¿Qué relación existe entre la enfermedad inflamatoria intestinal y la salud mental? El impacto emocional que suele pasar desapercibido

Vivir con EII es un desafío que requiere adaptación constante, vigilancia médica y una red sólida de apoyo

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Ilustración de una persona con expresión de dolor, sentada con la mano sobre su abdomen enrojecido y una nube gris con lluvia y rayos sobre su cabeza, sobre fondo azul claro.
Una ilustración plana muestra a una persona con expresión dolorida, mano en el abdomen rojizo, simbolizando malestar físico, mientras una nube de tormenta sobre su cabeza representa angustia emocional. (Imagen Ilustrativa Infobae)

A nivel mundial, se estima que entre cinco y seis millones de personas conviven con enfermedad inflamatoria intestinal (EII), un grupo de padecimientos crónicos que se manifiestan por una inflamación persistente del aparato digestivo.

Esta afección surge cuando el sistema inmunológico, en lugar de defender al organismo, identifica erróneamente al propio intestino como un agente nocivo y desencadena una reacción inflamatoria constante que puede dañar severamente los tejidos.

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Diversos estudios han documentado que la EII está en aumento, especialmente en regiones en desarrollo, lo que la ha posicionado como una epidemia emergente de alcance global. Su carácter multifactorial y las manifestaciones clínicas variables dificultan el diagnóstico temprano y el manejo oportuno, incrementando el riesgo de complicaciones severas.

La alteración inmunológica que la origina explica tanto su evolución crónica como la variedad de síntomas que presenta. Investigadores coinciden en que el reto actual es mejorar la comprensión de la enfermedad, promover la detección temprana y ofrecer tratamientos integrales adaptados a las necesidades de cada paciente.

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Factores de riesgo y tipos de EII

La causa exacta de la EII permanece desconocida, aunque se reconoce que es resultado de la interacción entre factores genéticos, ambientales, inmunológicos y microbiológicos. El doctor Hans Yoguinder Segura Alfaro, experto de la UNAM, advirtió que la predisposición biológica se combina con elementos como el tabaquismo, la exposición frecuente a antibióticos y una dieta occidental rica en ultraprocesados para detonar la afección.

Un aspecto central es la microbiota intestinal, el conjunto de microorganismos que reside en el tracto digestivo y regula funciones clave. En quienes padecen esta enfermedad, este ecosistema se altera, provocando disbiosis y favoreciendo la inflamación. Además, aunque el estrés no es la causa directa, sí puede agravar los síntomas o precipitar recaídas.

Existen dos formas clínicas principales:

  • Enfermedad de Crohn: puede afectar cualquier segmento del sistema digestivo y comprometer distintas capas de la pared intestinal.
  • Colitis ulcerosa: se limita al colon y recto, provocando inflamación y úlceras en la mucosa.

Ambas presentan períodos de brotes y remisión, pero difieren en su localización y profundidad del daño. Es crucial distinguir la EII del síndrome de intestino irritable, ya que solo la primera produce inflamación real y lesiones demostrables.

Manifestaciones de esta enfermedad

Los síntomas más habituales incluyen:

  • Diarrea persistente
  • Dolor abdominal
  • Sangrado en heces
  • Pérdida de peso involuntaria
  • Fatiga intensa
  • Fiebre sin causa aparente
  • Anemia
  • Urgencia para evacuar

El retraso en la búsqueda de atención médica es frecuente, ya que muchos pacientes normalizan estos malestares o los atribuyen a problemas digestivos menores. El doctor Segura Alfaro recalca que la demora en el diagnóstico puede extenderse de cuatro a ocho meses, e incluso más de un año, lo que eleva el riesgo de complicaciones como perforaciones, obstrucciones, abscesos, fístulas y cáncer colorrectal.

Infográfico de la Enfermedad Inflamatoria Intestinal: sistema digestivo inflamado, estadísticas globales, causas, síntomas y abordaje multidisciplinario.
La Enfermedad Inflamatoria Intestinal afecta a millones globalmente, presentando desafíos en diagnóstico y tratamiento multidisciplinario para una mejor calidad de vida. (Imagen Ilustrativa Infobae)

La EII también puede impactar fuera del aparato digestivo, manifestándose con dolor articular, lesiones en la piel, problemas oculares y enfermedades hepáticas. Además, las repercusiones abarcan la esfera emocional y social. La académica Viridiana Montserrat Mendoza Martínez subraya que vivir con EII implica un proceso de duelo, reconfiguración de hábitos y enfrentamiento de sentimientos de vergüenza, frustración y aislamiento. Al menos uno de cada cinco pacientes puede experimentar síntomas depresivos.

La incertidumbre sobre el control de los brotes limita la participación en actividades cotidianas, como reuniones, viajes o trabajo, debido al temor de una urgencia intestinal. Esto incrementa el aislamiento y afecta la calidad de vida.

Afectaciones en la salud física y mental

El manejo de la EII requiere la intervención coordinada de múltiples profesionales:

  • Médicos: emplean antiinflamatorios, inmunosupresores, antibióticos y, en ocasiones, cirugías para controlar la inflamación y evitar complicaciones.
  • Nutriólogos: ajustan la dieta según la etapa de la enfermedad, priorizando durante los brotes preparaciones blandas, reducción de grasas, limitación de irritantes y preferencia por verduras cocidas y frutas con fibra soluble. La hidratarse es crucial para evitar complicaciones derivadas de la diarrea.
  • Psicólogos: ofrecen acompañamiento para afrontar la ansiedad, depresión y estrés asociados al diagnóstico y tratamiento.

Durante las fases activas, es común que las personas desarrollen miedo a comer por temor a desencadenar síntomas, lo que puede llevar a restricciones innecesarias y desnutrición. Por ello, especialistas como Vanessa Alejandra Estrada González recomiendan apoyo profesional para diseñar planes alimentarios seguros y reintroducir alimentos conforme la enfermedad entra en remisión.

El uso de suplementos, como hierro, vitamina B12, D, calcio, zinc y magnesio, puede ser necesario, pero siempre bajo supervisión médica, ya que la automedicación puede generar toxicidad o interacciones desfavorables.

El entorno familiar y social juega un papel determinante en el bienestar del paciente. La falta de comprensión puede derivar en aislamiento y dificultades para adherirse al tratamiento. Al menos uno de cada cinco pacientes puede presentar síntomas depresivos. Por eso, la empatía y el apoyo cotidiano son fundamentales para mejorar la salud emocional y la calidad de vida.

Vivir con EII es un desafío que requiere adaptación constante, vigilancia médica y una red sólida de apoyo. Aunque no existe una cura definitiva, un proceso médico y el acompañamiento multidisciplinario permiten controlar los síntomas, reducir complicaciones y preservar la autonomía de quienes la padecen.

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