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La Diada del 11 de septiembre

Josep Puig Bóo

El 11 de septiembre es una fecha muy cara para el pueblo catalán. No es una fecha trágica, por cierto, ya que los catalanes hemos sabido, a lo largo de nuestra rica y azarosa historia, convertir el infortunio en oportunidad para la afirmación, orgullosa y soberana, de nuestra propia patria. Pero aunque no hay tragedia en aquella fecha del año 1714, tampoco conmemoramos ese día un hecho feliz, sino el hito fundacional de la pérdida de nuestra libertad que, paradójicamente, ha venido reafirmando, crecientemente, la identidad catalana y su exigencia de verdadera y definitiva independencia.

La expresión "Diada" resultará extraña para muchos, ya que poco se conoce de Cataluña. Este país, como todo territorio europeo, tuvo sus idas y vueltas. Sus primeros colonos se fueron aglutinando con otras culturas e hicieron nacer una nueva identidad. Cataluña fue el lugar de asentamiento griego desde el siglo VI antes de Cristo, luego fue puerto romano hasta que en el siglo IX, de la mano carolingia, se conformó la organización feudal franca que, a fines del mismo siglo, fundara la organización nacional catalana que regirá los destinos del país durante cinco siglos.

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El rey Martín, el Humano no tuvo descendencia y a ello se debió que una rama castellana se introdujera en Cataluña. No obstante, siguieron vigentes las leyes que se habían promulgado y las instituciones parlamentarias catalanas que, junto al idioma propio, ya constituían las específicas señas de identidad de un pueblo y de una nación.

La historia siguió su curso y, al cabo de varias revueltas protagonizadas por soberanos absolutistas, el pueblo catalán fue consolidando paulatinamente su personalidad y su idiosincrasia, tan diferentes de sus pueblos vecinos como para que Cataluña fuera considerada una presencia extranjera en suelo español. Por ello, el pueblo catalán no participó de la conquista y la colonización en América. Esto significa, entre otras cosas, que está exento de responsabilidad por aquella barbarie que se ensañó con los pueblos originarios, desde el río Bravo hasta la Patagonia.

España nunca cejó en su afán uniformador y en su voluntad anexionista. En 1714, Cataluña resistió frente a Felipe V y reconoció a Carlos de Austria como soberano, lo cual dio origen a la agresión militar española. Durante ocho meses, en 1714, Barcelona, la heroica capital de un pueblo que no renunciaba a su soberanía, fue asediada por una alianza de tropas castellanas y francesas. Así, el 11 de septiembre de ese año, Barcelona cayó en manos de España. Inglaterra y Carlos de Austria, aliados naturales de Cataluña, no se hicieron presentes en el teatro de operaciones y el pueblo catalán fue abandonado a su suerte. La Diada, es decir, la digna y justa lucha de Cataluña por su soberanía, es recordada, a partir de esa fecha, como el hito político fundacional del país catalán moderno.

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Esta sucinta historia demuestra que la identidad catalana ha nacido al cabo de un proceso histórico de más de 1200 años, de los cuales sólo casi 300 se vivieron bajo el dominio foráneo.

Desde el siglo XIX, con el renacimiento catalán, ha venido cobrando fuerza el sentimiento nacional nunca acallado y siempre latente. Este proceso de afirmación se ha dinamizado crecientemente debido a varias causas, entre las cuales la hartura de los catalanes ante la arbitraria y humillante discriminación a que se ven frecuentemente sometidos por parte del poder central español ha jugado un papel no menor. Los reiterados agravios ante el uso de nuestro idioma nacional se inscriben en esa línea de conducta centralista y antidemocrática.

Hoy en día, hasta políticos de la Unión Europea han pensado en la posibilidad de una Cataluña independiente. No hace mucho que el ex presidente de la Comisión Europea, José Manuel Barroso, admitió, por primera vez: "En el caso hipotético de una secesión de Cataluña, la solución se tendría que encontrar y negociar en el marco legal internacional". Se trata de una afirmación pletórica de sentido común, que rinde culto a la virtud del respeto hacia un pueblo que lo merece por el mero hecho de que reclama su derecho a existir soberanamente desde hace siglos. Es un avance en un mundo que igualmente avanza hacia el reconocimiento creciente de la singularidad cultural de pueblos y naciones.

Y no es sólo Catalunya. Es también, por caso, Quebec, con el reclamo francófono hacia el poder central de Canadá. Es asimismo Escocia, que camina en pos de iguales objetivos independentistas. Cataluña quiere recobrar las libertades y la personería jurídico-estatal propia que alguna vez tuvo y que mostrará al mundo que hay una cultura milenaria que enriquece a la humanidad con su aporte original específico.

El autor es presidente de la Asociación Catalana de Socorros Mutuos Montepío de Montserrat.

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