“La igualdad de oportunidades ofrece a todos la posibilidad de ocupar las mejores posiciones en la sociedad en función de su mérito”, explica Ricardo Lorenzetti al abrir el nuevo episodio de su podcast. A diferencia del modelo del Estado de bienestar, aclara, este sistema no protege ni crea posiciones sociales estables: “No se defienden las posiciones ni los derechos sociales; se ofrece educación y, a partir de ahí, el mérito”.
El principio parece difícil de cuestionar. “¿Quién puede oponerse a la igualdad de oportunidades y con qué argumentos?”, se pregunta Lorenzetti. Por eso, sostiene, se trata hoy del modelo más difundido en casi todo Occidente, reivindicado tanto por la derecha como por la izquierda y presente en el corazón de muchas teorías contemporáneas de la justicia.
Sin embargo, el consenso esconde una transformación profunda del contrato social. En este esquema, las desigualdades dejan de ser un problema político. “Una vez que se le dan oportunidades a todos, no se cuestiona más la brecha entre las posiciones”, explica. La responsabilidad del éxito o del fracaso recae exclusivamente en cada individuo: “Después, si a uno le va mal, es su problema”.
Para describir este cambio, Lorenzetti recurre a una imagen elocuente: “Se discute menos sobre el número de las sillas que sobre la manera de ocuparlas”. Las posiciones existen y son limitadas; lo único que varía es quién logra acceder a ellas. La sociedad se organiza así como una competencia permanente, una carrera en la que lo central es garantizar un punto de partida común, aunque el resultado sea profundamente desigual.
En ese contexto, la identidad desplaza a la posición social como eje del debate político. “Ya no importa si alguien es obrero o profesional; lo que importa es la identidad”, señala. La izquierda, advierte, abandonó en gran medida la defensa de los derechos sociales y concentró su agenda en los derechos culturales, el reconocimiento simbólico y las políticas de discriminación positiva. “La tolerancia ya no alcanza: ahora se exige reconocimiento”.

Ese giro tuvo efectos ambivalentes. Por un lado, visibilizó discriminaciones históricas y amplió derechos. Por otro, fragmentó el espacio público en una multiplicidad de demandas específicas y competitivas entre sí. “Cada sector elige un repertorio de identidades sobre el cual se moviliza”, explica Lorenzetti, lo que genera enormes dificultades para resolver conflictos cuando no existe un criterio común.
A esta fragmentación se suma una crítica más profunda: la igualdad de oportunidades acepta desigualdades extremas y elimina la red de protección. “No hay red”, resume Lorenzetti. En una sociedad organizada exclusivamente por el mérito, la caída social es siempre posible. El miedo a perderlo todo se vuelve permanente y la vida se transforma en una autoexigencia constante.
Lorenzetti vincula este fenómeno con lo que Byung-Chul Han llamó la “sociedad del cansancio”. “Uno se explota a sí mismo”, explica, impulsado por una gramática moral que obliga a mejorar todo el tiempo, a estudiar más, a trabajar más, a competir sin descanso. El resultado no es solo estrés, sino una inseguridad estructural que atraviesa la vida cotidiana.
El episodio también cuestiona la idea de que el mérito sea un criterio neutral. “¿Es mérito nacer en una familia con mejores condiciones educativas o con un determinado paquete genético?”, plantea Lorenzetti. Desde esta perspectiva, muchas desigualdades no responden al esfuerzo personal, sino a la suerte, lo que vuelve insuficiente al mérito como único principio organizador de la justicia social.
Frente a este escenario, el análisis propone recuperar un equilibrio. Una sociedad justa, sostiene Lorenzetti, necesita una base de igualdad de posiciones —educación, salud, protección social— combinada con una competencia razonable basada en el mérito. “Necesitamos más clase media y menos distancia entre los muy ricos y los muy pobres”, afirma.
El debate sobre la igualdad, concluye, no es abstracto ni ideológico: es político y profundamente humano. “Nadie vive bien en una sociedad con desigualdades profundas”, advierte. Cuando la red desaparece, la libertad se reduce y la democracia se debilita. Garantizar una base común de derechos no limita la libertad individual: la hace posible.
Todos los lunes a las 9, un nuevo episodio de El podcast de Ricardo Lorenzetti en Infobae y Spotify.
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