Maradona festeja el primer título del Napoli en medio de la locura del estadio San Paolo.
Maradona festeja el primer título del Napoli en medio de la locura del estadio San Paolo.

Por Leandro Zanoni*

Tokyo, 1979. Mundial juvenil. Diego Armando Maradona tiene 18 años y lleva a la selección argentina a lo más alto. Es el capitán y la estrella del inolvidable equipo de los pibes campeones del mundo dirigidos por César Luis Menotti. El amigo y representante de Diego, un tal Jorge Cyterszpiler, aprovecha el viaje para comprar la última tecnología japonesa. Se trae a Buenos Aires una cámara de vídeo profesional con una idea: filmar a Diego todo lo posible, adentro y afuera de la cancha. Quiere hacer una gran película del futuro ídolo, que para los medios todavía era Dieguito, el Pelusa de La Paternal, el “nuevo Pelé”. Para la tarea contrata en Buenos Aires a un camarógrafo full time, Juan Carlos Laburu, que años después lo sigue a Diego a Barcelona y a Nápoles. Pero en 1985 se termina la sociedad entre el Diez y Cyterszpiler y el proyecto de película queda en el olvido. Todo ese material grabado, miles de horas de intimidad maradoniana, duermen durante largos años bajo la celosa custodia del camarógrafo, que a los 70 años, vive como jubilado en Nápoles. Ahora, cuarenta años después, algunas de las mejores imágenes de ese archivo dormido ven por primera vez la luz en el documental Diego Maradona. Rebelde. Heroe. Dios del director inglés Asif Kapadia.

Diego muestra lo que colgó en la pared alrededor de su cama en la concentración de México 86: Valeria Lynch, una virgencita, una foto de su novia Claudia y un póster de una conejita de Playboy desnuda. A su lado, parada en la cama apoyada contra la pared de ladrillos, descansa la copa del mundo. Su copa del mundo.

Diego entrena solo en el medio del campo, Diego intenta escapar de la locura Nápoles, Diego juega con sus dos hijas bebotas, Diego con la Tota, en vestuarios, baila en fiestas familiares. Baila mucho. Diego come asado, le abren su tobillo en primer plano para sacarle clavos. Diego canta. Diego firma autógrafos. Diego juega al tenis con Claudia. Diego, Diego, Diego.

Lo mejor del documental son las imágenes de la intimidad maradoniana que consiguió Kapadia. Algunos pocos fragmentos de esos videos ya habían sido vistos por ahí pero la mayoría son muy inéditos. ¿Hay más Diego para ver? Siempre hay más Diego. Cuesta creer que todavía haya material audiovisual del Diez que nunca se haya visto, después de tantos años de informes en la TV, documentales y especiales sobre su vida. De repente, como un eterno Vaca muerta, alguien descubre un nuevo pozo de petróleo y todos festejan. “Y habrá muchos más, porque todavía hay archivos que nunca se vieron, como las miles de latas de cintas que hay en los sótanos de Canal 7 sin catalogar, en la RAI, en España, en la televisión inglesa”, cuenta desde España el argentino Daniel Salem, uno de los mejores coleccionistas de imágenes inéditas del astro (en Twitter @IneditoMaradona). Daniel se jacta de tener partidos completos e imposibles de conseguir de todos los clubes donde Diego jugó. Argentinos Juniors, Boca, Barcelona, Nápoli, amitosos, etc. Y también, claro, los de la selección.

El guión del documental que durante dos horas va cosiendo todas esas imágenes es más o menos así: Un Diego jóven, auténtico. Atrapante, magnético. El Diego bueno. El carisma y el humor de aquel de veintipocos, ochentoso, enrulado y fascinante que aparece en Ezeiza con un tapado de piel (“me lo puse porque había que traer algo abrigado”). Hasta que aparece el otro, el personaje Maradona. El malo. El que empieza con la droga y los problemas en Nápoles y el que termina escapando de madrugada de una ciudad asfixiante, tras el doping positivo en 1991. Oscuro, pero también fascinante. Entre ese Diego bueno, joven y risueño y aquel Maradona malo, serio y enojado con los periodistas, está el nudo del documental. En ese desdoblaje un tanto facilista entre Diego y Maradona, Kapadia logra explicar la parábola maradoniana de la gloria eterna de México 86 y el primer scudetto con el Nápoli de 1987 hasta el barbudo fiestero y drogón que le pedía a la Camorra napolitana chicas y cocaína por teléfono. “Con Diego me iría al fin del mundo pero con Maradona no voy ni a la esquina”, dice Fernando Signorini, su fiel preparador físico, consejero y amigo. Diego le responde con su látigo, con una de sus inagotables frases maradonianas: “Sí, pero sin Maradona, todavía seguía en Fiorito”.

Cada vez que juega el Napoli, imágenes y banderas de Maradona resucitan alrededor del estadio San Paolo. REUTERS/Alberto Lingria
Cada vez que juega el Napoli, imágenes y banderas de Maradona resucitan alrededor del estadio San Paolo. REUTERS/Alberto Lingria

El astro pasa de ser el hombre más famoso del mundo al más odiado tras la eliminación por penales de la selección de Italia en el mundial 90. Ese es para mi el partido clave en la carrera de Diego. No el más importante, ni el más lúcido (jugó para 7 u 8 puntos), ni siquiera es el más famoso. Pero si fue el partido donde sacó toda su inteligencia, su potencial extra futbolístico. Como animal mediático que era, se las ingenio para, días antes del partido, dividir a Italia. Va de nuevo: dividir a un país.

“Pienso que el público dará todo su apoyo a los Azzurri. Pero no entiendo lo que está pasando. Después de tanto racismo, sólo ahora se apuran a recordar que Nápoles forma parte de Italia. Durante 364 días del año se habla de ‘siniestrados’, de ‘terroni’, de apestados, todos ataques infames. Ahora se pide ayuda a esta gente, se descubre que es la mejor del mundo. Ahora, después de haber cacheteado a los napolitanos de todas las maneras posibles, algunos les dicen que son italianos, que lo único importante es que gane Italia, por su orgullo nacional. Es increíble, absurdo, ofensivo. De cualquier manera, no creo que yo vaya a partir el corazón de mis tifosi. Por otra parte, es un problema que no debo resolver yo. […] También escuché por ahí: ‘Maradona pasa, mientras que la Copa del Mundo queda’. Sí, quedará, pero a disposición de los otros. Los napolitanos no tendrán siquiera el derecho a mirarla por un instante. ¿No me creen? Está bien. Volveremos a hablar de esto”, dijo Maradona en el artículo “Nápoles me ama” del Corriere dello Sport.

Ardió Italia en pleno mundial. Dijo que ahora se acordaban de los napolitanos, cuando durante décadas los discriminaron por ser “el norte de África”, sucios, vagos, ladrones. Pobres. El norte enfureció. Y los napolitanos enloquecieron. Su hijo máximo, su ídolo, el que les dio una identidad, un motivo de orgullo llevándolos de la mano a la gloria (el Nápoli acababa de ganar el segundo scudetto) y el que ayudó a humillar a los poderosos y opulentos del norte (Roma, Juventus, Inter, Milan), los ponía entre la espada y la pared. ¿Qué hacer? Hinchar por Italia -su país- o por Argentina, el equipo de su Dios todopoderoso? Los diarios pusieron la polémica en las tapas. Se debatió la discriminación que sufrían en el sur, los noteros encuestaban gente en la calle en Nápoles. Muchos decían que hincharían por Argentina y, sobre todo, por Maradona. Y así fue. Argentina jugó de local, en Nápoles. Gracias a Diego.

Ese partido mítico fue, además, el del final de su carrera. Aunque siguió jugando unos años más, ese martes 3 de julio de 1990 se despidió tal vez el jugador más descollante que hayamos visto en la historia del fútbol. Y se despidió a lo grande, a su manera: dejando afuera a Italia, con los dirigentes de la FIFA sentados en el palco, mirando incrédulos como ese petiso morocho de Fiorito les cambiaba la historia que, aseguran, ya había sido escrita para que la final sea entre Italia y Alemania. Diego le arruinó la fiesta a Italia.

Entonces aquella semifinal sirve para explicar lo que pasó después. La vendetta. Un Diego defenestrado por la prensa italiana y sin protección política para los controles anti doping, sin la banca de la Camorra, con los medios de Silvio Berlusconi (presidente del Milan) publicando sus miserias más prohibidas, hasta ese momento convenientemente cajoneadas. Putas y cocaína, faltazos a los entrenamientos, el hijo no reconocido, gira por los boliches hasta la madrugada. Todo era noticia, mugre. Con la FIFA en contra (tras perder la final de Italia 90 Diego apuntó al entonces presidente Joao Havelange, acusándolo de mafioso: “Los de la FIFA no tienen familia”, etc).

Fue el final del futbolista. Y el inicio del mito y la leyenda que lo mantiene vivo hasta hoy. Aunque después haya jugado sin gravitar en Sevilla, Newell’s y Boca, aunque haya dirigido a la selección nacional con Messi, aunque Cuba , Menem y Fidel, su programa de TV, sus internaciones, sus nuevos hijos, Dubai, Dorados, etc. Nada de eso figura en el documental de Kapadia, que prefirió cortar en 1991, una decisión riesgosa porque lo complejo del Maradona persona no se puede explicar sin todo lo muchísimo que pasó después.

Y que sigue pasando.

***

Asif Kapadia con el afiche del documental sobre Diego Maradona (Franco Fafasuli)
Asif Kapadia con el afiche del documental sobre Diego Maradona (Franco Fafasuli)

El documental tiene el sello Kapadia, autor de los muy buenos “Amy” sobre Amy Winehouse (que ganó un Oscar) y el del piloto brasileño Ayrton Senna. Buena edición y ritmo, música impecable, testimonios en off que van salpicando tanto archivo y explicando ciertas cosas que para un extraterrestre que no sepa quién es ni fue Maradona, tal vez le sirvan para entender algo. ¿Quién es Maradona?¿Es? ¿Fue? ¿Será?

También está el testimonio del propio Diego. Kapadia viajó tres veces a Dubai a grabarlo y en algunas entrevistas contó que el Diez, muy a su estilo, no le dio mucha bola, cancelaba citas pactadas, etc. Es una de las maneras que tiene Maradona para mostrar su poder: hacer lo que quiere, en todo momento y lugar. El director grabó nueve horas pero en el filme se lo escucha muy poco. Tal vez un minuto en total, con esa lentitud y voz ronca de los últimos años, diciendo lo que ya había dicho mil veces en otras entrevistas. Debe ser un desafío lograr que diga algo nuevo, algo original, algo que nunca haya contado. El inglés no lo logró.

Pero a su favor hay que decir que enfrascar la vida de Diego en dos horas es una tarea imposible, que prácticamente nace muerta. Kapadia lo intenta y me da la sensación de que no lo logra, pero al menos cumple su tarea con bastante dignidad. Me consta que hizo un meticuloso trabajo de investigación porque hace más de dos años me contactó para hablar por teléfono durante varias horas por el libro que publiqué en 2006; “Vivir en los medios”, sobre la relación del jugador con los medios y el periodismo. Hizo lo mismo con otros protagonistas importantes en la vida del diez que no salen en el documental pero aportaron lo suyo, como Menotti y Bilardo, el periodista Guillermo Blanco (su jefe de prensa entre 1983-85), las hermanas de Diego, compañeros de sus equipos, Guillermo Coppola, periodistas, etc.

Dicho esto, los futboleros y los maradonianos que vayan a buscar fútbol en el documental se irán decepcionados. No es una película sobre el futbolista. La mayor parte de las casi dos horas que dura la película es sobre su vida en Nápoles (84-91). Hay muy pocos goles (ninguno inédito ni poco visto) y no respeta la cronología de su carrera. Hay apenas dos goles con la camiseta de Boca. Tampoco hay con la selección, más allá de los dos a Inglaterra en México 86 y algún otro.

Muchas de las imágenes que aparecen en el documental fueron grabadas por la propia Claudia, como cuando Diego conoció a su primera hija, Dalma, ante el aplauso de los familiares.
Muchas de las imágenes que aparecen en el documental fueron grabadas por la propia Claudia, como cuando Diego conoció a su primera hija, Dalma, ante el aplauso de los familiares.

Pero hay un muy buen archivo. ¿De dónde sacó Kapadia esas imágenes? Logró convencer a dos personas claves: el camarógrafo Laburu y la ex esposa más querida del país, Claudia Villafañe. Laburu entregó por primera vez gran parte de su material y Claudia aportó lo que ella misma grabó con su filmadora a unas entonces bebotas Dalma y Gianinna jugando con su Papá en su casa de Nápoles y también en Buenos Aires. Entonces se puede ver, por ejemplo, la primera vez que Diego vio a su hija Dalma Nerea frente al aplauso de sus familiares.

Kapadia dijo que convenció a la ex mujer del astro de digitalizar esas imágenes porque, de lo contrario, con los años se arruinarían y se perderían para siempre.

Pero el tiempo pasa y los archivos se pierden. En Nápoles, a Laburu lo ayudó un asistente y también camarógrafo, el italiano Luigi “Gino” Martucci (ya fallecido). Cuando se separaron Cyterszpiler y Diego en 1985, Laburu decidió quedarse a vivir en Italia, donde vive aún hoy a los 70 años.

En 2017, a los 58 años, el primer representante que tuvo Maradona, se suicidó. Deprimido, “el Ruso” se tiró al vacío desde una habitación del lujoso hotel Faena. Dicen que nunca pudo superar el dolor de haberse separado de Diego.

La cuestión es que todo ese material fílmico en cintas U-matic y VHS durmió durante más de treinta años hasta que Kapadia pudo desempolvarlas para el documental. Nadie quiere hablar de plata. De perfil bajo, Laburu jamás atiende a los medios ni dice nada sobre aquellos años. Claudia, en Buenos Aires, aceptó dar su testimonio para el documental después de pedirle permiso a Diego.

Cuando se estrenó el documental en el último festival de Cannes, Maradona se enojó porque no le gustó que el título original incluyera la palabra “Estafador”. El título era: “Diego Maradona. Rebel.Hero. Hustler. God” (Rebelde. Héroe. Estafador. Dios). “Yo jugué al fútbol y me gané la plata corriendo atrás de una pelota. No estafé a nadie. No me gusta, no me gusta el título y si no me gusta el título, no me va a gustar la película. No vayan a verla", lanzó Diego desde su Instagram. La bomba atómica hizo recular a Kapadia. El título del documental, entonces, se estrenó en Buenos Aires sin la palabra “Hustler”.

El Diez había demostrado su poder.

Una vez más.


*Autor de “vivir en los medios. Maradona off the record” sobre la relación entre Maradona y la prensa (2006, Editorial Marea)