30 años de la brutal golpiza a Rodney King: violencia policial, falta de justicia y sangre en las calles de Los Ángeles

El ataque de un grupo de policías al joven fue grabado por un aficionado. La difusión del video generó una ola de repudio y violencia en las calles de Estados Unidos. Los detalles de una historia de racismo e inequidades sociales

Rodney King tras la golpiza
Rodney King tras la golpiza

George Holliday no podía dormir. Escuchó las sirenas, el ronquido de las hélices del helicóptero y el grito imperativo y deformado saliendo de los parlantes. Escuchó también los gritos que venían de la calle. Eran rugidos de furia, de odio y algunos aullidos de dolor. Y el estruendo amargo de los golpes, como si muchos Rocky Balboa estuvieran pegándole a una media res en el frigorífico de Paulie. Se apuró para llegar al balcón y descubrir qué pasaba; en el camino manoteó su nuevo juguete, una Sony Handycam. Cuando se asomó, el espectáculo (atroz) ya había empezado. Tardó unos segundos en hacer foco. Cuatro policías rodeaban a un hombre negro caído. Le gritaban, lo pateaban, le pegaban con sus palos, le aplicaban descargas eléctricas con sus Taser. El hombre ya no se defendía. Ni siquiera parecía tener fuerzas para defenderse. Los policías, blancos, seguían pegando con furia y gritando.

No es fácil pegar con esas porras, requiere un entrenamiento, una técnica, que ellos no olvidaban para que cada impacto fuera efectivo, para que cada impacto dañara. Las descargas eléctricas hacían cimbrear al hombre en el piso. El semicírculo de policías parecía sincronizado, apenas se desdibujaba con los movimientos, siempre se volvía a rearmar. Y los golpes seguían cayendo. En el video se cuentan 56. Y hubo más antes de que la cámara se prendiera.

George Holliday trató de volver a dormirse. No pudo. La violencia se le había metido dentro. Cerraba los ojos y sólo veía al hombre revolcado por los palos. El frío que subió por su pecho apenas descubrió lo que pasaba se transformó en una garra que apretó su tráquea durante días. A las 48 horas, llamó a la policía local. Quería entender lo que había visto. Preguntó por el hombre, describió el hecho, dio las coordenadas. Pero no obtuvo respuesta. No brindamos ese tipo de información, le dijeron. La esposa le sugirió a Holliday llevar el cassette a KTLA, el canal local. Habló con alguien, un empleado raso del noticiero nocturno que recibió el sobre y le pidió su teléfono. Cuando regresó a su casa tenía el contestador telefónico lleno. Los del canal querían entrevistarlo y pasar las imágenes esa misma noche, en horario central. No terminó de escuchar los mensajes -el contenido siempre era el mismo, sólo aumentaba la urgencia de la voz del empleado- que un periodista y un camarógrafo le tocaron el timbre.

Cuando esa noche el noticiero de KTLA abrió su emisión con este video casero, todo cambió. La CNN replicó las imágenes y en pocas horas casi no quedaba gente sin ver la brutal golpiza. Los datos de los protagonistas aparecieron de inmediato.

Hasta ese 3 de marzo de 1991, sus familiares y amigos lo llamaban Glen. Pero ese, su segundo nombre en el documento, se perdió después. Su primer nombre -el que no usaba- junto a su apellido se convirtieron en un ícono mundial. Rodney King. De la violencia policial, del racismo, de las inequidades raciales.

Rodney KIng tenía 26 años y un pasado y un presente tortuosos. Adicciones, violencia, un divorcio conflictivo, una hija abandonada, problemas con la ley. Tres meses antes había salido de la cárcel después de pasar un año preso condenado por robar un mercado armado con una barra de hierro. En el pabellón tenía un compañero célebre: Ike Turner. Estaba en libertad condicional. Esa noche había salido y como muchas otras veces había tomado de más. En la casa de unos amigos había visto un partido de la NBA con muchas cervezas y algunos porros.

A la medianoche decidió volver a su casa. Se ofreció a llevar a Bryant Allen y Freddie Helms, dos amigos. Manejaba su Hyundai blanco por la autopista. Iba muy rápido. Las ventanillas bajas, el viento pegándole en la cara, la música fuerte. Los tres cantaban a los gritos. Pisaba el acelerador cada vez más a fondo. Más de 170 kilómetros por hora.

De pronto, el aullido característico de las sirenas policiales, las luces rojas y azules titilando en el espejo retrovisor. Un matrimonio de policías que esperaba al costado de la autopista lo empezó a perseguir. Aceleró más. Llegó a rozar los 190 kilómetros por hora. Se sumaron patrulleros a la persecución. Un helicóptero lo vigilaba desde el cielo oscuro. No quería volver a la cárcel por violar su libertad condicional. Pese a que el alcohol y la marihuana lo obnubilaban, supo que el escape era imposible. Pero eso convicción borrosa tampoco lo detuvo. Tomó una salida y la fuga fue atravesando barrios residenciales. Una flota de autos policiales lo perseguía a esa altura.

Un patrullero logró cerrarle el paso y Rodney King (aunque todavía era Glen) apagó el motor frente a unos edificios de viviendas. Tal vez creyó que el alumbrado público oficiaría de escudo. Sus amigos bajaron con las manos en alto. Ellos no tendrían demasiados problemas, ellos no manejaban. King agarrado al volante trataba de despejar su cabeza; era imposible. Sabía que con los cargos de DUI (Driving Under Influence: conducir bajo influencia de sustancias) y desobediencia, su libertad condicional peligraba. Tal vez fue la desesperación, tal vez la falta de resignación, tal vez la convicción de que otra vez lo esperaba una celda húmeda. Los otros dos ya estaban tirados boca abajo en el asfalto con las manos en la nuca mientras algunos de los oficiales los pateaba.

Después de un tiempo y muchos gritos y órdenes, King abrió la puerta y bajó. Pero su actitud no fue la que esperaban los policías. Levantó los brazos pero no en señal de entrega sino para saludar burlonamente al helicóptero, mientras se reía a carcajadas, luego giró y se agarró las nalgas con las dos manos. En ese momento los policías martillaron las armas. Cuatro policías se abalanzaron sobre él. Le hicieron las maniobras típicas para inmovilizarlo. Lo tiraron al suelo y empezaron a descargar su furia, el enojo, la adrenalina acumulada en la persecución sobre el hombre negro que ya no reía ni se podía defender. Con la golpiza ya desatada, Holliday prendió su cámara en el balcón.

Los policías llevaron a King al hospital. Los médicos, al principio, no sabían dónde estaban las heridas. Era tanta la sangre que cubría su cabeza y su cara. Múltiples fracturas de cráneo y del hueso orbital con el ojo derecho comprometido. Algunas costillas fracturadas, un tobillo roto, hemorragias internas y múltiples traumatismos. Una de las enfermeras testificó que los policías se burlaban de King en la guardia hospitalaria. Le tuvieron que poner una placa metálica para reconstruir la cavidad ocular.

El video recorrió el mundo. La indignación se multiplicó. Las discusiones sobre la cuestión racial una vez más tomaron protagonismo. La justicia decidió no levantar cargos contra Rodney King. Los cuatro policías que se ven en el video rodearlo, formar ese semicírculo y golpearlo con impiedad fueron juzgados. El juicio, pese a la atención mediática, fue irregular. Primero se modificó la sede de las audiencias y se las trasladó a una localidad californiana alejada de Los Angeles. Después, el jurado: sólo compuesto por 10 blancos, un latino y una persona de ascendencia asiática. De todas maneras, las imágenes no permitían interpretación alguna. Tenían un solo significado. En esos poco menos de 80 segundos se veía con claridad lo que había pasado. Ni siquiera la mejor defensa técnica (o la más optimista) podía aspirar más que a encontrar alguna circunstancia atenuante.

El veredicto se dictó el 29 de abril de 1992. El presidente del jurado leyó lo que decidieron tras la deliberación. Fueron cuatro mazazos, cuatro detonaciones consecutivas. Inocente. Inocente. Inocente. Inocente.

Ese fallo desató una reacción popular nunca antes vista. Una revuelta de proporciones ni siquiera imaginadas. La población negra de Los Angeles salieron a las calles. Fueron días de locura, de rabia, de saqueos, de muerte, de venganza desbocada. No se veía de qué manera se iba a detener el conflicto. Las imágenes aún hoy siguen estremeciendo. Un camionero bajado de su vehículo, linchado, mientras su cráneo era destrozado con bates de beisbol. La sangre corría por las calles de la ciudad. Las hogueras iluminaban los escombros, los autos descoyuntados, los heridos. En algún momento, un distraído pudo haber pensado que el cemento de las calles había sido reemplazado por pedazos de vidrio: casi no quedaron vidrieras intactas.

En otras ciudades de Estados Unidos también hubo levantamientos civiles. Pero el epicentro fue Los Angeles. La policía de la ciudad no pudo detener los incidentes. Tampoco la estatal. Acudieron fuerzas del ejército y batallones de marines para controlar a la población negra y latina que había tomado las calles.

Salieron a hablar todas las autoridades y varias figuras públicas pidiendo calma. Después de varios días de tratativas, convencieron a Rodney King de salir a hablar. Le escribieron un discurso para que dijera y le pusieron un sweater, como el que usaba Bill Cosby en su serie televisiva (hoy nadie querría asociar a un vocero con Cosby). Pero él desechó el discurso. Leía mal, sufría de dislexia y no estaba acostumbrado a enfrentar a tanta gente. Prefirió decidir lo que sentía: “¿Por qué no nos podemos llevar bien? ¿Por qué? ¿Podemos parar de volver todo más horrible para la gente mayor y para los chicos? Esto no está bien, no está bien. Esto no va arreglar nada. Ellos ganaron una batalla, pero nosotros ganaremos la guerra”

El saldo fue horroroso. 63 muertos, casi 2400 mil heridos, más de 7.000 incendios, 3.100 negocios destrozados y saqueados. Las pérdidas materiales se calcularon en más de mil millones de dólares.

George Holliday hacía unos pocos años que vivía en Los Ángeles. Antes, desde los 7 a los 19 vivió en Argentina. Nacido en Canadá se mudó a San Isidro cuando su padre fue enviado a desempeñarse como ejecutivo de una petrolera. En las entrevistas en castellano posteriores a la circulación del video dejaba lucir su acento porteño. En esos días trabajaba de plomero. Hoy con 55 años maneja una empresa de venta y de colocación de tubos.

Cuando el video se viralizó (fue uno de los primeros videos caseros en hacerlo), el canal de Los Ángeles se lo compró por 500 dólares. Hasta el día de hoy, Holliday se lamenta por su mal negocio. En Estados Unidos se lo conocía como “el Plomero Argentino”.

Alguna vez un desconocido, encaró en la calle a George Holliday y le endilgó: “Mirá lo que hiciste con tu video”. El plomero respondió: “Yo no hice nada. Lo que está en el video lo hizo”.

A fines de 1991, George Holliday se levantó de madrugada para ir a trabajar. Apenas salió de su casa paró en una estación de servicio para cargar nafta y tomarse un café. Mientras pagaba, escuchó que alguien decía su nombre. Giró y no reconoció al hombre negro que se acercaba a él. Era alto y corpulento. Casi sin sonreír, sólo con un desganado movimiento lateral de los labios, estiró la mano. “Usted me salvó la vida. Muchas gracias”, dijo Rodney King. Soltó la mano del camarógrafo casual, giró y salió del lugar. Fue la única vez que Holliday y King se vieron personalmente.

Después de los Riots, la ciudad de Los Ángeles volvió a enjuiciar a los policías por infringir una ley de derechos civiles. Dos de ellos fueron encontrados culpables y condenados a 30 meses de prisión. Los otros fueron, una vez más, exculpados por los dos tres primeros segundos del video en el que en imágenes borrosas, antes de que Holliday lograra hacer foco, se ve a King intentando levantarse, lo que fue tomado como un intento de agresión y los siguientes 56 golpes fueron considerados como legítima defensa y ejercicio legítimo del poder policial para reducir a un sospechoso.

El alcalde de Los Angeles le ofreció a Rodney King pagarle 200.000 dólares como indemnización y becarlo en la universidad de la ciudad. King no aceptó. En el juicio por daños obtuvo casi 4 millones de dólares. Se casó otras dos veces y siguió teniendo problemas con la ley. Al menos otras cuatro veces fue detenido por conducir en estado de ebriedad y por infringir normas de tránsito. La última fue el 3 de marzo de 2011, el día que se cumplía el vigésimo aniversario del apaleamiento. Fue acusado también de intentar atropellar a su segunda esposa. Ingresó varias veces a rehabilitación.

Las últimas dos veces que lo hizo fue bajo los focos y las cámaras televisivas. Se convirtió en participante de dos realitys en el que celebridades se sometían a diversos tratamientos para abandonar sus adicciones.

El 17 de junio de 2012, a las 5.30 de la mañana, una mujer con la voz quebrada por la desesperación llamó al 911. Clamó por ayuda. “Rodney Glen King está ahogado en el fondo de la pileta. No respira. Vengan rápido”. Cuando los paramédicos llegaron no había más nada que hacer. Rodney King tenía 48 años y repetía el destino familiar. Su padre, también alcohólico, había muerto promediando sus cuarenta ahogado en la bañadera de su casa. En la autopsia encontraron alcohol, cocaína y PCP en su sangre. Los forenses determinaron que la combinación de las sustancias con graves cardiopatías preexistentes causaron su muerte.

Rodney King no era perfecto. Tuvo una vida triste. Infringió la ley varias veces y fue una víctima. Se convirtió en un símbolo a su pesar. Recibió una paliza, atención mediática, juzgamientos varios y una indemnización. Pero nunca recibió justicia. Su caso, al menos, gracias a una cámara portátil y a un aficionado desvelado, se convirtió en el ejemplo de la brutalidad policial y de las desigualdades raciales.

La grabación de la paliza, de ese linchamiento policial, es una de las cintas caseras más famosas de la historia. Un video viral antes de que existiera el término. Son pocos los que consiguieron ese privilegio. Si la grabación de Zapruder logró registrar un acontecimiento histórico, con su granulado, con su movimiento parkinsoniano, sólo logra crear más confusión. Es un registro impreciso, que fija el shock que hubiera sido de la misma profundidad aún sin Zapruder: todo Estados Unidos hubiera llorad a Kennedy aún sin esa pelícual en blanco y negro. Lo que logra el video de Halliday es que el mundo conozca un hecho, que se vea un abuso que no por sospechado haya impactado menos.

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