La vuelta del Pity Álvarez en Rosario: la vigencia de un referente del rock que une a generaciones

La presencia del músico tras casi una década de ausencia reunió a jóvenes y adultos en un evento atravesado por homenajes, mensajes sociales y una reivindicación del lazo con el público local

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Después de casi diez años, Pity Álvarez volvió a Rosario y convirtió el Autódromo en un ritual de resistencia barrial. Entre generaciones cruzadas, canciones convertidas en himnos y una puesta cargada de símbolos, el ex líder de Viejas Locas e Intoxicados reconstruyó su vínculo con un público que lo sigue viendo como espejo de sus propias derrotas y supervivencias.

“Son las 10.45. Sigo acá en Rosario. Me voy enterando de cosas que suceden en el recital, ya que estoy atento a todo, y me pone muy contento saber que vinieron muchas familias y muchos chicos pequeños. Me hubiese gustado hablar más sobre la luz y la energía, pero será en otra oportunidad. Sentí mucho eso durante el show, y es algo que se nota en los chicos que siempre nos acompañan, en nuestro público de siempre, y en los chicos que se suman, muchos de ellos muy pequeños, que vienen con sus familias y disfrutan las canciones. Eso me encanta”. Al día siguiente, desde el hotel, Pity Álvarez habla sobre el cruce generacional que se vivió en el recital. Una noche antes.

El frío del sábado en la zona norte de Rosario parece un muro invisible. Cruza el predio del Autódromo Juan Manuel Fangio con una potencia seca. Son las cinco de la tarde de un día que guarda las ansias propias de los adolescentes antes de salir. Sobre la avenida Jorge Newbery hay colectivos escolares con inscripciones de Lanús, Merlo, La Matanza y avanzan a paso de hombre junto a autos particulares cargados de pibes que, por edad, apenas podrían recordar el auge de Viejas Locas, pero aquí cargan el misticismo del heredero.

En el centro de ese hormiguero humano, un hombre de cincuenta y tantos años, con el rostro surcado por las marcas de una vida que es frontera y trinchera, se prepara para salir. “La vida voy viviendo”, dirá su primera camiseta. Cristian “Pity” Álvarez es un músico que regresa a Rosario tras casi diez años de ausencia. Para las 25.000 personas que saturan el predio, es un espejo resquebrajado donde todos se ven un poco más enteros.

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La materia prima

Horas antes de que la primera nota estalle, el aire ya tiene un mensaje. La apertura de puertas reveló un fenómeno que el marketing musical todavía intenta explicar: el cruce generacional. Hay padres con hijos que tararean canciones de Especial, y adolescentes que descubrieron Intoxicados en algoritmos de streaming. Jóvenes que buscan en el vivo esa “verdad” que el rock de laboratorio no siempre puede dar.

Más de 25.000 personas de distintos puntos del país colmaron el predio; una multitud marcada por jóvenes que ven en el músico un referente de la identidad barrial.

A las 18:45, cuando el sol rosarino empieza a hundirse, una voz familiar sale por los parlantes. Es un audio de WhatsApp, crudo, sin ecualización.

“Esto se selló de artista a artista, de materia prima a materia prima. Sin mánagers, sin intermediarios”.

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Es el Pity. La grabación es la invitación formal a Farolitos, la banda local encargada de abrir el fuego. El audio explica que Álvarez buscó el contacto directo, priorizando el vínculo humano por encima de la burocracia de la industria para dar una mano a quienes, como él hace tres décadas, la reman desde el llano. Marcos Migoni, el cantante de la banda rosarina que celebra 25 años, recibe el gesto como una bendición. El público escucha. Hay un respeto. Si el Pity los eligió, son parte de la familia.

El rito de las tres pieles

A las 20:25 se produce el estallido. Pity Álvarez aparece en escena y el Autódromo se transforma en una especie de faro del rock barrial. Se lo ve vivaz, con una movilidad que contradice las crónicas de su propio deterioro. Mantiene la energía eléctrica de sus mejores épocas, cambiando de vestuario tres veces a lo largo de la noche, como si cada piel nueva fuera necesaria para sostener las casi treinta canciones que tiene preparadas.

“¡Rosario!”, grita, y la ciudad le devuelve un grito que se siente en el pecho. Es el reconocimiento de un territorio que lo adoptó hace décadas. En las pantallas, el diseño visual resalta la identidad local: durante “Está saliendo el sol”, el río Paraná y las islas entrerrianas pueblan el escenario. Es un gesto de pertenencia; una forma de decir que, aunque venga del asfalto porteño, conoce el barro de esta orilla.

El músico mostró una energía renovada durante las más de dos horas de show, en las que repasó treinta canciones de sus etapas en Viejas Locas e Intoxicados.

La voz de los invisibles

A mitad del concierto, el ritmo cambia. Se produce una pausa reflexiva. De pronto, una voz distinta suena por el sistema de audio. Es L-Gante. El fragmento pertenece a una entrevista de 2023 en el programa PH, Podemos Hablar. En el audio, el referente de la cumbia 420 advierte sobre los riesgos de la exposición mediática temprana, señalando cómo el sistema busca acorralar a los pibes del barrio que alcanzan el éxito sin herramientas para defenderse.

Pity escucha su propio reflejo en esa voz joven. Es una identificación pública, un posicionamiento político expresado a través de la experiencia ajena. Álvarez, blanco constante de la espectacularización de la tragedia, utiliza el audio para blindarse y proteger a los suyos.

El momento de mayor densidad emocional llega con “Homero”. Pity recuerda a su padre. La canción, que narra la rutina de quien sale de su casa, se sube al colectivo y va a la fábrica a cumplir un horario. “Se hace difícil siendo obrero, hacerte cargo del pan. De tu esposa, tus hijos, del alquiler y algo más. Y poco disfruta sus días pensando en ¿cómo hará?“. La canción adquiere en la Argentina de hoy otra vigencia. En un contexto sociopolítico de incertidumbre para el laburante, la interpretación tiene la mensura de una crónica.

El momento de la previa, con la camiseta del recital anterior.

El sostén y el mañana

Entre canción y canción, Pity menciona a las mujeres que lo mantienen en pie: su hermana y su madre, Cristina Congiu. Cristina ha sido la cara visible de su defensa, la gestora de su salud y su libertad, la que ha peleado frente a la desidia del sistema judicial y médico. Al nombrarla, Álvarez se presenta como el hijo que reconoce dónde está su red de contención.

El cierre es una descarga de adrenalina pura. Tras un amago de despedida, llega el primer bis con “¿Quieren rock?”, convirtiendo el autódromo en un tembladeral. Pero el punto final, el sello de la noche, es “Una piba como vos”. Es el Pity de Intoxicados.

Muchos en el público se preguntan si este será el último gran acto. El fantasma siempre sobrevuela en sus conciertos. Sin embargo, antes de apagar las luces, llega el anuncio que confirma la vigencia:

“Mendoza, 13 de junio. Nos vemos allá”.

La multitud empieza a descongestionar el autódromo bajo el frío. La mínima fue de 4 grados. La avenida Newbery vuelve a llenarse de colectivos y banderas. El Pity se retira, pero deja la certeza de que, mientras haya un barrio que necesite ser narrado su música seguirá siendo la materia prima. En Rosario, esta noche, el sol salió en las pantallas y en el pecho de miles que, por un par de horas, se sintieron acompañados en la rutina de la existencia.

Miles de seguidores acompañaron al músico en su regreso a la ciudad tras casi una década de ausencia.