En 1847, un médico húngaro desafió la tradición médica en Viena y propuso un sencillo gesto de higiene que redujo drásticamente la mortalidad materna en el hospital general de la ciudad. Ignaz Semmelweis identificó que el lavado de manos con una solución de cloruro de cal podía salvar vidas, aunque la comunidad médica rechazó su descubrimiento durante décadas.
Al asumir el cargo de jefe de maternidad del principal hospital de Viena, Semmelweis advirtió un alarmante contraste. El hospital tenía dos salas de maternidad. En la primera, atendida por estudiantes de medicina, la tasa de mortalidad fluctuaba entre el 10 y el 40 por ciento. En la segunda, dirigida por matronas, descendía hasta alrededor del 3 por ciento. El contraste era escalofriante. Las propias mujeres lo sabían y suplicaban que las trasladaran a la sala de las matronas.
Durante aquella época las hipótesis se reducían a el clima, la postura durante el parto o la supuesta vergüenza entre las mujeres, pero para el médico húngaro ninguna de estas tenía fundamento. En su mente se empezó a desarrollar la teoría que le acabaría dando la razón.
PUBLICIDAD
El punto de inflexión que dio la razón a Semmelweis
El punto de inflexión se dio tras una tragedia personal: la muerte de un médico amigo de Semmelweis, Jakob Kolletschka. Este desarrolló una septicemia fulminante tras herirse un dedo con un bisturí mientras diseccionaba un cadáver. La autopsia reveló lesiones inquietantemente idénticas a las observadas en mujeres que sucumbieron a la fiebre puerperal.
La diferencia entre las dos salas de maternidad fue evidente: en la sala de alta mortalidad, los estudiantes pasaban de las salas de disección a las salas de parto sin lavarse las manos. Ante este hallazgo, la decisión de Semmelweis fue inmediata: ordenó que todo el personal se lavara las manos con una solución de cal clorada después de cada autopsia y antes de cada examen. El resultado fue inminente: la tasa de mortalidad se desplomó, pasando de una de cada cinco mujeres a aproximadamente un 2 por ciento.
No todo fueron apoyos
Sin embargo, el protocolo de lavado, que exigía varios minutos y causaba irritación cutánea, no solo resultó impopular, sino que tuvo que soportar la hostilidad de muchos de sus compañeros de trabajo. Sus hallazgos eran innegablemente claros, pero conllevaban una acusación insoportable: aceptar la responsabilidad de miles de muertes, a lo que se negaron rotundamente.
PUBLICIDAD
Décadas después, la ciencia finalmente reivindicó a Semmelweis. La investigación sobre microorganismos, en particular la que condujo a los descubrimientos de Louis Pasteur, reveló la existencia de gérmenes responsables de infecciones. Lo que el médico húngaro había intuido mediante la observación encontró entonces su justificación teórica. El lavado de manos se convirtió en una piedra angular de la medicina moderna.
Actualmente, el término “efecto Semmelweis” se ha incluido en el léxico científico habitual. Este se utiliza para describir la tendencia a rechazar una nueva verdad cuando contradice las creencias establecidas por gran parte de la sociedad. Un homenaje agridulce, pero un homenaje al fin y al cabo, al hombre que tenía razón contra todo pronóstico.
El caso de Semmelweis continúa generando debates sobre la aceptación del cambio científico. Sin embargo, ha evidenciado cómo una medida tan elemental como el lavado de manos, que tardó décadas en ser aceptada, obstaculizada más por el rechazo social y profesional que por la falta de pruebas, ha logrado salvar muchas vidas a lo largo de los años.
PUBLICIDAD