En Carne gobernada, su libro de 2024, un texto que cruza ensayo, memorias y crónicas, y donde habla de la política, del deseo, de la sensualidad en la madurez, Fernando Savater se pregunta “cómo alguien puede recordar su juventud sin sentir vergüenza”. Y explica: “La mitificación de la juventud es más bien ingenua o perversa porque, no nos engañemos, la juventud tiene enormes recompensas, pero pocos méritos". En cambio, afirma, “uno de los privilegios de la vejez es que puedes decir las cosas como las piensas, por mucha fama que tenga aquel o aquella de la que hablas”.
Para entender la metáfora del título de su reciente obra, hay que saber que la “carne gobernada” consiste en un guiso típicamente español, usualmente de ternera o de vaca, cocinado lentamente en una salsa de tomate y cebolla, con la adición de especias y, en algunas variantes, de vino blanco o tinto. Este plato se caracteriza por su sabor intenso y su textura tierna, resultado de la lenta cocción que permite que la carne absorba los aromas y sabores de la salsa. En resumen, algo que lleva tiempo -como la vida del filósofo, que tiene hoy 78 años- y es justamente el tiempo lo que lo hace sabroso y tierno. Toda una imagen de lo que Savater piensa de la vejez.
“Lo importante no es saltarse la muerte, sino conservar lo que amamos en la vida. Si a uno le ofrecen la inmortalidad, lo primero será exigir el mismo beneficio para 15 ó 20 personas que nos son indispensables. Sin ellas, mejor la tumba. Y si nuestro ser insustituible ya ha muerto, la inmortalidad llega demasiado tarde”.
Savater no se amedrenta ante los avances tecnológicos, aquellos que parecen asustar a muchos de su generación. “Eso de la inteligencia artificial, que tanto preocupa a quienes deberían estar mucho más inquietos por la estupidez natural, (...) a los viejos nos puede venir bien”.
En otra de sus sabrosas columnas, se encarga de ridiculizar los consejos para alcanzar una vejez saludable. “Corren por internet numerosas fórmulas para conseguir la longevidad: ‘Un centenario nos revela su secreto de la larga vida’, ‘la fruta milagrosa que puede ayudar a conseguir la inmortalidad’, ‘un cardiólogo nos descubre el desayuno perfecto para conservar la salud’, etc… Y también por el contrario nos enumeran los alimentos y costumbres que pueden llevarnos a la tumba indefectiblemente. Los remedios nutricionales que nos recomiendan para acumular décadas son de dos tipos, ambos sospechosos: o bien resultan de sobra conocidos hasta el punto de que todos los hemos tomado alguna vez o incluso con frecuencia (miel, nueces, verduras, yogur, té…) y no por eso dejamos de caer enfermos ni vemos salvarse de la Parca a quienes siguen nuestra misma dieta…o son tan exóticos que sólo se consiguen en remotas latitudes y no los frecuentan más que tribus ignotas a las que no salvan de la extinción a pesar de sus virtudes roborativas. Ni los antiguos chinos, ni los indios ayurvédicos, ni los indígenas centroamericanos son más longevos ni tienen mejor salud que cualquier europeo adscrito a la seguridad social, todo lo contrario. Lo que no cura la penicilina ni mejora el aceite de oliva no lo arreglan las esporas ni la corteza de arbustos asilvestrados. Por lo demás, a la hora de morirse, nos morimos todos. Y menos mal”, reflexiona.
Pero no se detiene allí: “Sólo me sentí identificado con una alegre centenaria a la que entrevistaron en una residencia en los tiempos del Covid: según ella, debía su acrisolada salud a ‘muchos garbanzos con chorizo’, dieta que no sé si debe ser imitada pero que a muchos nos devuelve el gusto por la vida”. Muy suelto de cuerpo, agrega: “En cuanto a los hábitos que confiesan haber practicado los más longevos, ocurre lo mismo. Andar o reposar, madrugar o trasnochar, ser sociable o preferir la soledad, cosas que han sentado muy bien a unos pero que no han aprovechado a otros. Mis padres y abuelos, igual que otros de sus contemporáneos españoles, defendían como lema inapelable ‘de los cuarenta para arriba no te mojes la barriga’ y evitaban el mar como algo peligroso a su edad. Cierto es que vivieron hasta edades provectas, pero yo casi he doblado ya la fecha fatídica y sigo nadando en la Concha con el mayor regocijo y sin ninguna dolencia marítima”.
Con el humor que lo caracteriza, aconseja lo siguiente. “El que quiera llegar a centenario, caprichosa pretensión, debe conocer mi dieta y costumbres para evitarlas. Si pese a todo me exige un consejo, sólo uno, le daría éste: identifique sus verdaderos placeres, sin imitar a nadie, y prefiéralos a cualquier otra norma más respetable. No hay nada más saludable que el placer”.
¿Su consejo? Afrontar alegremente los peligros.
“Cuando llega la vejez, la cosa se pone seria. Ni protección contra toda amenaza ni ayuda ocasional para reforzarnos: al contrario, la naturaleza se vuelve contra nosotros y trata de destruirnos por todos los medios. Una digestión demasiado pesada, una corriente de aire, una escalera empinada, una caída por la acera resbaladiza, el esfuerzo de un juego erótico…todo puede adquirir un sesgo letal. Antes a cualquier malestar lo despedíamos con un ‘¡no será nada!’ pero ahora, pasados los setenta, lo acompañamos de un ‘¿saldré de ésta?’. Entonces la vida se convierte en deporte de riesgo y empieza lo divertido… ¡por lo menos para los aficionados al cine de terror!”
En enero de 2024, el filósofo y escritor español Fernando Savater fue echado del diario El País, tras 47 años de colaboración. El hecho coincidió con la publicación de su libro Carne gobernada, donde criticaba duramente la línea editorial del periódico, por haberse convertido en un “portavoz gubernamental” del PSOE.
Lo que más molestó fue que Savater se metió con la “vaca sagrada” en la que se convirtió el feminismo de hoy. Habló de una “desafortunada invasión femenina” en el diario y se atrevió a meterse con los resultados mediocres que puede dar el cupo de género forzoso, afirmando “son tan sectarias y aburridas como los varones con quienes se codean”. Para colmo, aseguró que había excelentes columnistas mujeres en la prensa española, pero que a El País le había tocado “el lote menos lucido”. Fue demasiado.