Jon Sistiaga ha presentado en ‘La Revuelta’ el documental Netflix sobre Miguel Ángel Blanco y ha situado una de sus novedades en la participación de Felipe VI, que interviene por primera vez en una producción de este tipo casi 29 años después del secuestro y asesinato del concejal de Ermua a manos de ETA, un crimen que el periodista considera decisivo para entender el cambio social frente a la banda.
La serie documental, titulada Miguel Ángel Blanco: las 48 horas que lo cambiaron todo, se estrenará el 10 de julio y reconstruye lo ocurrido entre el 10 y el 12 de julio de 1997. Jon Sistiaga la codirige con Juanjo López con el objetivo de acercar aquellos hechos a generaciones jóvenes que apenas conocen qué ocurrió.
Una de las grandes sorpresas del proyecto es el testimonio del rey. Sistiaga ha explicado que el jefe del Estado “nunca ha hablado en un documental” y ha precisado que lo recogido no responde del todo al formato clásico de entrevista, sino a un testimonio en primera persona.
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El periodista ha vinculado esa presencia a un hilo narrativo concreto: los 29 años que tenía Miguel Ángel Blanco cuando fue secuestrado, la misma edad que tenía él al cubrir aquellos hechos y también la que tenía entonces quien hoy es Felipe VI.
El periodismo frente al olvido y la transformación de la cobertura bélica
Sistiaga ha definido la intervención del monarca como una de las “dos novedades muy gordas” del documental. La otra es que la producción aborda “todo lo que se hizo por salvarle la vida” y sostiene que, aunque oficialmente el Gobierno de José María Aznar mantuvo que no negoció con ETA ni cedió al chantaje, “sí hubo intentos”.
En la conversación televisiva, el reportero ha contado que todo empezó con una pregunta directa: “Majestad, ¿te acuerdas de lo de Miguel Ángel Blanco?”. A partir de ahí Felipe VI arrancó con un “Buf, madre mía” y se trasladó a aquel momento en el que todavía era príncipe de Asturias.
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El documental recoge el recuerdo de aquel que el propio rey identifica como su primer gran acto grabado en la memoria. Ya había asistido a funerales y actos institucionales, pero no a uno tan cercano “al sufrimiento” y “al dolor”.
Sistiaga ha añadido que el entonces príncipe acudió al funeral porque existía temor a un nuevo atentado y “no podía ir el rey”. También ha asegurado que Felipe VI conserva una relación estrecha con las víctimas del terrorismo y que su primer acto como rey fue una reunión con ese colectivo.
El monarca recuerda “ese ambiente abrumador, ese cementerio y ese entierro”. El periodista ha insistido en que quería estar en el documental porque lleva esa cuestión “muy dentro”. La estancia del equipo en el Palacio de la Zarzuela ha dejado además una de las anécdotas más comentadas de la entrevista. El periodista ha dicho que les trataron “estupendamente, como si estuviéramos en casa”.
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En ese mismo relato ha destacado el papel de la reina Letizia, a la que vio “más como periodista que como reina”. Según su descripción, actuó como anfitriona, se implicó en la grabación y se acercó a los realizadores con curiosidad por el trabajo técnico.
La otra escena que ha detallado fue la aparición anticipada del rey en su despacho. Sistiaga ha contado que Felipe VI se presentó “dos horas antes” de la entrevista, cuando el equipo todavía estaba montando cables, focos, cámaras y trípodes. La situación derivó en una conversación breve. El periodista le dijo: “Oye, Majestad, pero esto es a las doce”, y, según su relato, el rey respondió: “Es que tengo que trabajar”.
El reportero ha añadido que, en vez de pedir que desalojaran la estancia, Felipe VI les preguntó: “Oye, ¿no os importa que me quede ahí trabajando, que no hago ruido?”. Durante ese tiempo, siempre según la versión del periodista, permaneció en su mesa revisando documentación hasta que la grabación estuvo lista.
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El reto de informar y la memoria perdida
La visita a La Revuelta también sirvió para ampliar el foco más allá del documental. Sistiaga cargó contra los creadores de contenido que se desplazan a escenarios bélicos y afirmó: “No les consideramos periodistas, son turistas bélicos”, porque en muchos casos buscan “seguidores, más clics y más dinero”.
En esa misma intervención sostuvo que “el tiempo de los reporteros ya ha acabado” porque hoy las imágenes llegan por drones, cámaras personales o vídeos grabados por combatientes, aunque defendió que sigue siendo imprescindible contextualizar y verificar la información.
El periodista recordó una cobertura en Irak junto a José Couso, cuando detectaron que unos supuestos heridos mostrados por el régimen de Sadam Hussein se vestían de nuevo como soldados al darse la vuelta el equipo. Para burlar la censura, explicó que emborracharon a un intermediario con una botella de whisky y superpusieron su voz sobre las imágenes para dejar claro que “era todo mentira”.
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El programa también recuperó episodios extremos de su carrera. Sistiaga relató que estuvo retenido durante seis días en Serbia, donde se comió papeles con números de teléfono y atribuyó parte de la mediación para su liberación a “la diplomacia del fútbol”, con la intervención de Radomir Antić y Pedja Mijatović.
Al volver a España, quiso cobrar como horas extra la semana que había pasado secuestrado mientras trabajaba para Telecinco, pero “no me pagaron”. El propio periodista remató esa historia en el programa con una frase corta: “Ahí se quedó”.
Sobre Miguel Ángel Blanco, Sistiaga ha insistido en que aquel asesinato marcó un antes y un después. Además, defendió que “se perdió el miedo a oponerse, y su entorno perdió las calles”, y que ahí empezó a gestarse el final de ETA, aunque la disolución de la banda tardó 15 años más en llegar.
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El periodista, nacido en Irún, recordó además que durante aquellas jornadas de julio de 1997 se movió por la zona entre Lasarte, Hernani y Andoain convencido de que detrás del secuestro estaba el Comando Donosti. Según ha contado, se quedó a 5 kilómetros de donde mataron a Miguel Ángel Blanco.
En esa reflexión final sobre memoria y transmisión, sostuvo que el 60 % de los jóvenes no sabe qué era ETA ni quién fue Miguel Ángel Blanco. A su juicio, ese desconocimiento responde a “un fallo del sistema educativo, de la democracia y de los padres”, y en Euskadi existe “una dulce amnesia colectiva”.