La Esteatosis Hepática Metabólica (EHMet), conocida coloquialmente como hígado graso, se ha convertido en un problema para la salud pública en los últimos años. De hecho, según los últimos datos, afecta aproximadamente al 30% de la población española, siendo la obesidad, la diabetes y las enfermedades inmunomediadas los principales motivos de su aparición silenciosa. En general, es una enfermedad provocada por hábitos de vida poco saludables, pero cuando se genera, es casi imparable.
El desarrollo de esta enfermedad nace con la deficiencia de lisosomas. Una enzima fundamental para la descomposición de grasas, como los triglicéridos, y de azúcares. De esta manera, con su ausencia se observa inflamación en el hígado, así como el desarrollo de la resistencia a la insulina –una antesala de la diabetes– y, en casos avanzados, cirrosis o cáncer. Hasta ahora, el único tratamiento que existe para paliar estas consecuencias sería el resmetirom, un medicamento que solo se aplica para daños avanzados en el hígado.
Para aquellos que no llegan a estos parámetros, lo único a lo que se pueden acoger para no agravar la situación sería recurrir a una dieta estricta y a hacer ejercicio. No obstante, un último estudio realizado por expertos de la Universidad de Jerusalén (Israel) publicado en la revista British Journal of Pharmacology ha dado una chispa de esperanza: dos cannabinoides naturales y no psicoactivos, el cannabidiol (CBD) y el cannabigerol (CBG), pueden mejorar de forma significativa los signos de hígado graso en ratones obesos.
Una batería extra para el hígado dañado
En el estudio, ratones obesos alimentados durante 14 semanas con dieta rica en grasas desarrollaron un cuadro típico de hígado graso y alteraciones metabólicas. A continuación, recibieron tratamiento diario con CBD, CBG o un placebo durante un mes. Los resultados fueron claros: ambos cannabinoides mejoraron la sensibilidad a la insulina, un parámetro clave en la salud metabólica, y redujeron de forma notable la cantidad de grasa acumulada en el hígado y los niveles de colesterol malo (LDL) en sangre. El efecto fue incluso más marcado en el caso del CBG.
Pero lo realmente novedoso es que ni el gasto energético ni la actividad física de los animales cambiaron: la mejora no se debía a comer menos o a moverse más. Tampoco se observó un aumento directo de la quema de grasas por vías habituales. Entonces, ¿qué estaba ocurriendo? El análisis de los tejidos hepáticos mediante técnicas de metabolómica y lipidómica (que permiten ver miles de metabolitos y lípidos al detalle) reveló que tanto el CBD como el CBG activaban el sistema de fosfocreatina, una suerte de batería celular que almacena energía rápida.
Normalmente, este sistema es esencial en músculos y cerebro, pero poco relevante en el hígado sano. Sin embargo, en el hígado dañado, el “empujón” de estas moléculas parece restablecer el equilibrio energético, permitiendo a las células hepáticas enfrentarse mejor al estrés metabólico y evitar el exceso de acumulación de grasas. Además, los cannabinoides restauraron los niveles y la función de los lisosomas, estructuras responsables de “comerse” y reciclar compuestos dañinos o innecesarios.
En concreto, aumentaron los niveles de ciertas grasas llamadas LBPAs (ácidos lisobisfosfatídicos), cruciales para que los lisosomas puedan procesar y eliminar el exceso de lípidos. Esto se tradujo en una mayor capacidad para descomponer grasas complejas y reducir la toxicidad celular, otro papel clave en la reversión del daño hepático observado.
Aunque un detalle interesante, a tener en cuenta en futuras investigaciones, es que el CBG no tuvo efecto si los ratones eran sometidos a una dieta deficiente en colina, un nutriente esencial para formar los fosfolípidos. Esto refuerza la idea de que su mecanismo protector depende directamente de la capacidad del hígado para fabricar estos componentes de membrana.
¿Tendrán efectos secundarios negativos?
Otra cuestión que debía ser analizada eran los efectos que derivaban del clásico sistema endocannabinoide (los receptores que responden a los componentes de la marihuana). Al parecer, los autores han demostrado que ni el CBD ni el CBG alteraron los niveles de endocannabinoides ni la expresión de sus genes, sugiriendo vías alternativas y novedosas de acción.
Aunque estos resultados provienen de modelos animales, y faltan pasos claros antes de llegar a la aplicación clínica, el hallazgo abre una nueva vía de tratamiento basada en reforzar los mecanismos energéticos y de reciclaje del hígado, más allá de simplemente “quemar” reservas de grasa. El CBD y el CBG, por su perfil no psicoactivo y buena tolerancia, se perfilan como candidatos prometedores para estudios en humanos. Sin embargo, la dosis, la vía de administración y la duración óptima están aún por determinar.