no intente ingresar a una universidad para cursar una carrera, porque usted no tiene derecho a hacerlo; no se le ocurra cortar una calle, violar un semáforo o insultar a un policía, porque será lo último que haga en libertad. No piense en ocupar un terreno, usurpar una vivienda o asaltar a un transeúnte, ni en Nueva York, ni en Boston, ni en Maldonado, ni en Asunción. No haga nada que no sea hacer lo único que puede hacer, pasear, gastar, consumir y contribuir a la balanza de pagos del país que lo aceptó como turista. Ah, y a los 90 días pegue la vuelta si no tiene permiso para quedarse, caso contrario, en cuanto lo agarren, lo expulsan y no entra más.

Bien por Argentina, siempre dispuesta a acoger a quien lo necesite. A nuestro país se ingresa fácil, en esta tierra se accede a la educación gratuita en forma sencilla, se consigue trabajo incluso con más rapidez si se es extranjero que si se es nativo (¿por qué será?). Un pedazo de tierra no se le niega a nadie, y si no se accede a la tierra por esfuerzo, se la toma por las malas y al cabo de un tiempo el municipio va y pone agua corriente y energía eléctrica, y después de un tiempo más se le da el título de propiedad a los usurpadores o se los indemniza para que devuelvan la plaza, el parque o la ruta que tomaron "en préstamo".

En definitiva, son nuestros hermanos, junto a ellos integramos el Mercosur, una especie de patria grande en la que, sin embargo, algo falta. Algo llamado reciprocidad. Entonces, mientras la discusión crece, avanza y se debata la cuestión entre médicos, políticos, opinólogos y pensadores varios, me permito preguntarle: ¿El mundo se equivoca? ¿O los equivocados somos solamente nosotros?