Esta columna es apenas una invitación para que, por una vez, obviemos la grieta, las posturas políticas y la mirada sesgada. Ya lo dijo el gran Arturo Pérez Reverte: "Las redes son formidables pero están llenas de analfabetos, gente con ideología pero sin biblioteca". Viene al caso, porque, dicho con todo respeto, el drama de los indigentes en las calles merece algo más que la diatriba y el insulto político, algo más que buscar el "culpable conveniente". Seguramente, quienes lean esta nota lo harán desde su casa calefaccionada o en la comodidad de un bar de moda con buen wifi, entonces, ante la magnitud del drama, respeto y grandeza por el dolor ajeno.
Hace muy pocos días y cuando el frío arreciaba en su peor versión, debí acercarme a la casa de gobierno. Era media mañana y, cuando estaba llegando, allí, transitando por la recova, conté ocho colchones que albergaban a once personas y varios perros. Aún dormían, acurrucados bajo cartones y precarios abrigos, a menos de cien metros del despacho presidencial.
Pero lo peor de esa circunstancia fue darme cuenta de la no mirada del resto de los transeúntes, la invisibilidad, el acostumbramiento social a esas presencias, porque es cierto que, desde hace ya muchos años, cualquier espacio público mínimamente acogedor es ocupado por familias sin techo. No sólo en las puertas de la Catedral o del Cabildo, sino debajo de las autopistas, en ochavas y hasta dentro de los cajeros automáticos donde los indigentes se resguardan como pueden de la feroz inclemencia del clima.
Mientras funcionarios, ONG, organizaciones barriales e integrantes de la Iglesia discuten, a veces a los gritos, sobre cifras y motivos; mientras se tiran por la cabeza culpas y responsabilidades, lo que verdaderamente falta es sorpresa. La sorpresa ante la desgracia de la gente en situación de calle ha muerto hace ya mucho tiempo. Permítanme contarles que, para los que pintamos canas, este mundo de pobreza e indigencia no existía en nuestra niñez.
Por esa razón cuento algo personal. Para mí resultó imborrable llegar, con muy pocos años, a vivir a Río de Janeiro, increíble ciudad de belleza maravillosa y feroces contrastes. En esas tierras leí mi primer libro sin figuritas, di el primer beso jugando al cuarto oscuro y vi al primer indigente tirado en la calle. Ante la indiferencia de los cariocas, entre hoteles de lujo de Copacabana, un "pobre" exhibía, allí, en la calle, su miseria por monedas. Luego, durante los años que viví en Río, vi otros muchos, pero ese primero quedó en mi retina para siempre.
El recuerdo de mi niñez se cruzó como un látigo aquella mañana frente a la casa de gobierno. Yo, tomado de la mano de mi madre, interrogándola sobre las razones de la increíble e impensada situación de esa pobre persona. Medio siglo después, en nuestro país, esta situación es parte de nuestro día a día, de nuestra cotidianeidad. Hoy, las cifras de miles más o menos miles, según la mirada interesada de unos u otros, nos obliga a preguntarnos en qué hemos fracasado de manera tan brutal a lo largo de tantas décadas. ¿Qué hicimos de la Argentina pujante, crisol de razas y oportunidades, para hundirla en esta situación degradante con un 30% de personas en situación de pobreza, muchas de las cuales viven en las calles de todas nuestras ciudades?
Las respuestas que le damos a tan crítica vulnerabilidad social no es bien articulada en miles de casos, los funcionarios no logran llevar a los paradores a quienes ocupan un lugar de "mínimo privilegio" en la calle, porque para muchos dormir con otros implica robos, maltrato y miedo. Pero esos miles, más miles o menos miles, deberían terminar en la cara de una sola persona, en cualquier rostro adusto de una persona sin fe, sin futuro.
Por eso, trato, en lo personal, de que esas personas tengan caras únicas. A veces, menos de lo que podría estoy seguro, ayudo con algo a un grupo de personas que vive hace muchos años bajo la autopista, en Piedras y Cochabamba. Me conocen y los conozco, pero lo nuestro es un intercambio más que austero, despersonalizado. No hay nombres ni mucho diálogo, prima en ellos la desconfianza y el recelo. Es que la calle endurece los cuerpos y también las almas. Estas personas no dejan ese paraje desolado de la autopista por nada ni por nadie. Un paraje tan desolado como su propia desolación.
Es triste, pero es responsabilidad de todos ponerles cara a estas personas. O como mínimo, recordar que el 108 pone en alerta un sistema de ayuda.