"Estamos aprendiendo"

Una suerte de raza posadolescente experta en la nada misma, que integra los equipos de gobierno con dosis altas de poder (y a veces soberbia), vocación para todo y aptitud para muy poco, que aprovecha lo ocupados que están los funcionarios de primer nivel en tejer el día a día de la rosca política y se hace cargo del manejo de la cosa

"No, ese pensamiento es de otra época". "Si algo me gusta de este Gobierno, es la irreverencia en lo que respecta a jerarquías". Ambas frases me las dijo un joven funcionario de la gestión de Cambiemos, quien, dicho sea de paso, goza de mi estima personal. Para ponerlo, querido amigo lector, en contexto, ambas surgieron en una conversación por un tema relacionado con el grado de importancia que debería tener en un país como el nuestro el área que se ocupa de todo lo relacionado con nuestro transporte marítimo.

Si bien esta es un área en la que el Gobierno parece tropezar con escollos más serios de los que pudo haber imaginado, la reflexión que pretendo acercarle va mucho más allá de aguas, buques y puertos.

Los más viejos tenemos una ventaja respecto a los jóvenes. Nosotros ya fuimos como ellos, pero ellos aún no son como nosotros. El ímpetu, el aire innovador, la osadía, el deseo de ir más allá de los límites establecidos le han deparado grandes logros a la humanidad. Cristo cumplió su misión en la Tierra con sólo 33 años.

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La inexperiencia, la falta de aprendizaje, el error metodológico y la inmadurez física y psíquica de quien es puesto a tomar decisiones sin estar del todo listo para la tarea pueden poner a esa misma humanidad en situaciones complicadas. Calígula hizo lo suyo en apenas 29 abriles.

Sea honesto: ¿nunca le pasó de jactarse de los logros de su joven hijo médico, abogado o ingeniero, pero preferir a un señor o una señora un poco más mayor cuando se trata de su médico, su abogado, su dentista o un profesional del que requiera sus servicios?

Para ser salomónicos digamos que cuando experiencia y juventud van de la mano, se pueden obtener los mejores resultados. El general pergeña la estratégica, pero el tanque y el avión los conducen jóvenes con condiciones físicas acordes a la exigencia del campo de batalla. Ambos son fatalmente imprescindibles.

Pero en la política vernácula se viene dando, de unos años a esta parte, un fenómeno tan curioso como peligroso. Una suerte de raza posadolescente, experta en la nada misma, que integra los equipos de gobierno con dosis altas de poder (y a veces soberbia), vocación para todo y aptitud para muy poco, que aprovecha lo ocupados que están los funcionarios de primer nivel en tejer el día a día de la rosca política y se hace cargo del manejo de la cosa. Entendiendo por "cosa" cualquier asunto que se le ponga delante: un puerto, el tránsito, el arte, la seguridad o la agenda cultural del municipio. Son todo terreno, full mission, 24 horas, con caja de sexta y aire.

Tal vez la máxima expresión de esta raza de "súper chicos" estuvo dada por ese engendro pseudo revolucionario denominado La Cámpora. Jóvenes "patrióticos", con más ganas de acceder bien prontito a la casa en el country, el auto importado y alguna rentita fija que de aprender de qué se trataba esa empresa u organismo estatal que algún irresponsable puso en sus manos.

Es cierto que desde la Juventud Peronista (JP), pasando por Franja Morada hasta la coordinadora o el grupo sushi, siempre la juventud tuvo su merecido lugar en los estamentos de la política, pero era distinto. ¿Usted me entiende, no?

La gestión de Cambiemos no parece escapar al paradigma del momento; en cada organismo centralizado o autónomo actualmente bajo su mando se los puede ver. Recuerdo que me tocó recibir a uno que, con una asombrosa humildad, me dijo: "Mirá, Fernando, no conozco la diferencia entre la popa y la proa de un buque. Menos aún la misión de la Prefectura Naval y de la Armada Argentina. Necesito alguna lección como para no hacer papelones".

Y le dimos la lección, le dimos una, le dimos dos… y a la tercera el poderoso talento de la nueva raza de súper argentos me quiso comenzar a enseñar sobre mi propia profesión y levantó vuelo. Allí está ahora, haciendo precisamente eso que imaginaba que haría. Papelones. Menos mal que le tocó un gobierno que no tiene problemas a la hora de ir para adelante y para atrás las veces que sea necesario hasta encontrar la puerta correcta, el botón justo o la palanca adecuada.

Mi joven —y no tan talentoso como él cree— amigo inspirador de esta columna integra, como le dije, un área de gobierno que viene fracasando con especial empeño. A pesar de que somos muchos los que nos esforzamos para que les vaya bien. Tiene la particularidad que ninguna otra área de gobierno presenta: los repudian y critican por igual empresarios y trabajadores. Nada de lo que quieren hacer parece salirles bien y no es que sean ni corruptos, ni malas personas, ni tan siquiera incapaces. Simplemente son ignorantes (dicho esto último en el más literal de los sentidos; no es que no pueden, no quieren aprender). Les falta conocimiento y son un poco reacios a dejarse ayudar, y mucho menos, claro está, a dejarse enseñar. Y eso que uno de los eslóganes del Gobierno es "Estamos aprendiendo" (menos mal que no son cirujanos).

Se me ocurrió llamarlos "La Julio Alsogaray". En este caso, el nombre propio orienta la tendencia y el "la" viene a ser el indicativo del manual de procedimientos que utilizan. Calcado del anteriormente usado por los evocadores del odontólogo ex presidente, parecería ser que más que ideológico es generacional el tema.

Y lo triste y grave del asunto es que sus papás o sus actuales jefes no les confiaron ni confiarían el manejo a discreción de sus asuntos personales. Piense en cualquier funcionario actual con apellido de hijo de viejo empresario y vea, si es que ese "viejo" está vivo, quién es el que está al frente del negocio familiar.

Parece que se puso de moda dejar que los chicos jueguen con lo que es de todos. Que manejen sin manos la bicicleta pública, total, si la rompen, papá Estado la manda a arreglar.

Es verdad que tal vez por mi particular profesión estoy acostumbrado a ver el ascenso en el escalafón invariablemente de la mano de la edad; reconozco, no obstante, que no en todos los órdenes de la vida esta regla debe ser inexorable. Pero veo a mucho aprendiz con nombramiento jugándola de experto multitask y la verdad es que me preocupa. ¿De qué nos sirve lo que aprendimos a lo largo de la vida profesional si no se lo podemos trasmitir a los más jóvenes? Personas adorables que seguramente escriben más rápido que nosotros en el diminuto teclado del celular, que nos desean buen "finde" cada tarde de viernes. Pero que son capaces de hacer desastres de consecuencias imprevisibles, que luego alguien deberá remediar. Y que, por otra parte, no parecen tener en su disco rígido tanta información y conocimiento como el que creen poseer, ni tanta humildad como para reconocerlo.

@fermorales40

El autor es Capitán de Fragata (RN), maquinista naval superior (veterano de guerra de Malvinas), licenciado en Administración Naviera.

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