
Al igual que hacían cada tarde después de comer, Bernardo González y sus tres hermanos salieron de su humilde casa para jugar por los campos de Gádor, un pequeño municipio a 15 kilómetros de Almería. Era el 28 de junio de 1910 y Bernardo, de 7 años, decidió alejarse del resto de los niños para recoger higos de un árbol algo apartado. Ese fue el último día que su familia lo vio con vida.
A la tarde del día siguiente, cuando los padres de Bernardo ya habían denunciado su desaparición y varios vecinos se habían sumado a las tareas de búsqueda, Julio Hernández, apodado cruelmente “el Tonto” por padecer cierta discapacidad mental, se presentó en el cuartel de la Guardia Civil del pueblo para avisar de que había hallado el cadáver de un niño mientras cazaba perdices, por lo que los guardias, junto a gente del pueblo, acompañaron a Hernández, de 27 años, hasta el barranco del Pilar, ubicado a cinco kilómetros de Gádor. Cuando llegaron se encontraron con una escena espeluznante.
Efectivamente se trataba de Bernardo, pero su cuerpo estaba totalmente mutilado: cráneo fracturado, peritoneo extraído y el vientre deshecho. Sin embargo, el cadáver del pequeño presentaba claros indicios de que su muerte se había producido en otro lugar.
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A los pocos días, un vecino denunció que había escuchado al Tonto recriminarle a Francisco Leona, un curandero de 74 años del pueblo con una fama no del todo buena, haber matado al niño golpeándolo con una piedra en la cabeza. Rápidamente ambos fueron detenidos y no paso mucho tiempo para que confesaran su vínculo con los hechos: Hernández había delatado al curandero porque este no le había pagado las 50 pesetas prometidas por participar del crimen. Las investigaciones pronto revelaron que había mucha más gente involucrada en el asesinato del pequeño Bernardo.
Un enfermo de tuberculosis
De acuerdo al testimonio de los dos acusados, Hernández fue el encargado de entretener al niño mientras Leona lo atacó por la espalda para acto seguido meterlo dentro de un saco, dando origen a la leyenda del personaje que hasta el día de hoy los padres emplean para asustar a sus hijos y conseguir que se comporten. Una vez con su presa, se dirigieron a la de la madre del Tonto, Agustina Rodríguez, famosa en toda la comarca por sus pócimas curativas. La curandera había sido la mente siniestra detrás de la muerte de Bernardo ya que le había prometido a su adinerado cliente Francisco Ortega un remedio infalible para curar la tuberculosis que le aquejaba desde hacía tiempo al módico precio de 3.000 reales: la sangre de un niño.
Según relatan Eladio Romero y Alberto de Frutos en su libro En la escena del crimen, una vez sujeto por la fuerza el niño, Agustina le levantó el braxo derecho y Leona le clavó en la axila su navaja para recoger la sangre con una olla, mientras Ortega bebía del líquido mezclado con azúcar siguiendo las instrucciones de la curandera. Meses más tarde, al ser indagado por la justicia, el adinerado cliente reconocería haber ingerido la sangre del pequeño “pero dos dedillos nada más”.
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Una vez terminado el ritual, los asesinos vendaron al pequeño y lo metieron nuevamente en el saco. Una vez en el barranco del Pilar, el Tonto, Agustina y Leona lo mataron a golpes de piedra para luego cortarle el vientre y extraerle la grasa que usarían para hacer un cataplasma para una segunda parte del tratamiento de Ortega.
Al conocerse los pormenores del asesinato de Bernardo el caso tomó tal relevancia que inclo la prensa internacional se hizo eco de la noticia. Periodista de todas partes de Europa llegaron a Almería para seguir el juicio, que se celebró un año más tarde, mientras que la comarca exigía justicia con una furia sin precedentes hasta entonces. La Audiencia condenó a Agustina, Ortega y al Tonto a pena de muerte, Leona había muerto durante su estadía en prisión por una supuesta gastroenteritis. El hijo de Agustina fue finalmente indultado por su condición y amnistiado en 1927, aunque moriría encerrado en un manicomio dos años después.
La sentencia se ejecutó el a las seis de la mañana del 7 de septiembre de 1913, minutos más tarde de que el verdugo Áureo Fernández arribara desde Madrid a la estación de trenes de Almería, donde lo aguardaba desde la víspera una multitud de vecinos eufóricos.
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