
–¿Qué viste en mis ojos?
–Tristeza, soledad.
–¿Pero era todo mentira? ¿Nunca sentiste nada?
–No, no sentí nada. Igual que tú.
Los psicólogos que analizaron el intercambio entre Francisco Gómez Manzanares y una de las más de 50 víctimas en toda España a las que sedujo y estafó en cerca de 3 millones de euros, dicen que en ese diálogo tal vez estaba siendo sincero por primera vez. La mujer había logrado contactarlo por Whatsapp desde otro teléfono después de que la desplumó, huyó y la bloqueó. Era lo que hacía con todas: escucharlas, fingir que las comprendía, crear con ellas códigos sentimentales, hacerlas sentir especiales, queridas, únicas y, una vez cumplida su “misión”, desaparecer de la forma más brutal.
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La conversación sirvió al premio Ortega y Gasset de periodismo Guillem Sánchez para terminar de trazar el perfil del misógino serial que recoge en El estafador, la investigación que acaba de publicarse en Europa. La clave de su crueldad estaba en esas tres palabras: “Igual que tú”. Según los expertos, Gómez Manzanares sentía que “tenía que buscarse la vida para sobrevivir porque el mundo es un entorno hostil donde las mujeres son seres malvados, así que él tenía derecho a hacer lo que estaba haciendo”.
Su caso se hizo conocido en España en 2017, cuando fue denunciado por una chica de Barcelona a la que le robó 800 euros con la promesa de un viaje juntos, a los pocos días de comenzar una relación. Se hacía llamar David, era carismático, decía tener buenos contactos y ser sargento de Salvamento Marítimo: los medios lo bautizaron como “el estafador de mujeres”. Como a un Al Capone emocional, la denuncia por ese pequeño fraude terminó por destapar un engaño sin precedentes: desde 1994, había sido detenido en 16 ocasiones por estafas cometidas en Vitoria –su ciudad natal–, y luego en Eibar, Soraluze, Barcelona, Madrid y Zaragoza. Acumulaba denuncias simultáneas, y llevaba dos años prófugo, pero ni siquiera era buscado. Era imposible saber a ciencia cierta cuántas víctimas había dejado en el camino. Había empezado a estafar apenas terminada la adolescencia y desde entonces nada lo detuvo. A algunas las había enamorado desde la cárcel, donde pasó 12 años.
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El modus operandi era siempre el mismo. También el nombre falso que usaba, David. Cambiaban los apellidos, las profesiones y las circunstancias. A veces era David Hernández, otras Pons, otras Barceló. A veces David era piloto de avión y trabajaba en Iberia. Decía dormir en hoteles, aunque tenía un gran piso en la Diagonal de Barcelona. Le resultaba “más práctico”. Además, estaba a punto de comprar un dúplex que su padre, directivo del Barça y jefe de un estudio de abogados, le daría a un precio irrisorio. Decía que no se llevaban muy bien: David iba a debutar con el primer equipo del Barça cuando su progenitor lo obligó a dejarlo para estudiar en los Estados Unidos. Otras veces, en cambio, él mismo era miembro del equipo técnico del Barça, un hombre de confianza de los padres de Messi y Neymar. O probador de autos de Fórmula 1 para la escudería de Fernando Alonso. Siempre hablaba de su madre, de su hermana modelo y de su sobrina, “la luz de sus ojos”.

Su arma era su poder de manipulación. Nacido en 1974, mide 1,80 y tiene ojos claros, pero siempre fue capaz de mutar por completo: adelgazar, teñirse el pelo o disfrazarse con uniformes profesionales. Sus víctimas lo describen como un amante “pasable”, ni siquiera demasiado atractivo. Se apoyaba en las debilidades de sus víctimas, a las que cortejaba sin descanso: les mandaba canciones, fingía preocuparse por ellas y querer cuidarlas, ser un protector.
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Las elegía en aplicaciones de citas. Eran mujeres marcadas por cierta soledad, solteras o divorciadas desencantadas y a la espera de una segunda oportunidad. “Las aplicaciones eran un terreno muy fértil para cazar –relata Sánchez en una reciente entrevista con el diario El Español–. Las usaba compulsivamente, buscaba a mujeres que quisieran algo serio. Luego también engañaba a sus padres, a sus familiares o a sus amigos. Ha roto muchas relaciones. Conocía a sus hijos... Se metía de lleno en su vida para arrasar con cuanto podía”.
Con algunas se fijaba en algo más: que manifestaran su deseo de ser madres. Él se presentaba como el padre potencial, su salvador. Las seducía y se instalaba en sus casas; viajaba mucho, algo normal con sus empleos ficticios. “Tenía dos teléfonos, ambos de prepago, y nunca me dejaba acercarme a ellos”, recuerda una de sus víctimas. Siempre pagaba en efectivo: le gustaba llevar un fajo “grotesco” de billetes de 50 euros. También le gustaban los tragamonedas.
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Un auténtico depredador
A una mujer en Cataluña le prometió comprarle una tienda en una galería famosa. A otra en Ourense, una agencia de viajes. Mientras ellas creían que habían encontrado una pareja, él les proponía inversiones, como comprar departamentos a medias. Las saqueaba y, cuando ya no les quedaba un euro, desaparecía y las bloqueaba, como si nunca hubiera existido. A veces tras años de relación. A las que llegaban a sospechar antes de que se fugara, las hundía psicológicamente para escapar sin ser denunciado. “Ya veo tu interés, solo puto dinero. Dinero. Dinero. Dinero. Dinero. Tú de sentimientos una mierda”, le respondió a una de sus víctimas por Whatsapp cuando ella le preguntó por el piso que, en teoría, acababa de comprar con su plata.
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Cuando entendían lo que había pasado, el efecto era demoledor. Ser estafada económica y emocionalmente por la persona que creías amar –y que te amaba– no es lo mismo que ser asaltada por un desconocido. Por eso es tan difícil precisar cuántas sufrieron este patrón: muchas de las afectadas se niegan incluso a hablar. Sólo explicarlo abre la herida y las expone a un incómodo lugar social que todavía las señala por haberle creído. Como si se lo hubieran buscado, como si caer en las garras de un manipulador fuera una elección o, peor, su culpa. Gran parte de los testimonios del libro de Sánchez son anónimos, porque sobrevivir a la humillación de caer en la red del estafador implicó para muchas no solo lidiar con el trauma psicológico –por el que varias terminaron hospitalizadas y con licencias médicas en sus trabajos–, sino con la falta de empatía de su entorno, sobre todo en los pueblos, donde Gómez Manzanares operaba a sus anchas.

“Era un auténtico depredador que hacía muchísimo daño –dijo a el periodista que investigó las motivaciones del falso David durante casi tres años por toda la geografía española y descubrió su rastro de miseria y desolación–. Hablando con sus víctimas me di cuenta de que las estafas sentimentales, al contrario de lo que la gente cree, son algo muy serio: no es un simpático sinvergüenza, es una persona que deja auténticos cadáveres emocionales. Muchas víctimas no quieren hablar precisamente por vergüenza. Él se va, las deja tiradas en sus pueblos o sus ciudades, y queda el runrún de ‘este tío es el amo y ella es la tonta’. Hay un doble castigo. El daño y después el oprobio”.
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Su investigación tiene el valor de darles voz a esas mujeres que, como en tantos otros casos que ha narrado la crónica en todo el mundo, terminan por ser ridiculizadas hasta por la prensa. Por un lado, el periodista busca llevarles alivio: “Engañó a mujeres y a hombres, y engañaría a cualquiera: todos hubiésemos caído”. Y, por otro, sostiene que no se trata de delitos puramente económicos, sino machistas: “¿Por qué no se juzgan como abusos sexuales? Hay abuso si media abuso de poder o engaño, y aquí el engaño es evidente, porque todas estas mujeres se acostaban con una persona que no existía. Se debería plantear si esto es violencia de género y analizar no sólo el dinero que ha estafado, sino las secuelas emocionales que ha dejado en las víctimas. No sólo es un maltratador machista que se ceba con una mujer, sino con decenas de ellas”.
No es tan extraordinario cruzarse con un David. Existen en todas partes y tienen muchas caras. Algunos llevan vidas funcionales. Los medios y la sociedad todavía los premian con la amable etiqueta de “Don Juan” y celebrando sus hazañas. Pero detrás del perfil aparentemente inofensivo de estos supuestos mujeriegos compulsivos, pueden esconderse psicópatas violentos y peligrosos. En ese sentido, la historia de Gómez Manzanares enciende la alarma: “Es un problema vender a este tipo de hombre como un Don Juan, como han hecho muchos. Él no es un casanova, porque no le gustan las mujeres: las odia”.
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