Las siete estrategias para trabajar el carácter en el aula

Michael Lamb y Edward Brooks, dos académicos de referencia internacional, visitaron la Argentina y reflexionaron sobre el lugar del carácter en la educación: por qué formar en virtudes vuelve a estar en el centro del debate y cómo hacerlo en el aula

Michael Lamb y Edward Brooks

Michael Lamb y Edward Brooks estudian el desarrollo del carácter y las virtudes. Son dos referentes internacionales en formación ética de líderes. Lamb es filósofo y director ejecutivo senior del Program for Leadership and Character, además de profesor asociado en la Wake Forest University, en Estados Unidos. Brooks, por su parte, es historiador y director ejecutivo del Oxford Character Project en la Universidad de Oxford, en el Reino Unido.

Ambos desarrollaron un marco de siete estrategias, basado en investigaciones de la filosofía, la psicología y la educación, enfocado en cómo formar líderes con integridad. Lo presentaron recientemente en la Argentina, en la Universidad Austral. Brooks lo resume así: los educadores “no solo deben formar líderes con habilidades técnicas o carisma, sino también sabiduría: líderes capaces de evaluar situaciones con cuidado, comprender distintos puntos de vista y tomar buenas decisiones”. Y agrega: “la inteligencia artificial puede procesar enormes cantidades de información, pero no tiene sabiduría. Por eso la educación debe ayudar a los estudiantes a desarrollar virtudes intelectuales como la atención, la curiosidad y la comprensión profunda”.

—¿Por qué trabajan este tema?

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Edward Brooks: La educación del carácter no es una moda. Está en el corazón mismo de la educación. Desde el mundo clásico hasta hoy, su propósito ha sido ayudar a las personas a vivir una vida plena. Durante el siglo XX nos enfocamos mucho en habilidades técnicas y productividad económica. Hoy estamos redescubriendo que el carácter es fundamental para formar ciudadanos responsables y líderes capaces.

Ustedes desarrollaron siete estrategias para trabajar el carácter en el aula. ¿Podrían explicarlas brevemente?

Michael Lamb: La primera es la alfabetización en virtudes: comprender el lenguaje y los conceptos de la virtud. La segunda es la habituación, es decir, practicar las virtudes como si fueran una habilidad. Es una idea central en Aristóteles: las virtudes no se adquieren solo con teoría, sino mediante la repetición de acciones correctas. Así como alguien se vuelve músico practicando, una persona se vuelve justa o valiente actuando de ese modo. En la universidad, esto implica que el desarrollo del carácter no puede limitarse a clases sobre ética. Los estudiantes necesitan oportunidades concretas para actuar, decidir y practicar. Las virtudes se vuelven estables cuando se transforman en hábitos.

La tercera es la reflexión: dedicar tiempo a examinar fortalezas, debilidades y decisiones. La sabiduría práctica se desarrolla a partir de la experiencia, y la reflexión permite comprender mejor las consecuencias de nuestras acciones. La cuarta son los modelos: personas que encarnan virtudes. Los ejemplos concretos ayudan a comprender cómo se vive una virtud. La admiración, además, genera motivación para imitar esas conductas.

La quinta es la conciencia del contexto: entender cómo el entorno influye en nuestras decisiones. La presión social, las instituciones o los incentivos pueden afectar el comportamiento moral. Ser conscientes de eso ayuda a resistir esas influencias. La sexta estrategia es el diálogo: generar conversaciones que desarrollen el lenguaje moral. Muchas personas no tienen herramientas para analizar situaciones éticas complejas, y el diálogo permite profundizar esa comprensión.

La séptima es amistades y responsabilidad mutua. Desde una perspectiva aristotélica, la amistad contribuye a la formación de la virtud de diversas maneras. En particular, la amistad ofrece un contexto para el “intercambio de conversación y pensamiento”. A medida que los amigos comparten ideas y experiencias, pueden llegar a conocerse en aspectos que ni ellos mismos perciben, lo que promueve la reflexión y funciona como un espejo que permite verse desde otra perspectiva.

Investigaciones sobre conductas de ayuda muestran que las personas son menos propensas a ayudar cuando están rodeadas de desconocidos o de individuos que no actúan, y más propensas cuando están rodeadas de amigos o de personas que sí ayudan. Nadie desarrolla plenamente la virtud en soledad.

Llas universidades producen líderes, pero ¿producen buenos líderes?, se preguntan Lamb y Brooks

¿Cómo se puede enseñar a los estudiantes —y a los hijos— a ser honestos?

Edward Brooks: La honestidad está profundamente conectada con la verdad. Como educadores y padres, queremos que los chicos desarrollen una relación con la realidad. John Locke decía que la verdad puede encontrarse si creemos que vale la pena buscarla. Si los adultos mostramos ese compromiso, los jóvenes también aprenderán a valorar la honestidad.

Muchos líderes de la región están bien formados académicamente, pero a veces parecen carecer de carácter. ¿Cómo se combinan ambas dimensiones?

Edward Brooks: No es un problema exclusivo de esta región. En Oxford nos hicimos esa misma pregunta: las universidades producen líderes, pero ¿producen buenos líderes? Por eso empezamos a pensar cómo integrar el carácter en la educación superior. El modelo de la Universidad Austral es interesante porque lo trabaja de manera transversal. Los empleadores buscan graduados con integridad y confiabilidad. La confianza es la moneda del liderazgo, y depende del carácter.

¿Qué consejo le darían a un docente que quiere trabajar las virtudes en el aula?

Michael Lamb: Primero, recordar que el ejemplo del docente es clave. Segundo, entender que los docentes ya están formando carácter, incluso sin proponérselo. Y tercero, saber que no hace falta ser filósofo para hacerlo: pequeños cambios, como sumar instancias de reflexión o trabajar una virtud concreta, pueden marcar una gran diferencia.

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