Entre el DNI y cómo nos sentimos se abre una brecha. La longevidad cambió cómo transitamos nuestra segunda mitad. Una vida más larga necesita nuevas definiciones —y menos eufemismos— para ser descripta.
Un holandés, de 69 años, inició una batalla judicial en 2018 para quitarse 20 años del documento de identidad. “Siento que tengo entre 40 y 45 años, pero mis documentos dicen que tengo 69”, argumentó. Más allá de lo divertido de la anécdota, cada vez somos más los que sentimos que existe una discrepancia entre la edad cronológica que marca el DNI y la edad subjetiva: cómo nos sentimos.
Lo escuchamos todo el tiempo. “Mi madre a mi edad era vieja y yo estoy a full”, me escribió una seguidora en Instagram. Un vecino que entrena para la media maratón de Buenos Aires me dijo: “Tengo 64, pero me siento de 50”. Y ahí aparece, casi sin que lo pensemos, una sorpresa compartida por los que tenemos más de cincuenta: nos sentimos más vitales de lo que esperábamos sentirnos.
No es que queramos “volver” a otra edad; es que lo que significa tener 60 (o 70, u 80) ya no es lo que significaba antes. Lo que somos, lo que sentimos y lo que hacemos no encaja con el imaginario sobre la madurez que heredamos de décadas atrás, ni con la forma en que nuestros padres o abuelos vivían esas mismas edades.
El reloj social atrasa
Mercedes Jones, socióloga, doctora en ciencias sociales y directora de programas del Centro de Innovación Social en UdeSA, lo explica con una metáfora potente: “Existe un reloj social que marca en cada comunidad cuáles son los momentos de la vida apropiados para encarar determinados desafíos como estudiar, tener hijos, votar o casarse. Pero hoy la mayoría de nosotros viviremos hasta edades más avanzadas y, en general, de manera más saludable que las generaciones que nos precedieron. Entonces, ya no hay ‘relojero’ que nos pueda decir qué es apropiado hacer en las nuevas etapas que se agregaron a nuestros trayectos vitales. Hoy no hay parámetros que nos orienten porque el mapa vital cambió: el recorrido que vivimos es más largo. El reloj social, hoy, atrasa”.
Por un lado, la edad sigue actuando como ordenador social que nos coloca en categorías. A los 6 comenzamos la escuela primaria, a los 16 podemos votar, a los 50 incorporamos mamografías y chequeos de próstata en nuestros controles anuales, y la edad de imputabilidad de un menor vuelve una y otra vez al centro del debate público.
Por el otro, vemos cada vez más cómo se desordena el guión lineal de etapas (estudiar–trabajar–retirarse–envejecer) como si fuera un itinerario único, prolijo y universal. La evidencia de ese corrimiento aparece también en el “permiso social”: las personas vuelven a estudiar o emprenden después de los 50, la maternidad se retrasa, nos reinventamos y ya no hay edad para divorciarse, enamorarse o desear. Entonces, la pregunta se impone: ¿a qué edad somos viejos?
El estudio Actitudes ante el envejecimiento 2025 (Global Advisor Ipsos, 32 países) concluye que existe un “desfase cultural” frente a la longevidad: aunque sube la esperanza de vida y muchos hitos vitales se van corriendo hacia arriba, las percepciones sociales sobre “cuándo empieza la vejez” no acompañan. En ese sentido, el dato “la vejez empieza a los 66” —promedio global— se mantiene estable desde 2018. Es una señal clara de que las actitudes culturales no van a la velocidad del cambio demográfico.
Aunque hay quienes dicen que la edad es solo un número, en muchos aspectos todavía vivimos en una cultura que hace culto a la juventud. Sigue instalada la idea de que los jóvenes son creativos o innovadores y que, después de los cincuenta, a medida que avanzan los años, nos convertimos en versiones desteñidas de lo que fuimos. El mismo estudio muestra algo revelador: ¿la plenitud de la vida? Los 28–35 se consideran los años clave, el fulgor de la vida. ¿Será por eso que cuando alguien dice “en mi época”, todos sabemos que se refiere a su juventud?
La trampa de los eufemismos
Este tironeo entre disfrutar la segunda mitad de nuestras vidas —sintiéndonos plenos y vitales en edades en las que imaginábamos que seríamos menos funcionales— se refleja en cómo hablamos y en cómo nos pensamos. Expresiones que decimos y escuchamos a diario como “los 60 son los nuevos 40”, “tengo 80 pero mentalmente me siento de 65”, “no soy viejo/a, tengo mucha juventud acumulada”, “no tengo 65, tengo 25 con 40 de experiencia” o “quiero morir joven lo más tarde posible”, intentan cambiar el mandato de que con más años debemos tener vidas menos vibrantes.
Sin embargo, muchas veces, la manera de articularlo sigue abonando a una idea vieja: que alguien con menos años vale más; que es mejor tener 40 que 60 y que —siempre— acumular mucha juventud es siempre preferible a tener —exactamente— la madurez o la vejez que tenemos hoy.
Un nuevo lenguaje para una vida más larga
Por eso, la invitación es a disfrutar del hecho de que 60 no son los nuevos 40. ¿Por qué? Porque hoy vivimos unos nuevos 60: unos con mucho por delante, con la posibilidad de proyectar y disfrutar, como nunca antes había sucedido. Y también: sentirse bien a los 80 o 90 puede ser posible sin necesidad de inventar metáforas para evitar nombrarnos como personas que envejecen.
Mientras busco expresiones nuevas para poner en palabras esta longevidad positiva de la que somos testigos y protagonistas, celebro el cambio cultural en el que queremos sacarle el jugo a la vida toda la vida, porque entendemos que nuestro segundo medio siglo puede ser tan vibrante, interesante y divertido como lo que sucedió antes, y… más también. ¿Por qué no?