
La maternidad continúa siendo una experiencia de reporta profundas brechas sociales en México. A pesar de los avances alcanzados por las mujeres en ámbitos como el empleo, la educación y la participación pública, las responsabilidades relacionadas con el cuidado y las tareas domésticas siguen recayendo de manera desproporcionada sobre ellas. Esta situación impacta directamente en sus ingresos, oportunidades laborales y calidad de vida.
Además de enfrentar condiciones salariales desfavorables, millones deben asumir jornadas de trabajo no remunerado que limitan su desarrollo profesional y personal. A ello se suman diversas formas de discriminación y violencia que afectan su participación en espacios públicos, políticos y laborales.
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Para Serena Eréndira Serrano Oswald, investigadora titular del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias (CRIM) de la UNAM, la crianza en contextos de desigualdad debe analizarse como un asunto de justicia social vinculado principalmente a las relaciones de género. Este fenómeno se expresa en tres dimensiones fundamentales: la redistribución económica, la representación política y el reconocimiento sociocultural.
La maternidad implica más trabajo y menores ingresos
De acuerdo con la especialista, siete de cada diez mujeres mayores de 15 años en México son madres, lo que convierte a la maternidad en una experiencia que atraviesa a la mayoría de la población femenina.
Sin embargo, esta condición suele traducirse en desventajas económicas. Las mujeres perciben en promedio alrededor de 34% menos ingresos que los hombres, incluso cuando desempeñan las mismas actividades y cuentan con niveles educativos similares. La situación se agrava para quienes tienen hijos, ya que sus ingresos son aproximadamente 30% menores en comparación con los de aquellas que no son mamás.
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A esta realidad se añade la distribución desigual de las labores domésticas y de cuidado. Mientras los varones dedican cerca de 15 horas semanales al trabajo de cuidados no remunerado, la comunidad femenina destina alrededor de 35 horas a estas actividades.

La incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral no ha significado una reducción de sus responsabilidades dentro del hogar. Por el contrario, muchas enfrentan dobles, triples e incluso quíntuples jornadas al combinar empleo remunerado, crianza y tareas domésticas.
Mientras que la falta de políticas públicas suficientes para el cuidado infantil también influye en su permanencia dentro de los empleos. En México, 62% de los niños de entre cero y cinco años no están escolarizados, por lo que gran parte de la atención cotidiana recae en las familias, particularmente en las mamás.
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Esta situación provoca que abandonen o limiten su participación laboral. Según la académica, por cada padre que se encuentra fuera del mercado de trabajo existen cinco madres en la misma condición.
Las desigualdades se profundizan entre los sectores más vulnerables. Las mujeres con menores recursos económicos suelen compartir características como baja escolaridad, pertenencia a comunidades indígenas o afromexicanas y ser madres de tres o más hijos. Asimismo, una tercera parte de los hogares del país está encabezado por ellas, pero muchas veces sin redes de apoyo suficientes.
Violencia, participación pública y retos para el cambio social
La diferencia relacionada con la maternidad también se refleja en la violencia y en las dificultades para acceder plenamente a los espacios públicos.
Existe un ataque dirigido a desalentar la presencia y participación de las mujeres fuera del ámbito doméstico. Siete de cada diez afirman haber experimentado algún tipo de agresión en espacios públicos. Esta realidad condiciona la forma en que se desplazan por las ciudades y modifica sus actividades cotidianas.
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En contextos urbanos, los hombres tardan en promedio 18 minutos para llegar a un centro de salud, mientras que las mujeres pueden invertir más de 40 minutos debido a las múltiples rutas vinculadas con actividades de cuidado.
A ello se suma que muchas ciudades no cuentan con infraestructura, transporte o servicios adecuados para atender las necesidades de madres y personas cuidadoras. Como consecuencia, ellas deben destinar más tiempo, recursos y esfuerzo para resolver problemas que podrían atenderse mediante políticas públicas.
Las barreras también están presentes en la participación política. Aunque México ha registrado avances en materia de paridad, continúan los obstáculos, como amenazas dirigidas a familias o dinámicas laborales incompatibles con las responsabilidades de crianza.
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Asimismo, la investigadora advirtió que muchas veces las mujeres reciben mayores castigos sociales cuando impulsan iniciativas relacionadas con la igualdad de género o los sistemas de cuidados. Además, consideró que parte de los recursos destinados a sus políticas terminan convirtiéndose en programas asistenciales generales, sin atender las causas estructurales de la desigualdad.
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