‘País en ruinas’, un ensayo para reconstruir la Guerra Civil y el franquismo desde la arqueología: “La España de los años 40 era indistinguible de un país del tercer mundo”

Alfredo González Ruibal narra la vida de los españoles que vivieron los años más oscuros del siglo XX a partir de excavaciones arqueológicas plagadas de botellas de alcohol y recuerdos de la miseria

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El arqueólogo Alfredo González Ruibal junto a una imagen de dos niños en una casa cueva de Málaga en 1952. (Montaje)

“Cuando uno empieza a escarbar, lo que probablemente vaya a encontrar son estos aspectos más negativos, más sórdidos de la historia que intentamos evitar o que no nos suelen contar. El pasado es así y este desenterramiento de historias incómodas sucede cuando lo hacemos los arqueólogos, pero puede suceder en cualquier casa, en cualquier familia”. Lo vivió en sus propias carnes Alfredo González Ruibal, arqueólogo y científico del CSIC, que habla de la España que quedó bajo tierra tras la Guerra Civil y la dictadura, pero también de cómo vivió su familia durante los años más oscuros del siglo XX en España.

El Premio Nacional de Ensayo por Tierra arrasada, publica ahora País en ruinas (Crítica, 2026), una obra que narra, a partir de elementos encontrados en las excavaciones arqueológicas, cómo fue la vida de los soldados en las últimas trincheras de la Guerra Civil, las experiencias de los presos en campos de concentración y los últimos momentos de las personas asesinadas por la dictadura.

-Pregunta: ¿Por qué decidió escribir este libro?

-Respuesta: El libro es parte del final de una investigación muy larga que empezó hace 20 años. Es cuando documenté por primera vez arqueológicamente un resto del franquismo, un campo de trabajos forzados en las afueras de Madrid. Y esto es ya el cierre de esa investigación de 20 años. Naturalmente, he escrito artículos y libros académicos sobre este tema, pero como va más allá de lo puramente académico, decidí escribir un libro que pudiera ser leído por gente que no son ni historiadores ni arqueólogos, ni tienen por qué estar al corriente de todos los detalles de esta historia. Quería que llegara a un público más amplio.

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-P: Pero cuenta que también fue una forma de descubrir su propia historia familiar.

-R: Sí, fui descubriendo cosas de mi familia. Yo he de reconocer que a mí la Guerra Civil y la dictadura nunca me habían interesado lo más mínimo, ni siquiera cuando estaba estudiando la carrera de Historia. Tenía como cierto rechazo. Me parecía que es la típica historia de la que uno está saturado, porque está un poco en todas partes. Y, casualmente, he acabado dedicando mi carrera investigadora a ello. Y tiene sentido, porque creo que muchas personas descubrimos al mismo tiempo que realmente no conocíamos ni la Guerra Civil ni la dictadura, que la conocíamos de forma muy superficial y que había historias ahí que nadie nos había contado y que eran tremendas. Una de las cosas que descubrí, y que no pensaba que descubriría, es que algunas de esas historias tremendas tenían que ver con mi propia familia, y no porque estuviera en el lado correcto de la historia, precisamente. Hago un paralelismo entre el proceso arqueológico y este proceso de memoria, porque una de las cosas de las que nos acusan siempre a los arqueólogos es que estamos desenterrando la historia, descubriendo cosas desagradables, incómodas. El pasado es así y este desenterramiento de historias incómodas sucede cuando lo hacemos los arqueólogos, pero puede suceder en cualquier caso, en cualquier casa, en cualquier familia.

-P: ¿Qué tipo de historias ha ido descubriendo en todos estos años?

-R: Por definición, una guerra y una dictadura son horribles. Entonces, en cuanto uno empieza a escarbar, lo que probablemente vaya a encontrar son estos aspectos más negativos, más sórdidos de la historia que intentamos evitar o que no nos suelen contar.

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El arqueólogo Alfredo González Ruibal. (Cedida)

-P: Yo con su libro he descubierto que, en esta época de escasez absoluta que fue la contienda, abundaba el alcohol en los lugares más inesperados.

-R: Cuando uno piensa en la guerra, piensa fundamentalmente en las batallas, en los aspectos bélicos. Y de lo que no nos damos cuenta es hasta qué punto esos esfuerzos se basaban, entre otras cosas, en tener a la tropa drogada, con drogas legales, como el alcohol, pero drogas al fin y al cabo. Vivir o sobrevivir en una guerra es dificilísimo físicamente, pero también psicológicamente. Y el alcohol ahí desempeñaba un papel clave. Esto es algo que arqueológicamente se ve muy bien, porque cuando uno visita un campo de batalla, un espacio militar relacionado con la guerra, lo primero que se encuentra son cantidades industriales de botellas de bebidas alcohólicas. Y además, no de cualquier tipo. Normalmente son bebidas que tienen una graduación alta o media-alta. Bebían vinos dulces, que tienen más graduación: coñac, aguardientes, etcétera. Es decir, los que tenían mayor efecto psicotrópico. A la hora de lanzarte a luchar contra el enemigo, necesitabas estar con un espíritu elevado.

-P: También trata los detalles que marcaron la posguerra. ¿Qué se encuentra excavando en la vida de los españoles en la posguerra y los primeros años de la dictadura?

-R: España avanzó tanto económicamente, socialmente y políticamente en los últimos 50 años que nos hemos olvidado de dónde venimos. La España de los años 40 hasta los años 60 era indistinguible de lo que sería un país en vías de desarrollo o un país del tercer mundo. Desde todos los indicadores imaginables: la renta per cápita, salud, esperanza de vida, etcétera. Esa situación catastrófica del país no era parte de la historia natural de España, sino que había sido provocada, primero por la guerra, pero sobre todo por una dictadura que gestionó horriblemente mal la posguerra. Esto significa que, durante 20 o 30 años, en España la gente vivía en condiciones absolutamente miserables. No solo poblaciones que habían estado estructuralmente marginadas, sino mucha gente que antes de la guerra había vivido en casas dignas con electricidad, agua corriente y teléfono.

-P: ¿Cómo era entonces la vida cotidiana?

-R: Todos los avances de la época se vieron limitados en los años 40 y en los años 50. Los españoles estaban viviendo en chabolas, en ruinas, en agujeros, en las trincheras e incluso en cuevas. Nunca hubo tanta gente viviendo en cuevas en la historia de España como entre los años 40 y los años 60. Estamos hablando de decenas de miles de personas, probablemente cientos de miles, que estaban viviendo en cuevas, ya sin contar chabolas. Cuando hablamos de chabolas, ya el número se dispara a varios millones.

Dos niños a las puertas de una casa cueva en Málaga, en agosto de 1952. (Fotografía del archivo del Estudio Fotográfico Arenas/Archivo Fotográfico Histórico Universidad de Málaga)

-P: Como arqueólogo, también ha formado parte de la recuperación de restos de personas que fueron fusiladas y enterradas en mitad de la nada, pero en su libro decide destacar la historia de una mujer que aún llevaba encima el sonajero de su hijo cuando recibió un tiro. Su hijo volvió a agarrarlo 80 años después.

-R: Mi equipo y yo hemos trabajado relativamente poco en exhumaciones, y en la mayor parte de los casos han sido exhumaciones donde no se conocía a las víctimas, en casos de campos de concentración, trabajos en campos de trabajos forzados, etcétera. Pero sí he colaborado con mucha gente que trabaja habitualmente en exhumaciones, como la persona que descubrió este sonajero. La historia del sonajero es tremenda por muchísimos motivos, claro. Una madre con un niño de nueve meses, que la van a fusilar, y que el día de su fusilamiento acude al paredón con un único objeto, que es el sonajero de su bebé, y lo último que escucha antes de que la fusilen, antes de morir, es el sonido de este sonajero, aunque en realidad es a su bebé a quien ella está escuchando. Es una historia que para mí condensa toda la maldad del franquismo.

-P: ¿Qué ocurrió finalmente con este caso?

-R: Hay una parte de la historia que no cuento en el libro. Esa historia con final feliz, que es el niño que se reencuentra con ese sonajero, que es reencontrarse con su madre, fue más complicada, porque cuando las antropólogas descubrieron e identificaron a la persona que estaba allí enterrada y llegaron a la conclusión de que, con mucha probabilidad, era Catalina Muñoz, se pusieron en contacto con la familia para poder hacer una prueba de ADN a los familiares vivos. Y el niño, su bebé, se negó a hacerse la prueba de ADN. Dijo que no quería saber nada de eso. Y eso para mí es la demostración de hasta qué punto el franquismo no solo destruyó el pasado y el presente de las familias, sino que les destruyó el futuro. Envenenó el futuro de la sociedad española hasta el punto de que hay familias que han rechazado a las personas asesinadas.

Martín Díaz Muñoz junto al sonajero con el que fusilaron a su madre Catalina Muñoz Arranz durante la Guerra Civil. (ARMH)

-P: ¿Cree que el miedo y el silencio siguen presentes en muchas familias españolas?

-R: En muchos casos sí, sobre todo en los pueblos, en las zonas pequeñas, hay gente que tiene miedo. Nosotros lo hemos visto. Cito en el libro un caso de una persona con la que nosotros hablamos, de 90 años, que era adolescente durante la guerra. Nos pidió por favor que no dijéramos su nombre. Está claro que en los pueblos pequeños el miedo es muy importante, pero creo que, aparte del miedo, está la forma en que el régimen adoctrinó a los españoles durante 40 años, y que hizo que muchas personas con familiares republicanos con antecedentes progresistas acabaran avergonzándose profundamente de su familia. No solo sus familiares fueron víctimas de la violencia franquista, sino que sus descendientes llegaron a la conclusión de que [los franquistas] tenían razón. A mí eso me parece lo más perverso imaginable.

Arqueólogos durante las exhumaciones de víctimas civiles de la Guerra Civil en una fosa común del cementerio de Colmenar Viejo. (Alejandro Martínez Vélez/Europa Press)

-P: ¿Considera que esa “herencia” del franquismo sigue vigente entre los jóvenes?

-R: El relato que hay habitualmente es que, como en España no tuvimos una transición como Dios manda, que nunca hemos llegado a revisar profundamente el franquismo, al contrario de lo que sucedió en Argentina o en Alemania, que son los dos ejemplos que nos repetimos siempre, pues el franquismo siempre ha estado ahí y simplemente ahora se dan las circunstancias en que puede aflorar a la superficie. Yo no soy muy partidario de esa hipótesis.

Me parece más bien que realmente, sobre todo a partir del año 2000, y coincidiendo con el auge de la memoria democrática en España y la memoria histórica, el franquismo, lo que se llama el franquismo sociológico, la defensa de la dictadura, consciente o inconsciente, bajó a niveles bajísimos. Creo que se llegó casi a un consenso social sobre estos temas. Cuando digo un consenso social, no digo que todo el mundo estuviera de acuerdo, pero sí que estas posturas franquistas eran muy marginales. De hecho, los análisis del CIS que tenemos, del Centro de Investigaciones Sociológicas, los que se hicieron antes de la crisis del 2011, cuando todo empezó a cambiar, en torno al año 2008, por ejemplo, indicaban que el franquismo sociológico rondaba el 10% y el 15% de la sociedad. Era realmente bajo, no muy distinto al que podía haber en otros países con experiencias dictatoriales. Yo creo que lo que vemos ahora es una cuestión más compleja y que tiene que ver no solo con la forma en que los españoles hemos lidiado con nuestro pasado, sino que tiene que ver con un contexto global de auge de la extrema derecha. Yo creo que hay que verlo en ese marco mucho más amplio. Esto significa que tenemos que hacer un esfuerzo, los que nos dedicamos a la historia, por desmontar esas visiones edulcoradas de la dictadura.