
Diego Maradona fue internado en el sanatorio Ipensa de La Plata, aquejado de un cuadro de anemia y deshidratación. Allí permanecería, según estiman en su entorno, al menos hasta el miércoles. Hasta ahí, la noticia dura, sin matices. Pero detrás hay una historia que explica por qué terminó en la clínica, dispuesto a realizarse un chequeo general y a aceptar la mano tendida, luego de varios días difíciles, que poco tuvieron que ver con el espíritu celebratorio que imperó entre los fanáticos por el cumpleaños N° 60 del ídolo.
“Está mal psicológicamente y repercute en el cuerpo. Se alimenta mal, te cambia todo. Es el factor principal que lleva a que sea internado”, enfatizó su médico, Leopoldo Luque, encargado de dar el primer parte médico tras la novedad que sacudió al mundo del fútbol. Y en esa frase confluyen las sensaciones de la gran mayoría de los que estuvieron cerca del director técnico en las últimas semanas.
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La reconstrucción de las horas previas a la internación profundiza en la coyuntura que atraviesa el Diez. “Es una persona de edad, con muchas presiones en su vida, cumplió 60 años y hay que ayudarlo. Es difícil ser Maradona”, subrayó Luque, quien en el último tiempo ha sido un tutor para Diego cada vez que tuvo que levantarse.
Porque no es la primera vez que Maradona cae en un pozo en lo que va de 2020. Sucedió en junio, cuando el astro, recluido en su hogar por la pandemia de coronavirus, había perdido la motivación que representa para él poder dirigir a Gimnasia. Además, los conflictos familiares habían recrudecido. Con su sobrepeso fuera de control, también se habían agravado sus problemas de movilidad, dado que en junio de 2019 había sido operado en su rodilla derecha (le colocaron una prótesis), y como asumió poco tiempo después como DT del Lobo, no realizó la rehabilitación al 100%. La medicación para afrontar sus problemas de ansiedad y para conciliar el sueño, mezclada eventualmente con el alcohol, formaban un combo imprudente.
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“Busqué el modo de provocarlo, quería que se enojara, que reaccionara ante un desafío. Le dije: ‘Diego, esto no es así, esto depende de vos, te quiero ayudar, ¿me dejás ayudarte?’. ‘¿Tenés auto? Bueno, andate’, me respondió. Me estaba por ir, pero retrocedí y le dije: ‘Vos me vas a echar cuando sea el momento. Vos nos enseñaste que cuando la situación está mal es cuando hay que aparecer’. Y le pregunté: ‘¿Querés estar mejor?’. ‘Sí’, me contestó. ‘¿Por quién jurás que vas a estar bien?’, insistí. ‘Lo juro por mi mamá’, me dijo. Y empezó a estar bien”, narró Luque el disparador de un nuevo renacimiento del ex enganche, que a partir de allí, con la rutina “Maradona fitness”, perdió más de 12 kilos y recuperó el ánimo.
Pero en las últimas semanas, advierten quienes lo tratan a diario, volvió a bajonearse. Tres situaciones resultaron trascendentes para cavar el nuevo pozo anímico. Una: nuevos roces familiares, en el umbral de su cumpleaños. Dos: el hecho de verse obligado a aislarse ante un contacto estrecho con un caso sospechoso por coronavirus. Un custodio, que había estado en su casa de Brandsen el domingo, amaneció el martes con síntomas. Y su hogar, usualmente poblado por quienes lo asisten o por algunos de sus seres queridos, quedó desierto. Johny, su sobrino, lo acompañó para respaldarlo hasta que se confirmó que el test realizado al agente de seguridad dio negativo.
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Y tres: la cercanía de su aniversario 60... Sin Chitoro y la Tota, sus papás. Diego los evocó seguido en los últimos días. “Los extraña mucho. Por ese tema, no quería saber nada con su cumpleaños”, remarcan sus íntimos. Encima, distintas circunstancias lo alejaron del minuto a minuto de Gimnasia: sobre todo, lo sucedido en el amistoso ante San Lorenzo (participó en el Nuevo Gasómetro, pero terminó recluido por haber tenido contacto con Nicolás Contín, futbolista del Lobo que se contagió de COVID-19). Los cuidados ante la pandemia no congenian con su pasión.
La semana pasada se profundizó el desequilibrio en su alimentación. Por la medicación que toma, Luque y un equipo de nutricionistas le habían indicado una dieta estricta y necesaria, que venía cumpliendo. El efecto de la medicina, claro, resulta más difícil de tolerar con el estómago vacío. Maradona se salteó algunas comidas, no tomó la cantidad de líquido indicada por los profesionales y, en ese contexto, durante dos días, realizó la rutina física exigente que venía siguiendo, gastando energías de las que no disponía.
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El viernes, en su cumpleaños, la preocupación aumentó. Por la mañana lo visitaron Matías Morla y el abogado Víctor Stinfale. El apoderado del Diez partió de la casa en Campos de Roca a mediodía para trasladarse a Villa Palito para representar al astro en la movida solidaria “las 10 del Diez”. Ya entonces habló con Maxi Pomargo –su cuñado y mano derecha de Maradona– para advertirle que no lo veía bien y desaconsejar su presencia por la tarde-noche en el estadio Juan Carlos Zerillo donde, antes de Gimnasia-Patronato, Diego fue homenajeado. Además, el fantasma del COVID siempre mantiene alerta a quienes buscan cuidarlo.
Por la tarde se acercaron a saludarlo sus hijos Dieguito Fernando, Jana y Gianinna, acompañada de su nieto Benjamín (fruto de la relación con Sergio Agüero). Posteriormente, el campeón del mundo en México 1986 insistió con su deseo de ir al Bosque. Su apoderado consensuó, al menos, que no se quedara todo el cotejo. Según cuentan cerca de Pelusa, estaba nervioso y ansioso, por lo que tomó una dosis mayor de lo habitual de su medicación. Eso provocó la imagen frágil que ofreció en la previa de la goleada del Tripero 3-0 ante el Patrón.
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Apenas concluyó el reconocimiento, Diego se subió al auto y se trasladó a su hogar, donde vio el partido por TV y, apenas escuchó el silbatazo final, se marchó a su habitación, una vez más, sin cenar. El fin de semana el panorama no se modificó. Y este lunes por la mañana las alarmas sonaron con mayor estridencia.
Cuando quienes lo asisten llegaron a su casa lo notaron decididamente mal. En consecuencia, se comunicaron con Morla y con Luque. En su diálogo con la prensa, el médico describió cómo detectó que era el instante indicado para actuar: “Lo veía a Maradona como cuando está malo; no habla, no acepta ayuda. Yo soy el médico, no el papá de él. Hay veces en las que hay que invadir un poco más y éste era el momento”.
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Con su abogado, Diego tuvo una conversación-discusión. “Tenés a todos los profesionales a disposición. Es por tu bien”, intentó persuadirlo de que una internación era la mejor opción. “No quiero estar un mes internado”, fue la preocupación lanzada por el Diez. “Aparte tengo que dirigir el domingo”, añadió, en alusión al duelo entre Gimnasia y Vélez por la segunda fecha de la Copa de la Liga Profesional. Ahí entró en escena Luque: “‘Vení conmigo que el domingo no vas a dirigir, vas a jugar’, le respondí”.
“Yo le dije: ‘Che, Diego, vamos a una clínica, tenés que estar mejor’. Me dijo: ‘Dejame de hinchar’. Hasta que dijo: ‘Bueno, vamos’. Es un chequeo general. Hay que estar tranquilos, Diego está bien, pero puede estar mucho mejor. Es una propuesta terapéutica que aceptó”, narró el neurólogo.
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La elección del sanatorio no resultó azarosa. Lo puso a disposición Flavio Tunessi, traumatólogo de Gimnasia. Precisamente allí se hizo Diego el último gran chequeo general. “La cantidad de días que esté acá es algo que tengo que trabajar yo, Diego está bien, de alta se va cuando quiera”, insistió Luque, tal vez con un argumento que le pronunció a su propio paciente para lograr la aprobación de su traslado. Incluso no descartó que pueda estar el domingo en el Bosque, junto a Sebastián Méndez, Adrián González y su cuerpo técnico, que le enviaron sus buenos deseos y le transmitieron tranquilidad. Lo quieren junto a ellos, cerca de los jugadores, con su inimitable capacidad para motivar. Pero en su mejor versión; no la que presentó el día de su cumpleaños, dolorosa, alejada de la estatura de su leyenda.
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