Agregar Infobae enGoogle

La última noche del Che Guevara: las horas frente a sus verdugos y el mensaje para la mujer que amó

Las burlas de sus captores. La orden para fusilarlo: “Saludos a papá”. Las conversaciones con los oficiales bolivianos. Los instantes finales en La Higuera. Y las dos ráfagas de ametralladora que, el 9 de octubre de 1967, terminaron con su vida

Che Guevara Bolivia
El Che Guevara con sus hombres al ingresar a Bolivia (The Grosby Group)
Guardar

El principio del fin de la aventura boliviana de Ernesto Rafael Guevara de la Serna, el Che, fue un afiche pegado en las paredes de las ciudades más importantes del país. En grandes letras, se ofrece una recompensa: “$b. 10.000 (diez millones de pesos bolivianos) por cada uno vivo. Estos son los bandoleros mercenarios al servicio del castrocomunismo. Estos son los causantes de luto y dolor en los hogares bolivianos. Información que resulte cierta, dará derecho a la recompensa. Ciudadano boliviano, ayúdanos a capturarlos vivos en lo posible”.

Debajo, cuatro fotos y cuatro nombres identifican a los guerrilleros: “Pombo – Benigno – Urbano – Inti”. Y cierra una advertencia: “Nota.- Pueden usar barba o llevar nombres falsos”.

Dos días antes de su muerte, el 7 de octubre de 1967, y luego de 22 combates librados por sus 52 hombres divididos en tres pelotones, Guevara recibe la última ayuda civil. Es una pastora de chivas. Se llama Epifanía Cabrera. Los guerrilleros la llaman “La vieja de las cabras”. Temen que los delate. Sin embargo, les informa que están a una legua de Higueras, les da algo de comida, y se refugia en su casa del monte con su hija.

Ese día se cumplen once meses de la entrada a Bolivia. Guevara usa un seudónimo: Ramón. Le quedan apenas 17 hombres. Su fuerza está diezmada, tienen un gran desconocimiento del terreno, fatiga y algunos heridos convierten la marcha en una pesadilla.

Antes de que oscurezca llega un nuevo enfrentamiento. Tiroteo en la Quebrada del Yuro. Varios muertos, y el Che, herido en una pierna. Todos –incluso los muertos– son llevados a La Higuera, a dos kilómetros del lugar del combate, y tirados en el piso de una pequeña escuela.

Allí le quitan todas sus pertenencias: su diario de campaña, sus documentos, un altímetro, una pistola alemana calibre 9 mm. Marca PPK Walker, una daga de acero Solingen, dos pipas, 2.500 dólares y 20 mil pesos bolivianos que los oficiales se reparten.

Ha comenzado la última noche de su vida.

Che Guevara antes de ser fusilado
Tiroteo en la Quebrada del Yuro. Varios muertos, y el Che, herido en una pierna. Todos –incluso los muertos– son llevados a La Higuera, a dos kilómetros del lugar del combate, y tirados en el piso de una pequeña escuela

Tres oficiales lo tratan como a un prisionero de guerra, con respeto. Son el capitán Prado y los tenientes Totti Aguilera y Huerta Lorenzetti. Le dan cigarrillos, le preguntan por su familia. Otros lo maltratan: el coronel Selich y los tenientes Ramos y Pérez. Selich lo insulta y le tira de la barba.

Afuera, borrachos, un grupo de soldados se burla de él. Un suboficial, Ustáriz Arce, nota que el herido respira mal, “con un ronquido”, no puede dormir, y se sienta, como si eso le permitiera llevar más aire a sus pulmones. La causa es el asma que padece desde chico, y de la que nunca se curó.

Según narra Pacho O’Donnell en su libro Todas las vidas del Che, resultado de una minuciosa investigación, el entonces capitán de rangers Gary Prado, que habló varias horas con el prisionero, dice que Guevara se quejó:

–Me han robado mis dos relojes.

–¿Quiénes? –pregunta Prado.

–Sus hombres.

El capitán los busca, los rescata, y se los devuelve.

–Uno de ellos es el mío –explica Guevara–. El otro es de Tuma, un camarada muerto. Lo llevo para entregarlo a su familia.

–¿Cómo va a saber cuál es el suyo?

Entonces agarró una piedrita del suelo, raspó la parte de atrás, y dibujó una cruz. Según Prado, “los mandé a Cuba, pero no sé adónde habrán ido a parar”.

Una de las maestras furiosa enfrente al Che: "¡¿Por qué vino de tan lejos para matar bolivianos?!". Pero luego de unos minutos de mirarlo de frente, dice: “Me pareció un hombre increíblemente bello. ¡Quedé flechada!” (Joseph Scherschel/The LIFE Picture Collection/Getty Images)
Una de las maestras furiosa enfrente al Che: "¡¿Por qué vino de tan lejos para matar bolivianos?!". Pero luego de unos minutos de mirarlo de frente, dice: “Me pareció un hombre increíblemente bello. ¡Quedé flechada!” (Joseph Scherschel/The LIFE Picture Collection/Getty Images)

De pronto, furiosa, enfrenta al Che una de las maestras del pueblo, Julia Cortés, de 19 años, y le grita:

–¡¿Por qué vino de tan lejos para matar bolivianos?!

Pero luego de unos minutos de mirarlo de frente, dice: “Me pareció un hombre increíblemente bello. ¡Quedé flechada!”.

Mientras esto sucede, en los altos mandos del poder hay una situación tormentosa: ¿qué hacer con el Che? Porque detenido y llevado a juicio, desataría meses de protestas, manifestaciones, pedidos de libertad. Un clavo ardiente.

Por fin, el presidente René Barrientos y el general Alfredo Ovando Candía no dudan: hay que matarlo.

La orden en clave: “Saluden a papá”. La recibe el coronel Miguel Ayoroa Montano. La transmite al teniente Pérez Panoso. Y éste, al suboficial Mario Terán Ortuño y al sargento Bernardino Huanca: los ejecutores.

Ernesto Che Guevara en Bolivia antes del final con la pipa que quiso dejarle un un "soldadito" que lo había tratado bien (Hulton Archive/Getty Images)
Ernesto Che Guevara en Bolivia antes del final con la pipa que quiso dejarle un un "soldadito" que lo había tratado bien (Hulton Archive/Getty Images)

Pero, ¿cómo matarlo? Alguien sugiere que la tropa simule un motín, y en la confusión, el Che resulte muerto “por accidente”. Sin embargo, contra lo imaginado, los soldados se niegan a ser parte de esa farsa, de modo que Terán y Huanca son los únicos gatillos posibles.

También está en el escenario del final Félix Rodríguez, alias Capitán Ramos, agente de la CIA. Que entra a la improvisada celda y provoca a Guevara:

–¿Sabes quién soy?

–Sí, un traidor – y le escupe la cara.

Al rato suena el teléfono. Atiende Félix Rodríguez. Es el mayor Ayoroa:

–Por mandato de las más al

tas autoridades, cumpla con la clave 500-600.

Rodríguez, por supuesto, conoce el código secreto: 500 significa “Comandante Che Guevara”. 600, “ejecutar”. 700, “preservar la vida”.

Es la reconfirmación de la condena a muerte. De nada ha servido el argumento de Guevara al caer derrotado y herido:

–Soy el Che. No me maten. Valgo más vivo que muerto.

Años después Rodríguez dejó este testimonio:

“Le informé que había llegado la orden de ejecutarlo. Se puso blanco como un papel. Le dije: ‘Lo siento, son órdenes del alto mando boliviano’. Calló, y un minuto después dijo: ‘Es mejor así, nunca debí haber caído preso, vivo’. Sacó una de sus dos pipas de su bolsillo. Una, de fabricación casera. Me pidió dársela ‘a un soldadito que se portó bien conmigo’, dijo. Pero en ese momento entró el sargento Mario Terán, el verdugo, y me la pidió. Pero Guevara se negó y me la dio a mí. Después siguió hablando.

–Dile a Fidel que pronto verá una revolución triunfante en América. Y a mi señora, que se case otra vez y trate de ser feliz.

Hablaba de su segunda esposa, la cubana Aleida March. La primera fue la economista peruana Hilda Gadea. Los hijos del Che: Aleida, Camilo, Hilda, Celia y Ernesto.

El mensaje final antes de morir: "Dile a Fidel que pronto verá una revolución triunfante en América. Y a mi señora, que se case otra vez y trate de ser feliz", Hablaba de su segunda esposa, la cubana Aleida March (AFP)
El mensaje final antes de morir: "Dile a Fidel que pronto verá una revolución triunfante en América. Y a mi señora, que se case otra vez y trate de ser feliz", Hablaba de su segunda esposa, la cubana Aleida March (AFP)

Terán se prepara para el final y cambia su arma por una mejor: un fusil Garand M-1, intermedio entre el de cerrojo y el de asalto, con un peine de ocho balas. Pero no se decide. Entra y sale tres veces. Sus compañeros se burlan de él. Está nervioso.

Circulan dos versiones sobre las últimas palabras del condenado, dirigidas a Terán:

–¡Póngase sereno y apunte bien! ¡Va usted a matar a un hombre!

La otra:

–Dispara, cobarde, vas a matar a un hombre.

Terán retrocede dos pasos, y sin mirar al Che, dispara. Las primeras balas, en ráfaga, lo hieren en las piernas. Cae al piso gritando de dolor. Terán vuelve a tirar. La segunda tanda lo hiere en el brazo, en el hombro, y en el corazón. Unos pocos minutos después está muerto. Son la una y cuarto de la tarde.

Che Guevara Bolivia
Las primeras balas, en ráfaga, lo hieren en las piernas. Cae al piso gritando de dolor. Terán vuelve a tirar. La segunda tanda lo hiere en el brazo, en el hombro, y en el corazón. Unos pocos minutos después está muerto. Son la una y cuarto de la tarde (Getty Images)

El cadáver es llevado a Vallegrande y puesto sobre una pileta del lavadero del hospital local. Todavía tiene los ojos abiertos. El desfile para verlo dura horas. Los oficiales y soldados se reparten mechones de su pelo como botín de guerra. Al otro día le cortan las manos para identificarlo, y hacen desaparecer el cuerpo.

El enigma dura tres décadas: sus restos y los de algunos de sus compañeros aparecen en una fosa común, cerca del aeropuerto de Vallegrande en junio de 1977. Un mes más tarde pasan –para siempre– a una urna cubana. En Santa Clara, escenario clave de los combates contra el ejército del dictador Fulgencio Batista.

Muy lejos, el ejecutor Terán celebra una mínima victoria. Ante su insistencia casi desesperada (“¡Yo lo maté, yo la merezco!”), el hombre de la CIA le regala la pipa.

Es el 9 de octubre de 1967. El Che ha sido fusilado. Al morir, tenía 39.

*Artículo de Alfredo Serra publicado originalmente el 9 de Octubre de 2019

SEGUIR LEYENDO:

Últimas Noticias

La tragedia de Superga: cómo una densa neblina acabó con el Torino, el mejor equipo del fútbol italiano en 1949

Un accidente aéreo a minutos de aterrizar en Turín mató a 31 personas, entre ellas casi todo el plantel del Grande Torino, y dejó una herida que marcó para siempre la historia del club y de una ciudad entera

La tragedia de Superga: cómo una densa neblina acabó con el Torino, el mejor equipo del fútbol italiano en 1949

A mis 74 años, la alta montaña me puso a prueba: 5 días de trekking desde Tilcara hasta Calilegua entre la puna andina, la selva de montaña y la cultura de Jujuy

El viaje arranca en Salta y sigue con días de prueba en la Quebrada de Humahuaca. Oídos, respiración y ritmo bajo control antes de la primera etapa larga. La montaña espera más arriba

A mis 74 años, la alta montaña me puso a prueba: 5 días de trekking desde Tilcara hasta Calilegua entre la puna andina, la selva de montaña y la cultura de Jujuy

La foto acertijo: ¿Quién es esta niña que cantó a los 16 frente al Papa Juan Pablo II y años después conquistó al mundo con su voz?

Creció en una familia de 14 hermanos en un pequeño pueblo de Quebec y encontró en la música un refugio frente al bullying. A los 12 años compuso la canción que cambió su vida y la llevó, de la mano de su descubridor y futuro marido, a convertirse en una de las voces más famosas del planeta

La foto acertijo: ¿Quién es esta niña que cantó a los 16 frente al Papa Juan Pablo II y años después conquistó al mundo con su voz?

Encendió los deseos más ardientes en el París de la Belle Époque y terminó su vida consagrada a Dios: la vida de Liane de Pougy

Brilló como bailarina, fue cortesana, princesa y tuvo relaciones con mujeres y hombres que la convirtieron en leyenda. Pero la muerte de su hijo en la guerra dejaría un vacío que ni las joyas ni las pasiones de la carne podrían llenar. La historia de la mujer cuya vida representa la parábola perfecta entre la perdición de la carne y la redención del espíritu

Encendió los deseos más ardientes en el París de la Belle Époque y terminó su vida consagrada a Dios: la vida de Liane de Pougy

Denunciada por sus propias hijas: los siniestros crímenes de la amable vecina que acogía personas en su casa para asesinarlas

El 8 de agosto de 2003, la policía de Raymond, Washington, detuvo a Shelly Knotek y a su marido, David, por una serie de asesinatos perpetrados a la largo de una década. Nunca los habrían descubierto si sus tres hijas, ya adultas, no se hubiesen atrevido a delatarlos. También contaron las torturas y maltratos a los que fueron sometidas durante su infancia

Denunciada por sus propias hijas: los siniestros crímenes de la amable vecina que acogía personas en su casa para asesinarlas