El reciente estreno mundial de la adaptación cinematográfica de la Odisea de Homero por parte del guionista y director Christopher Nolan, como era de esperar, ha suscitado pluralidad de opiniones. A la hora de presentar este film el cineasta contaba ya con merecido 2023. Por tal motivo esta película era aguardada con mucha expectación, entre otras cosas, porque se trataba de la superproducción de un cineasta de valía en la que, además de la inversión de grandes sumas de dinero, había incorporado en su reparto a varios actores de prestigio. Destaco que, con antelación a este trabajo, hubo otros ejemplos de llevar la Odisea a la pantalla grande, sin la fortuna con que lo ha hecho Nolan. El director tomó como base la traducción en verso de la Odisea que la helenista Emily Wilson, de la Universidad de Pensilvania, publicó en 2017, con algunos ajustes para aligerar el texto. Si bien la bibliografía sobre la obra homérica es inabarcable, específicamente sobre la figura de Odiseo —o Ulises en su nominación latina— es de rigor la consulta de The Ulysses Theme del helenista irlandés W. B. Stanford (hay traducción española).
La confrontación de esta película con la epopeya homérica amerita reflexionar una vez más, entre otras cuestiones, sobre el asunto de la transposición: una suerte de adaptación de la obra literaria al lenguaje cinematográfico. Como es natural, este trasvasamiento implica cierta transformación de la pieza literaria debido al pasaje de palabras a imágenes y sonidos. El film no pretende ser una copia exacta, aunque sigue al relato homérico, para lo cual conviene recordar el parecer de Virginia Woolf: el cine debe dejar de ser sentido como “parásito de la literatura”, desechando de plano la noción de transformación como perversión. Por tanto, hay que superar el prurito de que el film debe ser fiel a la obra literaria.
Aunque parezca verdad de Perogrullo, es preciso recalcar que lo que vemos en la pantalla es la Odisea de Nolan, no la de Homero, aunque aquella se base en la de este. Además, no es atinado comparar ambas creaciones ya que se trata de medios distintos. El poema pertenece al mundo de la palabra, mientras que el cine al audiovisual, lo que hace que el relato literario atienda en especial a estados de conciencia, en tanto que el cine a la construcción de una realidad. Perspectivas diferentes que han permitido al guionista George Bluestone afirmar que “la transformación de una forma a la otra produce una entidad nueva, completamente autónoma” (cf. su Novels into Films).
PUBLICIDAD
Cuestiones a considerar:
I. ¿Qué es la Odisea de Homero?
Toda vez que nos enfrentamos a esta obra, e incluso si podemos leerla en el griego homérico, estamos ante una falacia ya que cuando el tal Homero, entre los siglos IX y VIII, compuso este largo poema (poco más de 12.200 versos en su estado actual), Grecia no conocía la escritura alfabética que recién alcanzó la península helénica en torno al 700 a. C., procedente del mundo fenicio. Las epopeyas homéricas eran declamadas por profesionales del canto, los rapsodas, en ceremonias públicas acompañados musicalmente por un instrumento de cuerdas —el fórmix—, vulgarmente conocido como la lira homérica. La Odisea —al igual que la Ilíada— fue compuesta oralmente como ha demostrado con rigor científico el filólogo Milman Parry mediante el estudio comparativo de los rapsodas griegos con los guslari servo-croatas, es decir declamadores contemporáneos de la zona balcánica; estos, como sus antecesores griegos, al ser analfabetos, se valían de otros recursos en favor de la memorización.
La helenista Florence Dupont, en un valiso ensayo —La invención de la literatura— significativamente subtitulado De la embriaguez griega al libro latino, destaca que cuando leemos el poema, incluso si lo leemos en el primitivo dialecto jónico, estamos ante un producto de laboratorio —la escritura, sucedánea de la oralidad—. El primitivo poema homérico era recitado en ceremonias públicas donde circulaba la bebida que entonaba a la audiencia, por esa causa Dupont habla de la ivresse ‘embriaguez’ —en lenguaje nietzscheano acaso su impronta dionisíaca—. Nosotros, en cambio, lo leemos en soledad y, si es posible, ante riguroso silencio, con lo que, además de la pérdida de la frescura propia de cada performance, se anula el aspecto convivial.
PUBLICIDAD
Cabe recordar que las composiciones homéricas fueron llevadas a forma escrita, mediante papiros, por orden de Pisístrato, týrannos ‘monarca absoluto’ de Atenas, y luego de sus hijos, los Pisistrátidas, en el siglo VI a. C., ante el temor de que tales composiciones se perdieran; empero, sucedió exactamente lo contrario pues, desde entonces, dejó de haber rapsodas que las memorizaran, en tanto estaban conservadas en forma escrita. Esos rollos papiráceos fueron depositados en las antiguas bibliotecas, así la de Atenas, la de Platón, la de Aristóteles, la de Alejandría, la rival de Pérgamo, las que fueron destruidas por guerras, incendios, terremotos u otras devastaciones, lo que significó la pérdida de tales composiciones. Fue paciente labor de filólogos alejandrinos la reconstrucción de esas epopeyas recogiendo fragmentos de un lado y de otro, enlazándolos con un criterio tanto conceptual cuanto estético, tal el estado como las conservamos hoy, divididas por razones didáctico-metodológicas en 24 cantos, nominados cada uno con las 24 letras del alfabeto helénico.
II.
Según dijimos, el bardo ciego que compuso la Odisea, que la tradición recuerda como Homero, vivió entre los siglos IX y VIII. En esta epopeya, de manera fantástica —no hay que perder de vista esta apreciación—, el poeta evoca el accidentado viaje del héroe tras su partida de la Troya en llamas, temporalmente localizado en el fin de la edad del bronce, i. e. en el siglo XII a. C. Hay por tanto unos cuatrocientos años que separan al aoidós ‘el aedo, el poeta’ de ese período mítico-histórico en que tiene comienzo el atribulado viaje de Odiseo, lapso que permitió al tal Homero ahondar en el terreno de la fantasía que, en esta composición, tiene peso específico.
Esta larga epopeya es, como con razón formula Borges, una novela, digamos, la primera novela conocida de la literatura occidental —no sorprende que esté en verso, también en verso están las novelas del ciclo bretón— en la que abundan las leyendas, la magia y mil encantos del ámbito de lo maravilloso. Tales los elementos que Christopher Nolan, con cuidada maestría, vuelca en su creación, poniendo énfasis en lo monstruoso. Así, pues, desfilan los lestrigones, la maga Circe, el salvaje Polifemo, Escila y Caribdis, los lotófagos y, entre otros, el enigmático canto de las Sirenas que no es sino un canto de muerte. Todas estas figuras se le presentan peligrosamente al héroe como pruebas que, sin desmayo y pese a la animadversión de Poseidón, debe sortear para lograr su propósito: retornar a su isla donde reencontrarse con su fiel mujer y su hijo. Con todo, pese a esas experiencias atroces, de manera simbólica a lo largo de ese periplo, Nolan nos muestra conductas clave como la solidaridad, la astucia o el delicado equilibrio entre dioses y hombres, sugiriendo con ello la espinosa cuestión del determinismo frente al libre albedrío en la primitiva tradición griega. Sobre la astucia recordar que Odiseo parte hacia Troya con unos 500 hombres y 12 naves —según se lee en el canto II de la Ilíada y en el IX de la Odisea— y llega solo, tras imponerse sobre las inclemencias del mar, en los restos de una almadía.
PUBLICIDAD
El mito de Odiseo es un mito universal y transversal a todas las culturas, como ha demostrado J. Campbell. Ahondando en el posible valor ontológico de los mitos, según sugiere W. Otto, este tipo de leyendas parece decirnos que las energías cósmicas inciden sobre la conducta de los hombres. A diferencia de Aquiles, prototipo del héroe guerrero, Odiseo se presenta como un héroe burgués, tal como apuntan M. Horkheimer y Th. Adorno en su famosa Dialéctica de la Ilustración, donde destacan de él la razón y el cálculo ante situaciones adversas. Subrayo también el valor simbólico que cobra el Mediterráneo, presente a lo largo de todo este film.
III.
En el caso de la Odisea que comentamos conviene no perder de vista la intención del guionista y director de poner énfasis en la crueldad y sinsentido de las guerras —donde pierden todos, así lo subrayaron las estudiosas Simone Weil y Rachel Bespaloff al comentar la Ilíada—. Tal lo que percibe y destaca Nolan, lo que está en consonancia con el clima de época que le toca vivir: crudelísimas guerras por doquier que conllevan tanto sinsentido y tanto dolor en un horizonte incierto cada vez más desolador. Así, pues, al comienzo de la película y también al final, como encuadre simbólico, se advierte un denuesto contra la guerra.
IV.
En cuanto a los personajes, notable la labor de Matt Damon en el papel de Odiseo, para el que debió prepararse “físicamente” durante muchos meses; también notable el de la excelente actriz Anne Hathaway encarnando en la pantalla a la paciente Penélope. De valor los papeles de Samantha Morton como Circe y emocionantes los de Ryan Hurst como el fiel Mentor o el del colombiano John Leguizamo, como Eumeo, el respetable sirviente de Odiseo. Un caso singularísimo es la intervención en el film de la actriz de color Lupita Nyong’o, de cautivante belleza, en sus papeles de Helena, esposa de Menelao, y de su hermana Clitemnestra. Esta intervención, que puede resultar extraña al desprevenido espectador, quizá sea un “guiño” al historiador británico Martin Bernal, quien en su polémico trabajo Black Athena. The Afroasiatic Roots of Classical Civilization (1987) plantea, bajo nueva mirada, que en la conformación de la civilización helénica hubo “contribuciones decisivas” de las civilizaciones egipcia y fenicia, según descubre en relatos y mitos de los antiguos griegos sobre su origen, los que este scholar pretende probar mediante vestigios arqueológicos. Otra nota original del trabajo de Nolan ha sido la inclusión del rapero Travis Scott, quien, como recuerdo de los antiguos rapsodas, aparece en varias ocasiones en el film golpeando el piso con su báculo, como acompasando el ritmo de los hexámetros del poema.
PUBLICIDAD
Las primeras escenas de su largo film —dura casi tres horas sin cansar al espectador— son de extrema crudeza: las patéticas imágenes de la Troya asediada por los aqueos, el mítico caballo agazapado en la playa, Polifemo devorando a compañeros de Ulises, la maga Circe mutándolos en cerdos, Escila y Caribdis sumergiéndolos en las aguas procelosas del estrecho, hasta que, cuando se produce el arribo del héroe a la isla de Ítaca, el film adquiere una dimensión humana, por momentos, conmovedora. Así sucede con la anagnórisis ‘reconocimiento’ del héroe, travestido en haraposo mendigo, por parte de su perro Argos, que aguardaba la llegada de su amo para morir, por no mencionar los reconocimientos de Telémaco, su hijo, o de Penélope.
En esos momentos el film alcanza alto grado de humanidad. Tras la matanza de los pretendientes —terrible la que sucede al violento Antínoo— por parte del héroe, de gran ternura el diálogo con su esposa, enriquecido por las miradas enternecedoras de ambos. Al igual que Argos, el perro al que hemos aludido, también el héroe aguardó el regreso para morir. La imagen del mar a la hora del ocaso, en que el sol se esconde tras el horizonte, sugiere la sensación de que la aventura del mítico Odiseo, mejor dicho, la anhelada intención del nóstos ‘el regreso’, ya ha concluido. Queda en el aire, como flotando, el hilo del recuerdo. En Homero y en Nolan se ve cumplida la función del artista, según sugiere Borges: trasmutar la realidad en símbolos para que perdure en la memoria de los hombres, ya en formas, sonidos, relatos o en films, como en este caso.