Los gigantes del océano, las ballenas, llevan décadas estando afectados por cuestiones relacionadas con la actividad humana: las colisiones con embarcaciones, los enredos con artes de pesca, la contaminación química y por plásticos, el ruido submarino generado por barcos o la exploración sísmica, el cambio climático... Sin embargo, fue la caza el factor que más impacto produjo en la situación de estos grandes mamíferos.
Durante el siglo XX, cientos de miles de ejemplares fueron capturados para obtener productos como su carne o el aceite de ballena, utilizado para iluminación, lubricante y cosmética. Con la prohibición de cazar estos animales en buena parte del mundo, varios estudios científicos publicados en los últimos años comienzan a observar que ciertas especies de ballena están aumentando sus poblaciones en algunas partes. Sin embargo, esta amenaza no ha desaparecido del todo para los cetáceos.
Tras dos años de pausa, este mes de junio Islandia ha reanudado la caza de ballenas, provocando una intensa polémica en el país y generando críticas y manifestaciones por parte de multitud de asociaciones ambientalistas. Se convierte así en uno de los tres únicos países del mundo que todavía cazan a estos grandes mamíferos, junto con Noruega e Islandia. En otras regiones del mundo, las comunidades indígenas todavía cazan ballenas, pero no con fines comerciales, sino que cuentan con cuotas de caza de subsistencia. Es el caso de los inuit en Canadá o Groenlandia.
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Varias de estas especies se encuentran catalogadas con alguno de los niveles de amenaza de la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). Es el caso del rorcual común o ballena de aleta (Balaenoptera physalus), el segundo animal más grande del planeta y una de las ballenas que se cazan en Islandia: está catalogado como “vulnerable”, lo que significa que enfrenta un elevado riesgo de extinción en estado silvestre.
Noruega, Islandia y Japón, donde pervive la industria ballenera
La caza comercial de ballenas está prohibida por la Comisión Ballenera Internacional (CBI) desde 1986 mediante una moratoria global. Sin embargo, Japón y Noruega continúan con esta práctica al margen del consenso internacional; Islandia abandonó la Comisión en 1992 y regresó en 2002 con una excepción a esta moratoria.
La organización benéfica mundial de protección animal Humane Society International señala que desde la reincorporación del país a la CBI y hasta 2024, Islandia mató a más de 1.500 ballenas.
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El parón de la industria ballenera en el país europeo ha durado dos años: en 2024, la ministra de Agricultura de Islandia, Bjarkey Olsen Gunnarsdóttir, no concedió el permiso hasta después de la fecha en la que debería haber empezado la temporada, por lo que finalmente decidió suspenderse. En 2025, la industria ballenera calculó que la temporada no saldría rentable, por lo que tampoco se retomó.
En 2026, concretamente en el mes de abril, Hanna Katrín Friðriksson, ministra de Industria y Comercio, anunció su intención de presentar un proyecto de ley para prohibir la caza comercial de ballenas en el país. Sin embargo, esta iniciativa aún no ha sido aprobada y llega tarde para evitar que este verano los barcos balleneros abandonasen el puerto en busca de estos grandes mamíferos.
Tampoco ha sido suficiente que el Instituto de Investigación Marina de Islandia haya recomendado como medida de precaución que se reduzcan en un 20 % las cuotas de ballenas cazadas, lo que implicaría no superar los 150 ejemplares de rorcual común y los 134 del rorcual aliblanco o ballena minke (Balaenoptera acutorostrata).
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Asociaciones piden acabar “con la matanza en el mar”
En 2023, un informe de la Autoridad Veterinaria y Alimentaria de Islandia reveló que el 41 % de las ballenas cazadas ese año tardaron en morir un promedio de 11,5 minutos, e incluso que algunas de ellas sobrevivieron hasta dos horas después de ser alcanzadas, además de que más de una cuarta parte requirió un segundo arpón.
“En las últimas décadas, Islandia ha matado más de un millar de rorcuales comunes. Además de las implicaciones para la conservación de la especie, distintos informes científicos y veterinarios han documentado el gran sufrimiento que pueden experimentar estos animales durante las cacerías, ya que en algunos casos la muerte no es inmediata tras el impacto del arpón explosivo", señalan desde la Fundación para el Asesoramiento y Acción en Defensa de los Animales (FAADA).
El bienestar animal no es el único argumento que están esgrimiendo las asociaciones animalistas y los detractores de esta reactivación: hoy en día, la carne de ballena no cuenta con la importancia económica que tuvo en los siglos anteriores, pues el consumo ha caído enormemente. De hecho, en Islandia, solamente entre un 1 y un 3 % de los islandeses afirma comer este producto regularmente; parte de la demanda procede de turistas que quieren probar un alimento “tradicional”, cuando verdaderamente la mayoría de los residentes rechaza su consumo.
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Mientras tanto, la observación de ballenas genera miles de millones de dólares anuales al año en todo el mundo. En Islandia supone un ingreso de cerca de 24 millones de euros para la economía local. “Islandia recibe aproximadamente 350.000 observadores de ballenas al año, lo que demuestra que las ballenas son mucho más valiosas para la economía islandesa vivas que muertas”, señala el Fondo Internacional para el Bienestar Animal (IFAW).
“Es tremendamente decepcionante que la ministra Gunnarsdóttir haya ignorado pruebas científicas inequívocas que demuestran la brutalidad y crueldad de la matanza comercial de ballenas y haya permitido que se sigan matando ballenas un año más”, denuncia Adam Peyman, director de programas de vida silvestre de la organización de protección animal Humane Society International.
“Dada la necesidad crítica de proteger a las ballenas, esto supone un rechazo a una oportunidad única en una generación para acabar con la matanza en el mar”, explica Peyman. “Se ha escrito una nueva entrada vergonzosa en la historia de la conservación: Islandia tuvo la oportunidad de hacer lo correcto y eligió no hacerlo”.
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