Una familia se muda a lo alto de la montaña y sus cuatro hijos no van a clase: “No necesitan diplomas para trabajar”

Los chicos dejaron los estudios a los 16 años y los dos mayores han montado su propios negocios

Una familia se muda a lo alto de una colina. (Freepik)

Hace 22 años, Katia D’Apostolo y su marido, Guido Pica, tomaron una decisión que cambiaría su vida y la de sus hijos: mudarse a la cima de una colina en Accumoli (centro de Italia). Lejos del bullicio, del centro histórico destruido por el terremoto en 2016 y de las calles del pueblo, construyeron su hogar desde cero. “Al principio solo teníamos una estufa de gas apoyada en un rincón, dos ollas que lavábamos bajo la fuente exterior y ningún baño”, recuerda la mujer, de 49 años.

Por las noches dormían en el pueblo; durante el día, vivían en la montaña. Cuando los tres primeros hijos ya caminaban y el cuarto estaba a punto de nacer, la familia se mudó definitivamente. La casa creció: cocina, comedor, dormitorios y una estufa de leña.

Alrededor, la granja se convirtió en un pequeño ecosistema con doscientas vacas, unos veinte cerdos, cincuenta gallinas, dos caballos, algunas cabras, perros y gatos. Cada día estaba marcado por el trabajo y el contacto con la naturaleza, según ha apuntado el medio italiano La Stampa.

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Aprender jugando... y trabajando

Los cuatro hijos de los Pica crecieron entre verduras, huevos y vacas. “Al principio era solo un juego, luego se convirtió en la vida cotidiana”, explica Katia. Desde muy pequeños participan en las tareas de la granja: plantar, recoger, ordeñar y hacer queso. Aprender estaba ligado a la realidad, no a los libros.

Durante los primeros años asistieron a la escuela de primaria del pueblo, pero pronto Katia decidió sacarlos. “Fue la mejor decisión que pude haber tomado. La jornada completa, la comida del comedor, la competencia entre alumnos... y la idea de que no escribieran de verdad, sino que solo marcaran hojas en un papel, no nos convencía”, comenta. Desde entonces, ella se convirtió en su maestra.

“Que cien más cien son doscientos, lo entendieron rápidamente mientras preparábamos una tarta”, recuerda. La desescolarización no fue sencilla: “Teníamos que erradicar la idea de que aprender consiste en sacar buenas notas o caerle bien al profesor. Aprender se trata de uno mismo, del deseo de saber”.

"Aprender se trata de uno mismo, del deseo de saber”. (Associated Press)

La curiosidad de las autoridades

El estilo de vida de los Pica despertó la sorpresa de las autoridades locales. “Nos visitaron el alcalde, la policía y los servicios sociales. Querían entender por qué estos niños no usan zapatos, por qué no se peinan, por qué tienen las manos sucias, por qué no van a la escuela. Respondimos ‘Nos gusta así’”, dice Katia.

La familia eligió un camino distinto, alejado de la educación convencional y de la vida urbana, pero lleno de aprendizaje, trabajo y libertad. Los Pica no solo aprendieron a valerse por sí mismos, sino también a gestionar responsabilidades desde pequeños.

El responsable del sector porcino de Unió de Pagesos, Rossend Saltiveri, que también es propietario de una granja de cerdos en Ivars d'Urgell (Lleida), y el presidente de Asaja Catalunya, Pere Roqué, han cifrado en 24 millones de euros las pérdidas semanales del sector porcino español por la peste porcina africana (PPA). (Europa Press)

Trabajar sin diploma

Ninguno de los cuatro hijos tiene el título de bachillerato. Estudiaron hasta los 16 años, la edad obligatoria, y luego dejaron la escuela. Los dos mayores han montado sus propios negocios, mientras que los menores continúan ayudando en la granja. “No necesitan un diploma para trabajar, y tienen mucho trabajo”, asegura Katia. Es más, en la granja de los Pica hay una cámara de los servicios de meteorología para mejorar los pronósticos del tiempo.

Por otra parte, el ritmo de la vida es muy distinto. Comienza con el sonido de las vacas y termina con los últimos rayos de sol sobre la colina. “Era mucho más agradable despertarse sin despertador, meterse en la cama de mamá y papá y contarles nuestros sueños”, sentencia Elisa, una de las hermanas pequeñas.

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