
Un ‘resort’ de lujo situado en Villajoyosa, en la provincia de Alicante, sirve como escenario principal para la última novela de Esther García Llovet, Las jefas, culminación de su Trilogía de los países del Este, tras Spanish Beauty y Los guapos, todas publicadas en Anagrama.
En cada una de ellas, la escritora se ha sumergido en la idiosincrasia de la Costa Blanca (de Benidorm a El Saler) para componer un crisol de historias que basculan entre relato ‘noir’ detectivesco, la ciencia ficción más psicodélica y, en este caso, una metáfora en torno al estancamiento de las clases privilegiadas.
La escritora ha querido reflejar en esta obra un microcosmos en el que conviven turistas adinerados sumidos en el aburrimiento y trabajadores que apenas pueden permitirse un alojamiento digno.
Perdidas en un ‘resort’ de Alicante
El punto de partida de la novela recrea la rutina de tres mujeres, Romana Romano y las hermanas Gran y Petit Navarro, instaladas en el complejo hotelero durante seis semanas en temporada baja. Durante ese tiempo, se dedican a actividades anodinas: partidas de cartas, baños en la piscina y degustación de cócteles. Frente a ellas está el Primo, un empleado polifacético condenado a soportar sus rarezas a cambio de un chantaje y una promesa remota.
Este escenario está diseñado para que el propio lector experimente la sensación de confinamiento y observación distorsionada, como si mirara todo a través de una mirilla ‘deformante’. Y es que todo lo que pasa ahí, no deja de generar extrañamiento y sensación de incomodidad latente. Es una de las especialidades de la autora, junto a la ironía.

El hotel, denominado Zen Gardens, se convierte así en una especie de “royal retreat”, un “luxury resort” mil veces idealizado (a lo The White Lotus), y el auténtico protagonista de la novela, ya que en él, el tiempo parece suspendido y, además en una ‘rara avis’ en ese espacio, en realidad como todos los proyectos megalómanos de la zona que nos llevan de Ciudad de la Luz a Terra Mítica, que se han convertido en símbolo de la decadencia del entorno.
El aburrimiento, elemento central en la dinámica de los personajes, se presenta tanto como síntoma de la opulencia como oportunidad creativa.
“Quería explorar qué pasaba cuando uno se queda quieto en un sitio, en este caso súper mega exclusivo en el que no hay nada que hacer y se encuentran en una especie de estado liminal, están pero no están. Por eso a veces a los ricos se les va la pinza, porque se aburren”, cuenta Esther Garcia Llovet a Infobae.

La novela contrapone esta languidez de los huéspedes del ‘resort’ (descritos como “pijos con mucho dinero”) con la precariedad e inseguridad vital de quienes mantienen en marcha la maquinaria del hotel. El Primo y otros empleados encarnan a una clase trabajadora abocada a la inestabilidad, compartiendo vivienda en condiciones precarias, mientras atienden a clientes que disfrutan de lujos a su alcance.
El origen de la novela: un guion para Hollywood
Las tensiones inherentes al modelo turístico actual se encuentran reflejadas en Las jefas mediante un retrato descarnado del desequilibrio entre quienes disfrutan del ocio y quienes lo hacen posible. El conflicto de clases queda así expuesto sin que medie una denuncia explícita, simplemente se muestra en la estructura misma de la ficción.
En este caso, la autora ha revelado que la novela surgió a partir de un guion archivado, tras haber estudiado Psicología Clínica y Dirección de Cine y considerar la escritura como un “plan B”.
“Las jefas, en realidad, surgió hace dos años y pico, durante la huelga de guionistas de Hollywood. Me llamó una directora de cine porque estaban buscando gente de fuera de los Estados Unidos. Yo nunca había escrito un piloto para una serie en mi vida y no les convenció. Pero parte de ese material me gustaba. Era sobre una mujer lobo que estaba en un hotel exótico y de ahí partió todo.”, continúa la escritora.
Estructura fragmentaria
“En este caso quería escribir algo menos narrativo, más fragmentario, que se percibiera casi como un estado de ánimo”, cuenta Esther Garcia Llovet. “Con menos trama y más tramoya”, continúa.
Fiel a su estilo, García Llovet ha optado en Las jefas por una prosa breve y capítulos cortos, con predominio del diálogo y la escena suelta. La ‘fragmentariedad’ responde no solo a una elección formal, sino al deseo expreso de que el lector participe activamente en la reconstrucción de las vidas que se sugieren en la narración.
“Me he cansado del tema de la estructura, de que todo sea lineal”, dice. Sin embargo, la autora siempre está experimentando con el lenguaje, innovando en la forma y en el estilo. “Es que si no, me aburriría”, contesta.
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