Andrew Ng, fundador de DeepLearning.AI y ex jefe de Google Brain, publicó ayer una carta titulada There will be no AI jobpocalypse (“No habrá apocalipsis laboral por la IA”). Su tesis es contundente: la narrativa del colapso laboral por inteligencia artificial es exagerada, irresponsable y dañina. Para respaldarla, cita cuatro titulares recientes de Financial Times, The Wall Street Journal, Bloomberg Opinion y The New York Times que empujan en la misma dirección. La contratación de ingenieros de software, dice, sigue fuerte.
El desempleo en Estados Unidos está en 4,3 %. Lo que viene no es un apocalipsis laboral, sostiene, sino lo contrario: un festival de empleo. Ng lo bautiza jobapalooza (juego con el festival musical Lollapalooza). El término que rechaza, jobpocalypse, combina job y apocalypse.
El año pasado, Dario Amodei, CEO de Anthropic, había dicho exactamente lo contrario: la IA va a eliminar la mitad de los empleos administrativos de nivel inicial en Estados Unidos en los próximos cinco años. Jim Farley, CEO de Ford, dijo algo parecido. La predicción se volvió titular global.
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Las dos predicciones se hicieron con meses de distancia. Las dos vienen de gente con credenciales irrefutables. Y las dos sirven a intereses económicos opuestos.
El debate público es ruido: la pelea real es por el precio
En el primer trimestre de 2026, las tecnológicas estadounidenses anunciaron 81.747 despidos, según The Kobeissi Letter, el número más alto desde 2024. Nikkei Asia, citando datos de la firma Challenger, reportó que el 47,9% de esos recortes fueron atribuidos a IA y automatización por las propias empresas. En marzo, por primera vez en la historia del registro de Challenger, “IA” pasó a ser la razón número uno citada en despidos en Estados Unidos.
Amazon eliminó 16.000 puestos corporativos. Oracle, entre 10.000 y 30.000. Meta, 8.000. Microsoft ofreció retiro voluntario a 8.750. Ese mismo trimestre, Amazon reportó un crecimiento de AWS del 24%, el más rápido en 13 trimestres. Salesforce había despedido 4.000 puestos de atención al cliente meses antes, y su CEO Marc Benioff lo resumió en una frase: “Necesito menos cabezas”.
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Sam Altman, CEO de OpenAI, dijo en la cumbre de IA de India en febrero que existe lo que él llama AI washing (algo así como “lavado con IA”): empresas que culpan a la IA por despidos que iban a hacer igual. Babak Hodjat, jefe de IA de Cognizant (una consultora global de tecnología), fue más directo en una entrevista con Nikkei: “La IA se vuelve el chivo expiatorio desde lo financiero, cuando una empresa contrató de más o quiere achicarse, y le echa la culpa a la IA”.
Eso es lo que Ng describe en su carta y nadie está disputando: las empresas tienen un incentivo fuerte para culpar a la IA. Es mejor mensaje al mercado decir “soy más productivo con menos gente” que admitir “contraté demasiado durante la pandemia, cuando el dinero estaba gratis”.
Lo que Ng no termina de decir: hay un segundo incentivo
Ng identifica tres motores de la narrativa apocalíptica. Los laboratorios de IA, dice, ganan al inflar el poder de su tecnología. Las empresas SaaS (Software as a Service, modelo de software empresarial vendido por suscripción mensual o anual por usuario) ganan al anclar precios a salarios y no a software tradicional. Las compañías ganan al disfrazar despidos pospandemia como decisiones técnicas. Tiene razón en los tres.
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Ng va más lejos. Compara la narrativa apocalíptica de la IA con tres pánicos previos que llevaron a malas decisiones colectivas durante décadas: el miedo a las plantas nucleares, que produjo subinversión en energía atómica; la teoría de la “bomba poblacional” de los años sesenta, que empujó a varios gobiernos a políticas duras de control de natalidad; y la guerra contra las grasas dietarias, que llevó a recomendar dietas altas en azúcar. Las narrativas infladas, dice, no son inocuas. Tiene razón también en eso.
Pero hay un detalle que no menciona y que importa. OpenAI cerró el 31 de marzo una ronda de financiamiento por USD 122.000 millones, con una valuación de USD 852.000 millones tras la operación. Anthropic, según un reporte de Financial Times del 7 de mayo, está evaluando una ronda de USD 50.000 millones a una valuación de USD 900.000 millones. Los ingresos anualizados de OpenAI rondan los USD 24.000 millones. Los de Anthropic, USD 45.000 millones según el mismo reporte. Las dos compañías cotizan, en términos privados, a más de 30 veces sus ingresos.
Para sostener esas valuaciones hay que vender la idea de que la IA no es software. Es mano de obra. Es lo que Ng describe en su propia carta: si un producto SaaS cobra entre USD 100 y USD 1.000 por usuario al año, pero una IA puede reemplazar a un empleado que gana USD 100.000, cobrar USD 10.000 empieza a sonar razonable. ChatGPT Enterprise cuesta unos USD 60 por usuario al mes según las rondas de venta filtradas. Microsoft Copilot, USD 30 mensuales por encima del costo de Microsoft 365.
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El precio depende de la narrativa. Si la IA es software, vale como software. Si la IA es empleado, vale como empleado.
La narrativa optimista también tiene dueño
Acá viene la parte en que la lectura ingenua se pierde. Decir ‘no habrá apocalipsis laboral’ tampoco es una posición neutral. Andrew Ng dirige DeepLearning.AI, AI Fund y AI Aspire, y lleva veinte años defendiendo que la IA crea empleo distinto. Su credibilidad, sus tres empresas y todo el ecosistema de formación en IA que ayudó a construir dependen de que eso sea cierto.
IBM, que dijo haber triplicado la contratación de puestos de nivel inicial en 2026, vende consultoría y servicios. Su propuesta comercial es la transición ordenada. La empresa que ofrece capacitación tiene tanto interés en moderar el pánico como el laboratorio que vende un agente tiene en estimularlo.
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El dato es que en Estados Unidos hay 275.000 puestos vinculados a IA abiertos en simultáneo con esos 81.747 despidos. La contratación de roles de IA subió un 92 % en 2026 con un premio salarial del 56 %. Eso es lo que Ng describe como su festival del empleo. Es real. También es real que los despedidos no son los que están siendo contratados.
Cada predicción tiene dueño
Hay una respuesta corta para quien no está adentro del mercado de la IA: ninguna de las dos narrativas se construye desde la neutralidad. Cada una sostiene intereses concretos: valuaciones, posicionamiento de empresas, autoridad pública de quien predice.
Mi lectura: las dos cosas ocurren a la vez. La IA está eliminando empleos y creando otros. Los 275.000 puestos de IA abiertos en Estados Unidos y los 81.747 despidos del trimestre son la misma transición vista desde dos veredas. La transición no se decide entre las posturas de Ng y Amodei. Se decide entre los trabajadores que entran a la nueva economía de la IA y los que quedan afuera.
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La pregunta no es si Andrew Ng tiene razón o si Dario Amodei la tiene. Los dos pueden tenerla a la vez. La pregunta útil es qué interés sostiene cada predicción cuando se hace pública. Hasta que no respondas eso, la noticia no terminó.