LGTBI+ es sinónimo de diversidad, pero las vivencias de muchas personas del colectivo coinciden a pesar del paso del tiempo. Y es que, ¿hasta cuándo deberán seguir conquistando sus propios espacios? Esta comunidad no aúna únicamente orientaciones sexuales, sino también la identidad de género, una realidad que a menudo sufre intentos de expulsión y borrado. Sin embargo, solo hace falta echar la vista atrás para recordar que las mujeres trans fueron las primeras en tirar la primera piedra por los derechos de todos en Stonewall. Bajo esta premisa, la búsqueda de la felicidad dentro de una identidad no normativa es una historia colectiva que merece ser contada.
Ante este escenario, seis personas LGTBI+ han compartido sus historias con Infobae para poner rostro a una realidad tan diversa como común. Por lo general, el primer contacto con la propia identidad suele llegar envuelto en la incertidumbre, pero las herramientas para gestionarlo cambian según el año en el que te toque vivir. Para muchos jóvenes criados en la era digital, los referentes están a un solo clic de distancia, mientras que para las generaciones previas, el descubrimiento estuvo marcado por el vacío informativo y la soledad.
Vanesa, una mujer vallisoletana de 49 años, recuerda cuando tenía 18 y vivía en Madrid: “Me sentía muy perdida. Llamé a lo que antes era el Teléfono de la Esperanza para pedir información, me dijeron la palabra ‘Chueca’, me sonó rarísimo y ahí lo dejé”. Tras años de autodescubrimiento, ha optado por simplificar su realidad frente a los prejuicios: “Yo he tomado la decisión de decir: soy bollera, ¿y qué?”.
PUBLICIDAD
Una desconexión juvenil que comparte Miguel, de 51 años, nacido en un pueblo de Palencia. Aunque su aceptación interna fue inmediata desde que a los 15 años se lo confesó a una amiga, su adolescencia estuvo marcada por el aislamiento: “De los 13 a los 17 años fue durísimo; a mi alrededor no había información”. Esa presión lo empujó a refugiarse en Barcelona. “Salir del armario fue complicado, pero el apoyo de las mujeres fue mi pilar; ellas son mucho más empáticas y tolerantes que los chicos”, subraya.
En el extremo opuesto, Atlas, un vallisoletano de 24 años y residente en Irlanda, no tardó tanto en entender su orientación sexual como lesbiana, pero el género supuso su propio laberinto: “Con 11 años ya sabía que me gustaban las chicas, pero siempre sentí que no cuadraba como mujer ni como hombre”. A los 20 años, un proceso de introspección le dio las respuestas: “Descubrí la identidad butch y el género no binario. Ahí me empezó a cuadrar”.
Por otro lado, Ana, una jerezana de 25 años que reside en Madrid, recuerda la complicación de confrontar su bisexualidad a los 16 años en su entorno natal: “Mis padres se lo tomaron mal. Me dijeron que era una fase, que estaba confundida por las hormonas. Me cerré en banda pensando que estaba loca”. Su punto de inflexión fue la universidad, un espacio seguro donde descubrió que “había más gente igual y que seguían con sus vidas”. Hoy, afortunadamente, sus padres lo aceptan sin problemas.
PUBLICIDAD
Como dice el refrán, nunca es tarde si la dicha es buena. Este es el caso de Claudia, de 32 años, natural de un pueblo de Toledo y afincada en Madrid por motivos laborales. No pudo ponerle nombre a lo que sentía hasta enero de 2025, con 31 años, cuando se reconoció como mujer trans y vivió su transición social a contrarreloj. “Cuando lo descubres, es como un tren que te arrolla; no puedes pararlo. Luchas contra la vida porque dices: ‘Esto no es vida’”, confiesa Claudia, quien además reivindica su bisexualidad como otra capa de su identidad.
El recorrido fue distinto para Allan, activista de 28 años natural de Benidorm (Alicante). Su autodescubrimiento llegó a los 12 años en Terra Mítica tras oír una frase ajena: “Es una chica, pero quiere ser un chico”. En ese instante, recuerda, “algo hizo clic”. Tras una adolescencia buscando información, inició su transición a los 18, edad en la que su historia dio otro giro al descubrir que era gay: “Se da por hecho que los chicos trans tenemos que ser hetero por haber transicionado. Las personas trans podemos tener diferentes orientaciones sexuales”.
“Me encuentro con la misma mentalidad que antes”
Visibilizarse implica exponerse al juicio público. Para Claudia, ser percibida como mujer supuso chocar con un machismo antes ajeno: “El acoso en la calle ha aumentado este año”. Por su parte, Allan combate el odio digital distanciándose de las pantallas: “Hay mucho discurso de odio en redes sociales”. El benidormense, además, empatiza con Claudia y reconoce los distintos niveles de vulnerabilidad: aunque él “pasa más desapercibido”, “una mujer trans lo tiene muchísimo más complicado socialmente, laboralmente y en todos los ámbitos”.
PUBLICIDAD
Esta hostilidad la conocen de cerca Miguel y Vanesa tras décadas de vivencias en Castilla y León. Él recuerda la discriminación explícita de sus años universitarios: “Trabajaba poniendo copas y un cliente me dijo: ‘Maricón, ponme una copa’”. Al irse a Valladolid tras vivir 23 años en Barcelona, denuncia haberse topado de bruces con un retroceso: “Me encuentro la misma mentalidad de antes. Veo a muchísimos chicos gais metidos en armarios, casados con mujeres, o gente que no quiere que te vean con ellos por la calle”.
Por su parte, Vanesa rememora cuando trabajaba en un local LGTBI+: “Pasaron unos chavales en coche, nos tiraron los cubatas que llevaban y casi le abren la cabeza a uno mientras nos insultaban”. Ante este tipo de agresiones, la vallisoletana reivindica la dignidad del colectivo frente a la estigmatización: “Somos personas, no bichos raros, ni contagiamos a nadie”. Al igual que Miguel, Vanesa pone el foco en la hipocresía social que impera en la ciudad: “Hay muchísimos hombres de derechas que están en contra del colectivo, pero luego van a los bares de ambiente”.
La discriminación también llega al entorno institucional en el caso de las identidades no normativas. Atlas denuncia los muros del sistema sanitario para las personas que se salen del binarismo: “Tuve que mentir a mis médicos diciendo que soy un hombre trans para que me dieran el tratamiento de testosterona que yo quería”. Además, el joven lanza una seria advertencia sobre la transfobia dentro del colectivo: “A los homófobos les da igual que seas ‘uno de los normales’. Si consiguen quitarnos derechos a las personas trans, dentro de unos años irán a por los gais cis”.
PUBLICIDAD
¿Manifestación o desfile? Unanimidad contra la “fiesta”
Si hay un punto de inflexión en el que las diferencias de edad, género y procedencia se diluyen por completo, es en la percepción del Día del Orgullo. Lejos de defender el modelo de ocio masificado en el que se ha convertido la fecha, las voces coinciden de manera casi unánime en un diagnóstico severo: la reivindicación se está ahogando en el formato de un macrobotellón comercial.
Vanesa justifica su ausencia de las convocatorias actuales criticando lo que define como una pérdida de memoria histórica: “Han cambiado la manifestación por el desfile. El Orgullo ahora es un circo para dar dinero a los bares y empresas. Debería ser una protesta seria y sobria para exigir derechos, no para hacer el tonto”. Una postura que secunda Atlas: “A día de hoy, el Orgullo se ha vuelto algo muy performativo. Solo interesa la fiesta y poco más, cuando desde el primer momento fue una protesta y una reivindicación”.
Por su parte, Ana comparte este desencanto y reclama una vuelta a las raíces de la concienciación social: “No me gusta que sea tanta fiesta, porque la gente piensa en un botellón. Está bien que sea una celebración, pero hay que darle una vuelta a cómo hacemos que nos vean los demás”. Frente a este escepticismo, marchar por primera vez tras su transición supuso una gran liberación para Claudia: “Me metí dentro y desfilé. Me sentí muy bien. Además, sirve para dar visibilidad”.
PUBLICIDAD
Una ocupación del espacio público que Allan, desde su experiencia en el activismo, defiende como una conquista política en sí misma: “Miro a mi alrededor y veo a la gente feliz y libre, cuando hace no tanto era perseguida, torturada y encerrada en cárceles. Es alegría por los derechos conseguidos, pero sabiendo que se tarda mucho en ganar y es muy fácil perderlos”.
Miguel secunda esta visión y defiende la marcha como un escudo político frente a la reacción conservadora: “Empezó hace 50 años como algo puramente reivindicativo al salir de una dictadura. Es cierto que se ha transformado en una celebración del ‘soy así y lo festejo’, pero creo que es fundamental en estos momentos”, argumenta. Para él, ocupar la calle sigue siendo una herramienta imprescindible de resistencia: “Mientras sigan jugando con nuestros derechos o sigan dándose agresiones físicas y verbales, salir a manifestarse es obligatorio”.
“Preocúpate por el calentamiento global, no por con quién me acuesto”
El viaje hacia la aceptación no se detiene al cruzar la puerta de casa. Miguel pone el foco sobre una mochila invisible que arrastran de por vida: el desgaste de la explicación permanente. “Siempre estamos saliendo del armario. Mucha gente da por supuesto que llevas una vida normativa y tienes que estar aclarando constantemente: ‘No, yo no estoy con una chica, estoy con un chico’. Es agotador tener que estar justificándote ante la sociedad”, asegura.
PUBLICIDAD
Frente a esto, Ana se muestra tajante: “Me parece arcaico que haya gente en contra. Existimos y punto. Preocúpate por el calentamiento global, no por con quién me acuesto”. Su meta es la desaparición de las etiquetas: “Ojalá lleguemos al punto donde no haga falta confirmar nada, porque los heterosexuales no tienen que hacerlo”. Un horizonte que Allan comparte al defender que el fin último del progreso social debe ser la abolición total del concepto ‘salir del armario’.
Al mirar a las nuevas generaciones que hoy empiezan a cuestionar quiénes son, los consejos de los perfiles más veteranos huyen de la pasividad e instan a la valentía frente al retroceso social provocado por la ultraderecha. Miguel lanza una advertencia: “Creo que hemos avanzado muy poco. Muchos eligen la opción fácil de no luchar, de no mojarse ni implicarse, pero tal y como está yendo la deriva política en España, es necesario que salgamos a la calle y vivamos sin ocultarnos. Ocultar quién eres no te da la calma ni la tranquilidad; hay que amar en libertad”.
Sin embargo, frente a la batalla, la resistencia también se libra en lo personal a través de la autoaceptación y la experiencia compartida. Para quienes están empezando el camino, Atlas recuerda que “como la gente va a criticar siempre, lo único que importa es estar contento contigo mismo y ser feliz”. A este refugio se suma Ana con un mensaje de calma y cordura: “Que se relajen, porque no son los únicos ni están locos”. Al final, el camino hacia la libertad identitaria consiste, sencillamente, en sacudirse los miedos ajenos para habitar el presente, tal y como aconseja Vanesa al invitar a las nuevas generaciones a no pensarlo tanto y “dejarse llevar” bajo una sentencia rotunda: “Vive. Solo vive”.
PUBLICIDAD