¿Debe erradicarse la discrecionalidad en la política económica?

Por Gustavo Perilli

La disyuntiva entre “reglas” y “discrecionalidad”  forma parte del debate para el desarrollo de un capitalismo con equidad.

Emprender un proyecto exige siempre comenzar con el análisis de sus fundamentos. En la actividad de la construcción será prioritario el estudio del terreno, las mediciones, las orientaciones, el clima y los materiales. Los aportes formales del arquitecto, exhibidos en toda su dimensión en el plano y la dirección de obra, sustentados en su formación, conocimiento y experiencia, no sólo introducirán elementos de arte a la ciudad, sino que también generarán bienestar. La armonía del proyecto dependerá de un dinámico diálogo entre arte, ciencia y técnica, donde será crucial el manejo de los tiempos (el timing) y la contribución del "artista que tiene que haber visto cómo se representa un objeto para poder y querer representarlo" (Hauser, 1961). Sin embargo, no todo transcurrirá en calma: constantemente ese artista (el arquitecto) deberá resolver rispideces que le introducirán incertidumbre y riesgo al emprendimiento.

¿Cuál es el proyecto de largo plazo de cualquier sistema económico? Básicamente, diseñar un mecanismo que imparta justicia social y sea capaz de repeler ataques especulativos. La política en general, y la política económica en particular, serán protagonistas claves para emplazar e impulsar "esa empresa". Su presencia será necesaria pero no suficiente porque, en paralelo, requerirá contar con compromiso (un contrato social explícito) alineado con un pensamiento nacional representativo de toda la comunidad. La relación entre ciencia, técnica y arte del "arquitecto encargado de esa obra", deberá ser dinámica y con timing, orientada a tratar los heterogéneos desafíos planteados por el problema social. En este proceso, el arte (el juicio de los artífices de la política económica) permanentemente estará expuesto a cuestionamientos sin que sea posible su elusión porque "existen y siempre existirán elementos de arte en la conducción de la política económica; en otras palabras, siempre se necesitará un nivel importante de juicio para lograr resultados deseables" (Mishkin, 2007). Esto no sólo no es un hallazgo reciente, sino que tampoco parece estar en una fase de extinción. Hace más de 80 años, John Maynard Keynes describía al economista como matemático, historiador, estadista y filósofo, tan cerca de la tierra como un político y tan incorruptible como un artista. Al hacerlo, planteaba la necesidad de contar con especialistas en políticas discrecionales y prudentes, "enemistados" de los paradigmas decimonónicos (clásicos y neoclásicos) basados sólo en el funcionamiento de un mecanismo automático de laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar).

Reglas. Para los adeptos a recortar elementos de arte a la política (limitar juicios de valor), las autoridades deberían especificar reglas automáticas de juego (en materia de política monetaria, fiscal y cambiaria) para generar un panorama estable y predecible para la consolidación de los planes de consumo e inversión del sector privado. Tal como señalan los ganadores del Premio Nobel Fynn Kydland y Edward Prescott, su uso evitaría las controversias surgidas de "las decisiones de política sujetas a un problema de inconsistencia temporal" //…// donde "los gobiernos que sean incapaces de establecer compromisos respecto a futuras políticas encontrarán un problema de credibilidad" //…// porque "las expectativas del sector privado imponen restricciones a las decisiones de política" (Kydland y Prescott, 1977). Kydland y Prescot delinearon un esquema elegante y atractivo, liberado de la inevitable pegajosidad impuesta por la "mano visible" de la política económica, donde una suerte de mecanismo lassez faire, laissez passer resolvería cualquier problema de fuerzas contrapuestas. Al mismo tiempo, propusieron un tema candente para quienes bregan por el mantenimiento del bienestar del conjunto como compromiso indisoluble de toda coyuntura porque afirmaron, con toda lógica, que las metas se diseñan para ser cumplidas.

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Si un hipotético Gobierno tuviera un severo problema de inconsistencia intertemporal, explicado por metas monetarias, fiscal y cambiaria desalineadas, relaciones hostiles con el resto del mundo, la inversión extranjera y los organismos internacionales (el FMI, por ejemplo), la economía sufriría persistentes "fugas de capitales" y presiones devaluatorias. En ese contexto, el Banco Central perdería reservas internacionales, paulatinamente aumentarían las tasas de interés, se encarecería el costo del crédito interno y se desvanecería la solvencia de la actividad económica y el empleo. Según estos opositores al orden discrecional, esos desmoronamientos tendrían una sola explicación: la ausencia de reglas y la decisiva alteración del optimismo del sector privado. Como el resultado de "ese despropósito" sería una inflación indeseada, propondrían establecer una regla de tipo de cambio fijo con una moneda interna apreciada en términos reales o, alternativamente, un esquema de metas de inflación (y algo de atraso cambiario). En ese mundo distópico, los procesos de endeudamiento y los negocios financieros, configurados para capitalizar el atractivísimo carry trade (diferenciales de tasas de interés sin riesgo cambiario), impulsarían un "bicicleteada" que sólo se detendría cuando las entradas de esos flujos se detuviesen. Ese sudden stop (freno brusco), podría ser fatal si se desencadenasen cortes en las cadenas de pago y si, definitivamente, los sectores público y privado deshonraran sus deudas (default).

Como la regla es un compromiso, si el tipo de cambio o la inflación estuvieran desalineados (fueran elevados en relación con la meta, por ejemplo) en un contexto de baja desocupación, la prioridad de estas hipotéticas autoridades siempre sería cumplir la meta (bajar el tipo de cambio y/o la inflación) aún cuando ello signifique pérdidas de empleo y deterioro del bienestar. En ese marco, los gestores de la regla continuarían pidiendo paciencia y asegurando que, cuando el esquema fuera creíble por parte del sector privado, ingresarían finalmente las inversiones que en un "chasquido de dedos" el sistema transformaría en puestos de trabajo (menos desempleo y pobreza). La mística asociada a "este dogma" dispuesto a ofrecer bienestar de largo plazo, se consolidaría con un pedido de sacrificio a corto plazo (más frugalidad) para que ese omnipotente sector privado descripto por Kydland y Prescott no entre en pánico si constatara rastros de dilapidación y desquicio. Si hubiera exceso de gasto y la meta no se cumpliera, habría que disminuir ingresos (vía reducciones de salarios o puestos de trabajo), eliminar gasto público (suspender obras y despedir trabajadores, por ejemplo) y "predicar" acerca de la necesidad de aceptar pasivamente privaciones a cambio de bienestar futuro (con recursos discursivos armoniosos basados en la necesidad de construir un mundo mejor para los hijos).

Discrecionalidad. Los adherentes al empleo de discrecionalidad recomendarán no atarse a los condicionamientos impuestos por el cumplimiento y la consecuencias del uso de reglas fijas pero, muy a su pesar, sus medidas estarán siempre expuestas a inexplicables excesos que, ese sector privado moralista "pro mercado" exhibirá como parte de un modelo corrupto, castigará con tensiones cambiarias (vía fugas de divisas y mecanismos elusivos y evasivos) y denostará públicamente con la ayuda de editores, directores y conductores televisivos dispuestos a deshonrar su profesión. Pese a todos estos dislates, los auspiciantes de la discrecionalidad afirmarán que "el rol del Gobierno deberá ser el de utilizar políticas discrecionales contracíclicas para lograr que la economía tenga una evolución estable" (Meller, 1986). Su adopción reemplazará a la estrategia de no hacer (laissez faire, laissez passer) hasta que el mecanismo de mercado funcione, al tiempo que bregará por sintonizar las políticas fiscal, monetaria y cambiaria para evitar pérdidas de bienestar.

¿Discrecionalidad o reglas? Estar expuestos a los designios de "la divina providencia" de un mercado manejado por "pocos jugadores" determinando precios y cantidades de bienes y servicios (tal como ya se ha comprobado en infinitas ocasiones), sólo demostraría indiferencia hacia las "tragedias sociales" provocadas por las crisis (pobreza). Una discrecionalidad bien entendida, en cambio, podría acertar si el diseño se fundara en la tríada arte, ciencia y técnica dirigida por "el aceitado timing" de un artista expuesto al control de una sociedad dispuesta a recuperar "la bondad primordial del hombre natural frente a la degradación progresiva del hombre" (Rousseau, 1762). Como la solución tampoco sería infalible a los desatinos (del artista y las coreografías mediáticas), antes de "patearse el tablero", debería tenerse bien presente que si el progreso no fuera inclusivo siempre se estaría expuesto a una ineludible violencia social en crecimiento.

La disyuntiva "discrecionalidad versus reglas" debería ser siempre parte del debate en el camino hacia la construcción institucional y el desarrollo de un capitalismo nacional con equidad. Mediante el planteo de estos temas se erradicaría, por ejemplo, el sufragio vacuo siempre dispuesto a "darle oportunidades" a políticos de cualquier filiación solamente para experimentar el cambio. Esto ayudará a comprender que las reglas cambiarias ya tuvieron su oportunidad en la década del noventa (tanto en América Latina como en el Sudeste de Asia) y que su resultado nunca será posible olvidar.

(*) Gustavo Perilli es Profesor de la UBA

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