Caos, fútbol y una sociedad mansa

La enorme mayoría de nosotros, en tanto no seamos provocadores o víctimas del caos, no somos mucho más que observadores que naturalizamos hasta lo menos natural. El deporte más popular no es ajeno a esta realidad

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Luego de recibir un botellazo retiran asistido a Brandán, con una lesión en el ojo derecho. El encuentro entre Tigre y Chacarita fue suspendido
Luego de recibir un botellazo retiran asistido a Brandán, con una lesión en el ojo derecho. El encuentro entre Tigre y Chacarita fue suspendido

Día tras día, los canales de noticias, sin excepción de tinte editorial o ideológico –o lo que sea que en estos días eso quiera decir-, nos imponen cada vez con mayor crudeza e insistencia escenarios que podrían simplificarse con la palabra caos.

Está claro que las cosas pasan y que no son los medios los que generan esa sensación; a lo sumo, podrá achacárseles cierta capciosidad a la hora de elegir qué mostrar y qué no. O cuántas veces se repiten ciertos episodios y cuáles son los que se omiten.

Pero el caos está. Y mientras los episodios se suceden más o menos cerca de casa, gran parte de los argentinos los observamos como si se tratase de un capítulo de Black Mirror que ya no nos sorprende. Tal vez esta sea una de las muestras más elocuentes de que, contra lo que algunos pretenden o amenazan, la enorme mayoría de los ciudadanos de este bendito país damos forma a una sociedad de mansos.

Pasa con el día a día. Pasa con el fútbol.

Un día a día cuyo punto de partida es difícil de señalar. Quizás por eso caemos frecuentemente en el doloroso diciembre de 2001 que quirúrgicamente describió Ciro en forma de poesía en Dientes de Cordero.

“Sangre en la vereda, en el palacio grissangre en la escalera, en la tuya bajo tu nariz”

“Y ahora quien se viene, y ahora quién se vadientes de cordero, muerdan sin soltar”

Una pasividad que ya entonces dejó en claro nuestro perfil mayoritario. No solo no se fue nadie sino que nuestros sueldos y nuestros ahorros fueron a parar a los mismos reductos de los días del encierro monetario.

Vemos por la tele impasibles un paro en modo Audi 5 que destroza la libertad laboral de más de un millón de vecinos, escuchamos a un legislador denunciar que hicieron desaparecer (SIC) un busto mientras en un distrito vecino al que representa, gente de su espacio político hizo desaparecer a una mujer inconveniente, atestiguamos el desguace de un organismo público cuya creación tuvo razones nobles en lugar de limpiar el espacio de aquellos que pecan de chorros, inútiles o ñoquis. La enorme mayoría de nosotros, en tanto no seamos provocadores o víctimas del caos, no somos mucho más que observadores que naturalizamos hasta lo menos natural.

Y un fútbol que no demoró ni un mes en explicarnos que ser los mejores del mundo es, quizás más que nunca, una rareza gestionada por un cuerpo técnico y futbolistas de una excepcionalidad francamente brutal en tanto hagamos la mínima comparación con lo vernáculo.

Una vez más, la enumeración como recurso para acortar camino y ahorrar palabras. Y las preguntas con respuesta implícita.

¿Tiene sentido que, cuando se enfrente esta tarde contra Boca, River haya disputado su octavo partido en menos de un mes? (Haga la lista de su equipo favorito y encontrará parámetros similares).

¿Existe alguna posibilidad de viaje hacia la excelencia cuando no tenés ni la menor posibilidad de tener un par de entrenamientos entre partido y partido?

¿Alguno de nosotros iríamos a un restaurante en el que el mozo nos atienda con una 9 milímetros calzada en la cintura? ¿O a una obra de teatro en la que el acomodador se muestre dispuesto a usar un fusil FAL que expone a la vista del público? Si pasa con una barra del club que sea de la categoría que sea (esta vez fueron de Laferrere) “son cosas de los muchachos”, ¿no?

La barra de Laferrere, paseándose con exhibición de armas. Una postal abominable de la violencia alrededor del fútbol
La barra de Laferrere, paseándose con exhibición de armas. Una postal abominable de la violencia alrededor del fútbol

¿Imaginamos a algún dirigente dedicado en lo privado al rubro empresarial echando a sus gerentes un mes después de contratarlos? ¿Tan poco importa el patrimonio de un club que ya cuatro equipos de primera echaron a técnicos que, en algún caso, no dirigió ni diez partidos? ¿Qué sentido tiene la decisión de dar de baja a quien acaba de planificar una pretemporada y armar un plantel que ahora tendrá que agarrar alguien que perfectamente puede no adherir ni a una cosa ni a la otra?

¿Qué opina la AFA de que uno de esos clubes deba pagar deudas con tres entrenadores echados y deba contratar a un cuarto?

¿Debe considerarse “cosas del fútbol” que un hincha le reviente la cabeza de un botellazo a un futbolista rival, el partido se reprograme y el episodio termine en una discusión de casquivanas entre técnicos y dirigentes? ¿No tiene nada que decir la gremial de futbolistas al respecto?

Finalmente. ¿Qué nos pasa que la pasión fervorosa pero en regla del 95 por ciento de quienes vamos a la cancha desfallezca condicionada por una minoría especialista en llenarse de plata, asociarse con dirigentes –o cooptarlos- y se adueñe de eso que tanto nos importa bajo el falso pregón de que son el aguante y defienden la camiseta?

El aguante somos los que, aun en crisis, pagamos cuotas sociales y abonos. O los que se adhieren y gastan dinero que tanto cuesta aun sabiendo que, para ir un día a la popular, tienen que esperar que otros cien mil hayan dado de baja su derecho.

Y la camiseta la defienden esos jugadores a los que livianamente acusamos de traidores si pifian un penal, se hacen echar en un partido clave o, simplemente, buscan un mejor destino para él y su familia.

De verdad da mucha bronca lo que pasa con nuestro amado fútbol. Más aún cuando entramos en un fin de semana en el que, más que nunca, extrañaremos escuchar el grito de gol si ese gol lo hace el visitante. Porque, nunca dejaré de recordarlo, llevamos más de una década sin ir libremente a la cancha.

Desde ya que, tanto en el día a día como en el fútbol hay una infinidad de cuestiones que cuajarían perfectamente en estas líneas. Aclaración a prueba de haters: así como hay gente digna y comprometida en ambos rubros, no hay facción política ni club que se salve íntegramente de la mugre.

Por todo esto y tanto más, se me hace carme que somos una sociedad de mansos.

De alguna manera, por suerte.

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