Pánico y locura en Hawaii

En 1980, Hunter S. Thompson aceptó el encargo de una ignota revista de atletismo para cubrir la maratón de Honolulu. Lo que se suponía iba a ser una semana de trabajo en un lugar paradisíaco se transformó en un viaje delirante de alcohol, drogas y megalomanía.

Hunter S. Thompson fue el creador del “periodismo gonzo”

Lono fue el gran rey de Hawaii. Amado y temido por todas las tribus de las islas, dueño de una fuerza "sobrehumana", fue elevado a la categoría de dios. Era imbatible en los combates; vivía en un presente invariable de celebraciones y arbitrariedades. Pero, poco a poco, se fue hartando de esa monotonía y decidió irse a la mar en busca de nuevas aventuras. Antes de zarpar prometió volver y sus fieles prometieron esperarlo. Así lo hicieron, durante siglos. Entonces llegó el capitán Cook y los nativos creyeron que su dios había vuelto.

A fines de 1980, la ignota revista "Running" le propuso a Hunter S. Thompson cubrir la maratón de Honolulu. Para entonces Thompson, el creador del "periodismo gonzo", ya había escrito sus textos más famosos —El diario del ron, La gran caza del tiburón, Miedo y asco en Las Vegas—, había rechazado entrevistar a Alexander Haig y Jimmy Carter, y se sentía cerca del retiro. Empezaba a sentirse harto de esa monotonía; necesitaba irse a la mar en busca de nuevas aventuras.

Cook desembarcó en una bahía que, como más tarde supo, se llamaba "El camino de los dioses". Fue recibido con los más altos honores. Miles de nativos lo fueron a saludar desde los acantilados agitando paños blancos. Hubo banquetes y procesiones. Hasta el rey Terreeoboo fue a postrarse ante él. A cada paso lo señalaban y le decían: "Lono".

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Thompson aceptó viajar con la condición de que su amigo, el dibujante inglés Ralph Steadman lo acompañara. La idea era pasar una semana en Honolulu, cubrir la maratón —correrla, incluso—, y luego mudarse a la isla de Kona para esperar el año nuevo. Pero ya desde el vuelo de ida, el destino empezó a torcerse.

Hunter Thompson en Hawaii

El aburrimiento del hombre moderno

La maldición de Lono (Ed. Sexto Piso) es el resultado de aquella travesía delirante de Thompson por Hawaii. Una crónica incorrecta plagada de referencias al viaje de Cook, una viñeta de una población indómita, una crítica mordaz al turismo de las clases altas.

En 13,99 euros, Frédéric Beigbeder dice reconocer el origen de los problemas del hombre moderno: "El aburrimiento le horroriza", escribe. Hunter S. Thompson sería, entonces, el arquetipo del hombre moderno. Hasta el vuelo de cuatro horas en primera clase lo hastía de tal manera que necesita jugársela para sentir algo. Es así que termina emborrachándose en el bar del avión junto a un hombre que estuvo más de 40 minutos encerrado en el baño mientras la azafata y el comisario de abordo lo amenazaban con arrestarlo. Rápidamente se comprende que al tipo se le había caído un frasquito de cocaína al inodoro y pasó todo ese tiempo tratando de recuperarlo. Y cuando por fin lo encontró, salió del baño, se fue al bar, se puso a hablar con Thompson y le terminó regalando la mitad.

La semana en Honolulu y la crónica de la maratón pasan demasiado rápido. De todas maneras ese texto salió a tiempo y en 1983 lo reprodujo la revista Playboy. Después siguieron a Kona, donde se cruzaron la aventura y el infierno. El clima hostil los confinó a un horror claustrofóbico de tormentas voraces y olas que destrozaban la costa.

Aburrido y sin nada para hacer, con Steadman y su familia en un estado de histeria, Thompson se dispuso a esperar la Navidad tirando cientos de petardos, derrochando miles de dólares y consumiendo alcohol y drogas en cantidades industriales.

Thompson parece tener un radar para localizar a los personajes inverosímiles. De a uno van pasando borrachos, traficantes, ladrones, pesqueros corruptos. En un descanso del temporal, Steadman consigue regresar a Inglaterra, pero él se quiere quedar una semana más para terminar de escribir: al final pasa seis meses más, en un estado increíble. Es difícil creer que alguien haya vivido de esa manera y haya podido contarlo. Planea estafas, organiza envíos de marihuana a Texas usando el correo postal, choca una Ferrari 308 a toda velocidad. Es un universo de descontrol en el que la tensión nunca deja de aumentar.

La foto de Hunter S. Thompson para su amigo Ralph Steadman: “Matamos como campeones”, le escribe.

Yo soy Lono

Cuando tras una larga estancia, Cook finalmente decide seguir viaje hacia Tahití, el barco sufre una avería y se ve obligado a regresar. Había partido tras agotar casi todos los recursos y la comida de los nativos. Y ahora estaba de vuelta. Hasta su tripulación está irritada. Nadie los esperaba y nadie los va a recibir. A la mañana siguiente, el rey Terreeoboo llega a la bahía, pero está muy disgustado: "¿Por qué han vuelto?"

En julio, Thompson le envía una carta a Steadman: "Me vi obligado a huir después de que los agentes inmobiliarios contrataron a unos matones para que me liquidaran. Pero se equivocaron y mataron a un haole local. Ésa es la verdad. El día antes de que me marchara, mataron a palos a un pescador y lo arrojaron a las aguas del puerto, donde se quedó flotando boca abajo. O lo estrangularon con un cable de frenos y lo dejaron en un jeep en plena calle, delante del hotel Manago. Hay muchas versiones distintas".

Entre la tripulación de Cook y la población hay un flujo de hostilidad evidente. Una noche les roban una embarcación pequeña y algunos marineros deciden hacer justicia por mano propia y matan a un jefe tribal. Es la chispa que enciende la mecha. Cook promete iniciar una investigación, pero ya es demasiado tarde. De la multitud sale un hombre blandiendo una maza samoana. Se demora un momento antes de darle un golpe terrible en la cabeza. "¿Cuándo volverá Lono?", pregunta el rey. Alguien trata de consolarlo: "Pronto", le dice.

Después de tanto tiempo en la isla, los habitantes se niegan a atender a Thompson. Ya no creen que se haya quedado para escribir una crónica, algo oscuro debe estar tramando. Le prohíben la entrada en los bares. En el paroxismo del delirio, Thompson sale a pescar con el capitán Steve —el dueño de una lancha pesquera con quien estuvo a punto de morir un par de veces— y vuelve con un pez espada de 150 kilos. "Llegamos desquiciados, Ralph, rugiendo", le escribe a Steadman. "Dijeron que mis gritos se oían a media milla náutica de distancia". La gran multitud que los espera en el puerto escucha con horror y fascinación a Thompson, que, parado en la proa blandiendo una maza samoana, grita: "¡Yo soy Lono! ¡Yo soy Lono!"

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