Día a día, dentro de las consultas destinadas a la salud mental, se pueden desarrollar diferentes técnicas para poder dotar de herramientas a los pacientes. La reestructuración cognitiva, inspirada en el diálogo socrático; el entrenamiento asertivo para gestionar las relaciones interpersonales o la coloquialmente conocida como ‘terapia de choque’ son solo tres métodos dentro de una larga lista entre la que se mueven los expertos. No obstante, en los últimos años se está desarrollando un sistema que, aunque ahora es poco conocido en España, está creando un debate entre los profesionales: el uso de la inteligencia artificial como supervisor dentro de una consulta.
Daniel de la Fuente Tambo y Manuel Armayones Ruiz de la Universitat Oberta de Catalunya ya adelantaron en un estudio que su adopción “va en aumento y que puede ofrecer a las y los profesionales un complemento útil”. Si bien los autores del estudio concluyeron que las nuevas herramientas de IA podrían ayudar con “tareas administrativas o repetitivas y permitiéndoles centrarse en aspectos más complejos de la terapia”, lo cierto es que también vieron limitaciones. Ahora, dos años después, la pregunta sigue causando división.
Por un lado, Nacho de Ramón, profesor del Experto en Psicología Digital del Instituto Superior de Estudios Psicológicos (ISEP) y CEO de Sincrolab, sostiene que “este estudio fue interesante en 2024, pero todo ha cambiado en 2026. De hecho, en aquel estudio la App mejor valorada de las Apps Woebot, ya no existe”, explica para Infobae. Mientras que, por otro lado, María del Mar Nó, psicóloga general sanitaria, advierte sobre los peligros éticos, la vulneración de la privacidad y el riesgo de iatrogenia (daño al paciente) al confiar procesos terapéuticos a algoritmos carentes de humanidad y de una evidencia científica sólida.
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¿Es posible delegar realmente los problemas de salud mental a una inteligencia artificial?
Desde que herramientas como ChatGPT, Gemini o Claude salieron al mercado, el número de personas que las usan activamente no ha parado de incrementar. Tanto, que, como explica la experta Nó para Infobae, “no es extraño ver a psicólogas hacer uso de ella como ayuda administrativa en tareas de facturación, citas, gestión de agenda o transcripciones de sesiones”. Pero la psicóloga remarca que a nivel nacional no se ha avanzado tanto como en otros países como Reino Unido o Estados Unidos, donde se ha generalizado más “el uso de programas basados en IA para ir un paso más allá y cumplir funciones de terapeuta y supervisores (hacer análisis, proponer intervenciones, interactuar con el usuario, ayudar a terapeutas noveles con sus intervenciones)”, detalla.
Y aunque el CEO de Sincrolab coincide con esta información y asegura que “todavía no tenemos clara la dirección” que está tomando la IA, lo cierto es que “ha abierto una caja de oportunidades bestiales y de riesgos también que todavía estamos lejos de calibrar”. Aun así, Nacho de Ramón argumenta que los profesionales clínicos “no dan abasto” y, a menudo, no disponen de tiempo para aplicar correctamente sus intervenciones; por lo que “debemos delegar tareas para enfocar nuestros esfuerzos en lo más importante, el paciente y su problemática”.
De este modo expone que “estamos usando escribas que toman notas y redactan notas como Tandem, gestores administrativos como Eholo o Luara y también gestión del seguimiento de pacientes como Healmind, Medeamind o Sincrolab”, enumera. No obstante, el experto incide en que cualquier tecnología que ayude en la toma de decisiones clínicas es, a nivel jurídico, un producto sanitario y debe contar obligatoriamente con un marcado CE bajo la normativa europea (MDR) y la Ley de Inteligencia Artificial de la UE. Por lo que, para el profesor del ISEP lo importante sería “extender la necesidad de un estándar de calidad, evidencia, regulación que hasta ahora no se han exigido”.
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Por su parte, María del Mar ve un grave peligro en usar la tecnología como ayudante clínico o supervisor. Alerta de que los psicólogos podrían comenzar a perder habilidades de un valor incalculable, como la conceptualización de casos, la generación de hipótesis y la adaptación individualizada de las técnicas. Además, subraya que “diversos estudios han demostrado que el feedback aportado por la IA es más benevolente y complaciente con los terapeutas de lo que lo es el feedback aportado por supervisores humanos”.
Esto, bajo su punto de vista, genera una falsa sensación de buena ejecución y puede derivar en la impresión de que el psicólogo “no necesita revisarse ni seguir formándose”. Así, pese a que muchas clínicas ya están empleando su uso a nivel administrativo y agilizan el trabajo, Nó aclara que “aún estamos en una fase de ‘hype tecnológico’”. Algo que califica como una “suerte”, pues “a su vez presentan problemáticas tanto éticas como técnicas en su aplicación en el contexto sanitario, pudiendo comprometer la eficacia de la terapia, así como los datos sensibles de los usuarios que acuden a ella”, sostiene.
El vínculo terapéutico a prueba de algoritmos
La inteligencia artificial todavía no ha traspasado todas las fronteras en la consulta, pero su llegada es inminente y las dudas sobre las consecuencias en el vínculo terapéutico también han aparecido. Muchos pacientes han manifestado en reiteradas ocasiones la importancia que tiene mantener una conexión y comodidad con su psicólogo. Además, el lenguaje corporal, los silencios y la empatía que pueda observar y sentir el profesional también dependen de este vínculo. Pero ¿qué pasa cuando introducimos una IA en este escenario?
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María del Mar Nó advierte que la herramienta se presenta como “el terapeuta más cómodo que se puede tener, porque rara vez te va a llevar la contraria ni a cuestionar”. Además, “una IA nunca va a pedirte que dejes de hablar; hacen que problemas conductuales como la rumia, la ansiedad, los delirios y alucinaciones, entre otros muchos, no solo no se resuelvan con el uso de la IA, sino que, con el paso del tiempo, empeoren”, determina. Esto provocaría a su vez un debilitamiento directo del vínculo humano, ya que el usuario, guiado por un claro sesgo de confirmación, tiende a validar sus ideas erróneas mediante la IA, lo que puede tener “como consecuencia, en muchas ocasiones, un empeoramiento del motivo de consulta en lugar de mejoría”. Algo que podría ocurrir con “una conversación mal planteada”, ya que “puede empeorar un problema y reforzar patrones que queremos eliminar en lugar de ser de ayuda”.
Nacho de Ramón considera que el lenguaje corporal y los silencios son variables importantes, pero “las hemos ido integrando con la tecnología. La telepsicología se ha convertido en un medio de atención casi por encima del presencial. Y ahí no se maneja todo el lenguaje corporal”, recuerda. Las personas que recurren a estas técnicas, por tanto, ”manejan otras variables: entorno, seguridad, comodidad…“. De este modo, el profesor del ISEP “no fiaría todo al vínculo”, pues señala que “en todo el ciclo formativo universitario de un psicólogo clínico el porcentaje de tiempo dedicado al entrenamiento del vínculo terapéutico es bajo”.
Aun así, Nacho de Ramón argumenta que si ya existen casos reportados de dependencia, intenciones autolíticas o la denominada “psicosis inducida por IA”, eso demuestra empíricamente que la máquina “ha conseguido de manera patológica vincularse de manera extrema con un usuario”. Por tanto, el directivo del ISEP va más allá y advierte firmemente que “ha llegado el momento de actuar antes de que la IA descubra la manera de vincularse con nosotros mejor que nosotros mismos”. Pero también matiza que “un usuario es responsable de su propia conducta, pero un profesional es totalmente distinto. La diferencia con el uso profesional es enorme, sobre todo en términos de responsabilidad”.
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Ambos profesionales coinciden en que la privacidad y los dilemas éticos representan un desafío gigantesco, aunque abordan las posibles soluciones desde perspectivas distintas. Además de la posible pérdida de habilidades de los profesionales, las propuestas de intervenciones erróneas, la sensación de omnisciencia, las intervenciones iatrogénicas o la dependencia ya mencionadas, la experta señala un sexto riesgo: “Potenciales filtraciones de datos”. De hecho, recuerda como ejemplo que ha tenido lugar este mismo año: “Una de las mayores plataformas españolas de facturación y gestión de agenda sufrió un ciberataque que dio acceso a muchos datos personales de clientes de los más de 10.000 psicólogos que usan la plataforma”.
Un argumento con el que coincide con De Ramón, ya que afirma que “la protección de datos de salud en estos modelos fundacionales generalistas no está garantizada”, en referencia al uso de aplicaciones como OpenAi, Google, Anthropic. “No los diseñaron para esto”, remarca. Por este motivo, “ningún profesional debería usar un modelo general para nada que pueda ayudarle en la toma de decisiones clínicas, de cualquier tipo”. Al final, “todo sanitario hace un juramento cuya primera parte es no hacer mal. Sin embargo, es complicado exigir un juramento hipocrático a una empresa que no tiene la intención de realizar un servicio clínico”, subraya. En definitiva, el CEO DE Sincrolab sostiene que el único camino viable para dar paso a la IA en una consulta reside en cumplir rigurosamente con la legislación y en la exigente formación que la AI Act europea impone a todos los profesionales sanitarios.
¿Estamos realmente preparados para este salto?
Tras conocer los ‘pros’ y ‘contras’ de esta modalidad, los dos expertos dibujan las dos grandes reacciones que atraviesa esta disciplina. María del Mar Nó lo tiene claro: “Ni estamos preparados ni deberíamos querer estarlo”, expone. Por lo menos, la profesional mantendrá esta posición “hasta que se desarrollen y salgan al mercado herramientas con evidencia científica, si pretendemos evitar que se ponga en riesgo la calidad de las intervenciones terapéuticas”. Aunque la psicóloga general sanitaria ha observado que “en España existen herramientas que afirman poder tener en cuenta todo esto y ser de ayuda para el terapeuta”, la realidad deja mucho que desear según su opinión: “Al ser herramientas relativamente nuevas, no ha habido tiempo para demostrar su eficacia antes de que salgan al mercado“, sostiene.
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Además, María del Mar expresa que la motivación de un terapeuta para elegir este modelo de trabajo “suele depender más del marketing y las afirmaciones de la propia marca que las desarrolla y del boca a boca que de la evidencia científica”. Por este motivo, concluye que si hay algo que define a la IA “es la contundencia con la que da respuesta a las preguntas que hacemos, que puede hacer que aceptemos como cierta información que no lo es”. Por su lado, Nacho de Ramón proyecta una mirada más ambiciosa: “Tenemos los métodos, la regulación, los principios, y se están construyendo los estándares [...] Las posibilidades de uso de la IA para el beneficio de los pacientes son inimaginables, pero si no lo hacemos correctamente, será un fracaso”, explica.
De hecho, el psicólogo asegura que “el profesor de Psiquiatría de Harvard, John Torous y su equipo están creando estos nuevos modelos de calidad”. Para su proyecto se tienen en cuenta dos ejes principales: el perfil del paciente (“cómo se comporta en general”) y el rendimiento se la herramienta (“qué tan buenas son sus respuestas y su razonamiento”). Estas dos variables permiten al equipo evaluar “sistemáticamente los modelos que las grandes empresas tecnológicas lanzan al mercado”.
Ante la preparación, el profesor del ISEP advierte que “no debemos perder esta oportunidad única en la historia para comprender el funcionamiento de nuestra mente y nuestro cerebro”. Aun así, confía en que hay grandes esfuerzos puestos en esto y estas empresas “han comprendido que deben corregir sus modelos para que no hagan un mal al usuario, lo deriven, pongan guardarraíles, números de atención, etc…”. En resumen, el camino hacia este escenario todavía no se ha consolidado: “Queda mucho”.
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