Un problema que tiene más de trágico que de snob

Por Cornelia Schmidt Liermann

Cuando se habla de ellas en términos de "consumo recreativo", parecen no sólo inofensivas sino casi festivas. Cuando aparecen asociadas a la expresión "de diseño", adquieren incluso cierta connotación de estilo, modernidad, exclusividad citadina. Cuando vemos a celebridades y referentes sociales asumir alegremente que disfrutan de su uso y les rinden tributo en canciones y reportajes, se pierde la dimensión del grave perjuicio social que representan. Cuando las revistas de farándula y los programas de todo tipo (los de chismes, los de entretenimiento y hasta los noticieros) hacen gala de esos excesos y retratan a todo color los placeres mundanos que gozan los ricos, bellos y famosos, cuesta adivinar su lado más amargo.

Lo cierto es que el problema de las drogas tiene más de trágico que de snob, y su arraigo en el país responde a una multiplicidad de factores que requieren urgente atención. Las redes de corrupción; la connivencia policial, política y judicial; la permeabilidad de las fronteras; el millonario negocio que su comercio representa; la violencia y el problema de seguridad que generan; los delitos asociados a su producción, su distribución y su consumo; la ausencia del Estado en la contención de los sectores más vulnerables y estas consignas marketineras que las presentan como el camino a la fama, el dinero y la felicidad son solamente algunas de sus aristas.

Que los narcos hayan anidado en la Argentina no fue casual; las condiciones dadas prácticamente les tendieron la alfombra roja. Los últimos acontecimientos, que incluyeron la captura del jefe de la banda de Los Monos y la de Ibar Pérez Corradi, no sólo demostraron que entraron y salieron del país con impunidad asombrosa, sino que la Justicia y las fuerzas del orden parecieron anestesiadas.

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Enfrentar hoy este asunto requiere, ante todo, decisión política. En primer lugar, para perseguir y condenar a los responsables, para desparasitar al país de estos agentes nocivos que lucran con la fragilidad económica y emocional de las personas. Pero también para desmontar los falsos mitos que incentivan al consumo: de la adicción no se entra y se sale fácilmente; consumir drogas ilegales no tiene nada de glamoroso y lejos está de llevarnos a la fama y la fortuna que nos promete. La conducta adictiva representa, por el contrario, una violación directa a los derechos humanos de una persona: quita libertad de decisión y de acción, lleva a la esclavitud, frena el desarrollo personal y somete a las familias a duras pruebas.

Todos debemos involucrarnos en la prevención: una sociedad ausente es tan peligrosa como un Estado ausente. Animarnos a limitar el consumo de alcohol entre nuestros jóvenes, controlar las publicidades indebidas, fomentar liderazgos en cultura preventiva y brindar asistencia a quienes fueron captados por los "mercaderes de la muerte" son solamente algunas de las medidas imprescindibles para empezar a dar una lucha en serio.

El 26 de junio se celebró el Día Internacional de la Lucha contra el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas. La esperanza está puesta hoy en unos poderes —Ejecutivo, Legislativo y Judicial— renovados, tanto como en el papel activo de una sociedad comprometida.

@CorneliaSL

La autora es diputada nacional, PRO, vicepresidente de la Comisión de Adicciones y Lucha contra el Narcotráfico.

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