
En pleno siglo XXI, el reparto de las tareas domésticas continúa generando conflictos y debates dentro de los hogares. A pesar de los avances sociales y legislativos, la organización del día a día familiar todavía muestra una marcada desigualdad de género. Tal como observa la filóloga y teóloga Érica Avellaneda Ruiz, “el reparto de las tareas domésticas sigue siendo uno de los principales focos de conflicto en la convivencia”.
Las condiciones laborales, la presencia de hijos y la constante necesidad de conciliación han convertido la gestión del hogar en una tarea compleja, donde hacer malabares se vuelve imprescindible para mantener el equilibrio. Frente a este panorama, surge una paradoja inquietante: en muchos hogares, la mayoría de las tareas no recaen sólo en lo físico (preparar la comida, limpiar, lavar la ropa), sino en una suma invisible de responsabilidades. Planificar los menús semanales, controlar horarios médicos, organizar actividades de los hijos y prever necesidades futuras son labores mentales y organizativas que, en gran medida, asume una sola persona y en la mayoría de los casos, esa persona es la mujer.
Érica Avellaneda subraya la importancia de identificar esa carga mental como un elemento central en la discusión sobre la corresponsabilidad. Esta dimensión permanece en muchas ocasiones oculta tras los gestos visibles y cotidianos de quien gestiona el hogar, aunque resulte fundamental para el correcto funcionamiento de la convivencia familiar. Su mensaje toma relieve en la actual coyuntura social, donde cada vez más mujeres incorporan el trabajo remunerado y, pese a ello, conservan la mayor parte del peso organizativo doméstico.
Los roles y el mito de la incapacidad masculina
La percepción social respecto de la implicación masculina en el hogar aparece profundamente marcada por creencias y hábitos históricos. Muchas familias perpetúan sin cuestionarlo el modelo donde las mujeres están al tanto de cada detalle doméstico, mientras que algunos hombres muestran una desconexión llamativa frente a las rutinas y necesidades cotidianas de su propia vivienda. Érica Avellaneda lo expone con claridad: “No es normal que un hombre no sepa dónde están las cosas en su propia casa o que no conozca los horarios de las actividades de sus hijos”.

Esta actitud no revela una incapacidad innata, sino la adaptación a patrones culturales que aún asignan el rol doméstico fundamentalmente a las mujeres. Avellaneda advierte contra la naturalización de estos comportamientos y rechaza la idea de un “poder sobrenatural” que les facilitaría a ellas recordar o encontrar objetos domésticos con mayor rapidez: “No es que tengamos una capacidad biológica especial, es que en muchas ocasiones el hombre está desubicado, desentendido y desconectado del mismo espacio que habita”.
En palabras de la filóloga, no se trata de habilidades diferentes, sino de distintas implicaciones y prioridades sostenidas a lo largo de décadas. La expectativa instalada socialmente habilita que ciertos varones deleguen sin culpa la totalidad de la logística familiar, alimentando el circulo de inequidad. Avellaneda llama a cuestionar y romper con estas imágenes normalizadas: ni la supuesta incapacidad masculina ni la ubicuidad y eficiencia femeninas responden a causas naturales.
Estrategias para revertir esta realidad
Para Érica Avellaneda, estas excusas encubren una realidad más sencilla: falta de interés. “Muchos hombres que no saben dónde están las cosas en casa se saben de memoria las alineaciones de fútbol. No es falta de capacidad, es falta de interés”. Esta frase resume el núcleo del análisis de la filóloga, quien utiliza las redes sociales para divulgar consejos de orden y convivencia ante una audiencia de más de 200.000 seguidores.

Érica Avellaneda propone revertir la desconexión masculina en el ámbito doméstico a través de pequeños pasos diarios. Lejos de soluciones milagrosas o complejas, sugiere la práctica de preguntar, observar, tomar la iniciativa espontáneamente, anticipar las necesidades y planificar a futuro. Calendarios compartidos y planificación conjunta de menús hasta rutinas aclaradas y conversaciones periódicas sobre el reparto de tareas. Bajo la premisa de que cualquier aprendizaje requiere constancia y empatía, pone el acento en la importancia de reconocer que compartir la vida también incluye compartir la carga.
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