De boca en boca: “Rebelión en la ópera”, una novela que sólo puede escribir alguien que pasó un buen tiempo en la cárcel

El escritor argentino Carlos Ríos es el elegido de esta semana en la cadena de recomendaciones de Infobae Leamos. Compuso una novela en la que el mundo de las penitenciarías es protagonista.

Carlos Ríos es autor de "Rebelión en la ópera", una novela atravesada por sus años vividos en México y por su experiencia como tallerista en cárceles argentinas - Télam
Carlos Ríos es autor de "Rebelión en la ópera", una novela atravesada por sus años vividos en México y por su experiencia como tallerista en cárceles argentinas - Télam

Suelo abjurar de las lecturas que apoyan sus hipótesis sobre los datos biográficos de los autores, me escapo de aquellas que buscan cimentar su arquitectura aplastando las anécdotas de una vida única. Resulta casi una obviedad: todo texto es de algún modo un informe, o un destilado, o una retorización del caos que se cuece en las fronteras porosas de una subjetividad. No importa si se trata de un diario íntimo, una novela distópica, el poema de un dadaísta o un ensayo sobre la antimateria.

Cualquier texto no es otra cosa más que un precipitado que se condensó en esa zona fértil, terrible, que hay entre sujeto y mundo, entre lenguaje y otredad. Una sustancia reactiva, cada texto, que requerirá luego el roce catalizador de una lectura; es decir, el ojo fecundo, pulsional, de una formación discursiva específica, de un acervo simbólico. Algo un poco más amplio, en definitiva, que las circunstancias personales, o históricas, o geográficas de aquel que se llama a sí mismo “autor”.

Ahora bien: en flagrante contradicción con esta proclama a medias vaporosa y a medias plomiza que acabo de hacer, voy a arrancar justamente por ahí, voy a aproximarme a un libro –a un libro notable– mencionando un par de informaciones que hacen a la vida de quien lo escribió: Carlos Ríos… Quien lo conozca quizá sepa que vivió en México, en la ciudad de Puebla, durante siete u ocho años. Quien lo conozca quizá sepa también que, desde hace ya mucho tiempo, dicta talleres literarios a los internos de distintas unidades penitenciarias de la provincia de Buenos Aires. Quien lo conoce sabe con certeza que es inquieto, infatigable, que conduce una editorial artesanal llamada Oficina Perambulante, que es un estudioso de la historia del arte, que es uno de los escritores más interesantes que podemos leer de este lado del mundo.

Estas referencias –la vida carcelaria, México, la indagación rigurosa aunque dislocada de mundos laterales o inesperados– podrían prevenirnos sobre aquello que hilvana la trama de esta novela titulada Rebelión en la ópera. Sin adelantar demasiado, diremos que el asunto comienza más o menos así: en algún pueblo de América Latina, un “profesorcillo” de música se enamora de la hija del gobernador, y éste –para aventar el riesgo de que ese amor sea consumado– envía a nuestro protagonista a dar clases a la pasmosa penitenciaría de Santo Amaro de Mayumela, con la esperanza secreta de que no sobreviva. Por eso es que nuestro protagonista llega, munido tan solo de una flauta tallada en un hueso de cabrito, hasta ese penal horadado en un cerro.

El libro fue editado por el sello platense Club Hem.
El libro fue editado por el sello platense Club Hem.

Ahí va, entonces, el “profesorcillo”. Avanza por el patio hacia la oficina del director pisando cuerpos de presos que han quedado desarticulados por el sol, una suerte de alfombra humana, que de a ratos se siente como cuero de elefante y, de a ratos, como la superficie lunar. Esa es, de hecho, la escena inicial: el momento en que el “profesorcillo” y nosotros mismos conocemos por primera vez la prisión, ese mundo cruel e hipnótico, desconcertante y homogéneo, hiperrealista, brutal, divertidísimo. Un mundo donde el “profesorcillo” intentará montar, con los internos por único elenco –y con especial participación de los presos emasculados–, una puesta de Fidelio, la ópera de Beethoven en la que resuena su propia historia: el encarcelamiento injusto, el poder arbitrario, la enamorada leal, las ansias de libertad…

No tiene sentido avanzar más en el argumento. A lo que íbamos: si ostentáramos algún atributo adivinatorio, un poco de toda esta configuración narrativa podría haberse inferido de la biografía de Carlos Ríos. Y también algo del lenguaje en que está escrita la novela, un lenguaje construido sobre un idiolecto mexicano, con retazos del rioplatense, y aportes en los que resuenan voces chilenas o incluso del Caribe… Resumiendo: las cárceles, la imaginería de Ríos, una lengua latinoamericana, una exploración; podríamos creer que estamos preparados para sumergirnos en este libro. Pero lo cierto es que nada –y esto es lo esencial–, nada nos prepara para el impacto de su prosa. Tomemos, por ejemplo, este pasaje en que se presenta al protagonista y que nos asalta apenas en la segunda página:

«Y así iba el profesorcillo –un nacido en Tournavista: hijo dilecto, de cuerpo proceloso, flaco pero de aire macizo y mirada por momentos retraída; vocecita entonada, levemente folclórica, asúmase un chasquido de pedernal– con un propósito, y por ello sin darse cuenta que en eso semejante al sonido de una suela de goma fregándose en el piso había algo más, inaudible por apretado, horroroso de por sí pero sujeto a la convicción sólida de lo existente: primero la puntada de un quejarse, estilizada al oído por un carácter mongo, acaso vegetal, y en la suma de esos quejidos la resonancia creciente de palabras de un idioma componiéndose en estado de descomposición –entiéndase la paradoja reversible–, y en la articulación de esas palabras un deslizamiento de oraciones, y en el entrechocar de esas frases un océano de conversaciones que terminaban reduciéndose a una mínima expresión, el retruécano explosivo y exquisito, a fuerza de repetirse, también bicentenario: ¡LIBERTAD! ¡LIBERTAD! ¡LIBERTAD!».

Ya lo escribió Gabriela Cabezón Cámara: en Rebelión en la ópera, “fluye, la prosa, como si fuera una naturaleza”. Y luego dice también, en el prólogo que abre esta publicación de la siempre intrépida editorial platense Club Hem, que esta novela “es un hecho de lengua”. Uno podría responder: todo texto lo es. Sí, cierto, u obvio. Pero creo que lo que Gabriela Cabezón Cámara está señalando con lucidez premonitoria es que este libro es un hecho relevante, un hito, un meteoro en el cielo del lenguaje, una señal flamígera e imprevista que rompe el paisaje más bien recursivo de nuestras letras. Y no sólo –aunque sobre todo– por el deslumbramiento enunciativo, la torsión feliz del idioma. También por lo que cuenta. Para muestra, baste otro episodio en la vida del “profesorcillo”, el momento en que pregunta a los presos de Santo Amaro de Mayumela cómo se llaman:

«Ahí nomás les preguntó los nombres. Nadie se acordaba. ¿Qué es un nombre? ¿Para qué sirve? Nadie sabía. Por ejemplo, esta cárcel, dijo el profesorcillo, ¿cómo se llama? Un mierda abombado levantó la manita y dijo: “Se llama cárcel”. Sí, pero su nombre, ¿lo conocen? “Pues sí, le estamos diciendo que se llama cárcel”.»

El escritor Sebastián Martínez Daniell, autor de "Dos sherpas", estuvo a cargo de la recomendación de esta semana. (Télam)
El escritor Sebastián Martínez Daniell, autor de "Dos sherpas", estuvo a cargo de la recomendación de esta semana. (Télam)

Los subrayados son míos, el mérito es todo de quien escribió la novela (bueno, quizá no todo: también tendrá su cuotaparte el editor –y luminoso escritor– Francisco Magallanes). De modo que, supongo, este es el momento en que debo señalar que la literatura de Carlos Ríos es… ¿cómo definirla? Iba a decir “infalible”. Pero hubiese sido un desacierto: Ríos no busca atinar siempre; le gusta, también, fallar. Diría incluso más (y espero no sonar demasiado especulativo): Ríos disfruta de lo fallido, del arte del yerro, porque sus libros no son un resultado sino más bien el registro de un proceso, y a nadie le interesan las historias de los que nunca se equivocan.

Leer a Ríos es leer una obra y al mismo tiempo entrever el arco que fue de su germinación a su floración. Espiar, veladura mediante, un proceso que uno supone por momentos titánico, por momentos angustioso y por momentos desternillante. Un proceso con pruebas, errores exquisitos, aciertos fulgurantes y epifanías múltiples. Claro, esto también lo dice Gabriela Cabezón Cámara en el prólogo: Rebelión en la ópera da cuenta de “una perseverancia, la de la escritura”. Esa tenacidad que pone Ríos en su escribir se translitera en “un grado de concentración que parece ser una epifanía sostenida”. Para que cualquiera suscriba esta afirmación, espero, alcanzará con leer el fragmento que narra el fragor de los presos durante los preparativos para la función de ópera:

«Al paso y a los gritos las órdenes entre sí, organizados en grupos de a cien o ciento veinte, sin que nunca se sepan esas cantidades siempre pares: y las órdenes, decíamos. Eso de ahí encimen, ustedes veinte agrumen. Otra porción: desplumen. Y del otro lado, hacia el abismo de la reja enrejada, también solícitos: ¡descamen, putos! La vozarra, imagínense, siempre a tono de lo dicho, y al revés: enlomen, arrimen, ¡amuermen! Los pájaros rajaron el aire con el susto arrancándole los picos. A tascar el aire chulo y oscuro antes de malmorir. Yéndose a un desierto fuera y bien lejos de Mayumela. En este asunto estaba el mundo por acá y sin que nadie lo pidiera, enroscándose en cada pelambre de las maquinitas de afeitar, salió el sol, un matungo redondel que fue haciéndose duro en lo blando, con anuncios de un día muy operístico».

Lo dicho: nada nos prepara para esta prosa. Bienvenido sea el desconcierto en el que nos sume, esa felicidad.

Quién es Carlos Ríos

♦ Nació en Santa Teresita en 1967.

♦ Es escritor y dicta talleres en penitenciarías de la provincia de Buenos Aires.

♦ Es autor de Rebelión en la ópera, Manigua, Cuadernos de pripyat, Lisiano y Un día en el extranjero.


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