
El Testimonio de Ann Lee, dirigida por Mona Fastvold (que fue co-guionista de The Brutalist), busca un registro casi documental para contar la historia de su fundadora. Filmada en 35 mm, consigue crear una atmósfera envolvente para transportar a su espectador al siglo XVIII y cuenta con planos largos para reforzar la idea de realismo que se propone.
Los Shakers practicaban su religión a través del canto y del baile, y las secuencias musicales están dentro de los aspectos mejor logrados de la producción de Mona. La interpretación por parte de la actriz y la coreografía de los bailes colectivos inspirados en los rituales verdaderos logran transmitir por completo esa energía en sincronía de voces y de bailes que se alejan del formato del musical tradicional.
El problema (y quizás también su virtud) es que El Testimonio de Ann Lee es imposible de clasificar: es una biopic a medias, tiene danza y canto pero no es un musical, cuenta con distintas formas de narrar (voz en off y división en capítulos) y si bien es un drama con escenas desgarradoras también está contada como una fábula y hasta aparecen algunos elementos de comedia. Este último es el punto más disonante de todos.

El resultado es memorable y se trata de una apuesta arriesgada y distinta a cualquier cosa que hayamos visto antes. Pero al mismo tiempo, que no tenga un conflicto claro hace que se torne un tanto monotemática y es una pena que los personajes que rodean a nuestra heroína no estén mejor desarrollados.
La actuación de Amanda Seyfried es descomunal y demuestra una vez más que puede hacerlo todo: desde personajes más oscuros como el de Elizabeth Holmes y musicales como Cosette en Los miserables y Sophie de Mamma Mía hasta su más reciente papel como la empleadora rica de Sydney Sweeney. El trabajo que ofrece como la enigmática Ann Lee nos habla muchas veces a través de la mirada y de la simpleza en sus palabras y acciones. Logra ser dulce, humilde y empática por un lado y al mismo tiempo nos entrega a esta mujer envuelta en la locura y convencida en ser la encarnación femenina de Cristo. Es completamente hipnótica.
Solo por esta performance vale la pena ir a ver el film, pero lo cierto es que al final, El Testimonio de Ann Lee queda en un extraño punto medio entre lo que es y lo que podría haber sido.

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