El violento reinado del clan Aguilera en la barra de Godoy Cruz: la historia de muerte y traición familiar que derivó en la escandalosa suspensión ante San Lorenzo

El apellido Aguilera domina las tribunas del Tomba desde el 2002 por intermedio de un grupo de hermanos; unidos o enfrentados. El escabroso control atravesó uno de sus capítulos más controvertidos en las últimas horas

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Incidentes en la tribuna de Godoy Cruz en el duelo ante San Lorenzo

Dos hermanos presos, otro muerto, una mujer de la familia que quedó a cargo de los negocios y una historia de traiciones como pocas veces se vio. Ese es el trasfondo de la guerra en la barra de Godoy Cruz, que se venía cocinando desde mediados del año pasado y terminó por explotar este sábado por la tarde en el partido contra San Lorenzo ante la increíble pasividad policial que ya tenía aviso de lo que podía ocurrir, porque el mes pasado y tras incidentes en el partido contra Sarmiento de Junín quedaron presos los máximos referentes de la facción de los Aguilera, el apellido que domina la tribuna Tombina hace ya dos décadas y que no quiere ceder el control a nadie más.

La historia se remonta al año 2002. Por entonces Godoy Cruz jugaba en el Ascenso y quien era el jefe de los violentos del Expreso era un hombre llamado Víctor Arabel. Pero el 4 de abril de ese año y tras un partido con Huracán de Tres Arroyos, fue emboscado por otra facción del barrio La Gloria, cuyos referentes eran los hermanos Aguilera. Cuatro balazos recibió Arabel y el cambio de mando fue inmediato. El que agarró como jefe fue el mayor de los hermanos, Juan Carlos, alias Moncho, secundado por sus hermanos, Daniel, apodado el Rengo (porque perdió una pierna en un accidente), Diego, al que rebautizaron en el barrio como el Asesino por cuestiones obvias y el más chico llamado Walter. Moncho cayó preso en 2004 por un asesinato y le dieron 17 años de prisión, un dato que hoy cobra relevancia. Pero no nos apuremos. En aquel momento, quien tomó la conducción fue el Rengo Aguilera y a partir de sus negocios con la droga, la Policía y la política local generó un reinado como pocos barras tuvieron en un club en la Argentina.

Todo pasaba por sus manos y su poder se acrecentó tras el ascenso a Primera en 2006. Tanto que terminó como uno de los referentes de Hinchadas Unidas Argentinas, la ONG barrabrava creada en 2009. Su poder excedía la tribuna. Todos los actos políticos eran manejados desde el barrio La Gloria, asiento de la familia. Y el negocio de las drogas creció a la par cuando se alió a las familias Allende y Sarmiento. Llegó a manejar más de 50 búnkers y no había quién pudiera destronarlo. Durante su mandato, el Rengo cayó varias veces en prisión y cuando intentaban sus rivales desbancarlo, sus hermanos Diego y Walter se encargaban a puro balazo de mantener el lugar. Hasta que finalmente en 2020 fue condenado a 12 años de prisión por liderar una banda narco. En esa causa también estaban involucrados sus dos hermanos, pero Diego logró mantenerse en la clandestinidad y desde ahí seguir manejando la barra y los negocios mientras Walter también terminaba tras las rejas.

Con la aparición del Asesino como número uno, las cosas se pusieron más feas en la tribuna porque si bien el Rengo era hombre de acción, sabía cómo negociar cuotas de poder para que nada se le fuera totalmente de las manos. “Yo arreglaba todo con dinero. Lo que pasa es que di el nombre del juez con el que manejaba esas cosas (por el magistrado Walter Bento, destituido por el jury de enjuiciamiento de la Nación) y él era más poderoso que yo y terminé preso”, afirmó el Rengo.

Su hermano, en cambio, hizo un acuerdo con un personaje conocido como el Gordo Eze para que maneje la popular mientras él daba las directivas mientras se mantenía prófugo de la Justicia insólitamente en su mismo barrio de siempre, La Gloria. Y desde 2020 hasta 2022 logró manejar todo y hacerle llegar sus vituallas a sus hermanos presos, Daniel y Walter.

Hasta que el 13 de julio de ese año se dio un hecho que partió al medio a la familia: Walter, el menor, murió por sobredosis de droga en la prisión y el resto de la familia lo acusó al Rengo de ese desenlace, porque decían que lo usaba como mula para pasarle estupefacientes a quienes venían de visitas y también a los otros internos del penal. De esa manera, Diego decidió hacerse cargo de todo pero le duró poco: dos meses después la Policía lo atrapó en una casa del barrio La Gloria, de donde nunca se había ido. Estaba claro que se había roto el manto de impunidad y muchos vieron una factura por la grieta familiar. Igual, aún detenido, la barra le siguió respondiendo. Por entonces, todos los Aguilera estaban presos o muertos, pero la salida tras cumplir la pena del mayor, Juan Carlos, encendió el avispero. Porque quiso volver y dijo contar con la venia de la familia. Entonces el Gordo Eze vio que era el momento de independizarse y a fines del año pasado ganó la tribuna. Esa afrenta Diego Aguilera no la iba a dejar pasar y entonces generó una alianza con otro pesado del barrio La Gloria, Mauricio Ortiz Olivera, quien era el encargado de reclutar gente para ir a la guerra. Mientras, empezaba a tomar poder la hermana libre que quedaba, Carla Aguilera, quien llevaba los números de la familia y se metió a manejar la contabilidad de la popular.

Así las cosas, este año se desató finalmente la guerra. Que empezó en los barrios y se trasladó a la cancha. Y finalmente el clan Aguilera-Ortiz Olivera triunfó tras dos crímenes que hubo en marzo en el Gran Mendoza. Pero fue una victoria pírrica porque las exigencias que le impusieron a la dirigencia eran insostenibles.

Así, contra Sarmiento de Junín ingresó por primera vez Carla Aguilera junto a Ortiz Olivera y rodeada por un clan de seguridad a la popular coronando un poder que para no menguar, debía repartir muchísimo entre todos los que ayudaron a que la familia volviera al poder. Y como eso no ocurrió, se generaron incidentes fuera del estadio como método de presión. No dio resultado. Y con la venia de la comisión directiva y las autoridades, a fin del mes pasado detuvieron a tres laderos de los Aguilera y les dictaron captura a Carla y Ortiz Olivera. En el partido contra Barracas de dos semanas atrás, el primero del fútbol local después del lío con Sarmiento, hubo una tregua porque se negociaban libertades y mayores vituallas. Pero nada de eso ocurrió y además, a la hermana libre le aplicaron el derecho de admisión. Así durante toda esta semana hubo rumores de que podría haber incidentes. Pero por inacción o vaya uno a saber qué, el operativo policial los minimizó. Lo equivocado que estaban. Primero hubo una agresión al micro de San Lorenzo con el objetivo de que el partido no se jugara. A pesar de lo sucedido, el encuentro comenzó. Entonces ahí desplegaron la segunda fase del plan: suspenderlo a como sea. Cosa que finalmente lograron. Porque una vez más la violencia barra montada en un negocio triunfó en una Argentina que no parece saber cómo dejar atrás este flagelo que desangra al fútbol argentino.

Uno de los barras que lanzó proyectiles para intentar suspender el partido ante San Lorenzo
Uno de los barras que lanzó proyectiles para intentar suspender el partido ante San Lorenzo
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