A 90 años del trágico final de Robert E. Howard, el rey del Pulp

La antología del creador de ‘Conan el Bárbaro’ publicada por el sello Walden, permite acercarse a la particular existencia de un escritor que dominó las revistas literarias hasta que concluyó su vida en 1936

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Robert E. Howard en un retrato de 1934

Lo primero que hizo Robert E. Howard cuando leyó la carta del editor de la revista Weird Tales fue saltar de alegría. Un cuerpo enorme y macizo rebotando en el living de la casa. Luego abrazó a su madre, la levantó del suelo, sus piecitos quedaron pataleando en el aire. La carta decía que “Lanza y colmillo”, el cuento que había enviado, se publicaría, y además, que le pagarían. Faltaría varios meses para eso —finalmente salió en la edición de julio de 1925—, no importaba: estaba adentro. Y esperaban más relatos.

Robert ya no era un nene, tenía 18 años. Su primer cuento lo escribió a los nueve, tal vez diez. Ya había publicado dos textos en la revista de la escuela. Fue su madre, Helen, la que le metió la literatura en la cabeza. Lo hizo con cariño y determinación. Quizás haya sido una forma de alejarlo de su padre, un médico rural que estaba poco en la casa —Helen, celosa, pensaba que tenía otro familia— y que había endeudado a la familia por caer en una estafa de negocios. Problemas de plata y de convivencia.

Creció en varias ciudades de Texas —se mudaban cada uno o dos años por el trabajo de su padre—, hasta que en 1919 se asentaron en Cross Plains, un pueblo de dos mil habitantes en plena explosión del petróleo. En esa época, que el boxeo era muy popular, Robert entrenaba todo lo que podía, pero lo que más le gustaba era escribir. El arreglo con su padre fue este: estudiaría contador y una vez recibido se tomaría un año para probar con la literatura. Si fallaba, volvía a los números definitivamente.

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ste escritor estadounidense, creador de personajes como “Conan el Bárbaro” y del género “Espadas y hechicería”

“A-aea se agazapaba a la entrada de la cueva y miraba a Ga-nor con ojos llenos de admiración. Sus labores le interesaban, y él también, pero Ga-nor estaba demasiado concentrado en su trabajo para notarla. Sujeta en un recoveco de la pared, una antorcha iluminaba levemente la amplia cueva y, bajo su luz, Ga-nor trazaba con gran esfuerzo figuras en la pared”. Así comienza “Lanza y colmillo”. Es el cuento que abre El rey del pulp, una antología que acaba de editar Walden, traducida por Juan Pablo Martese.

A partir de ese texto, a Howard se le abrió el mundo y entre 1924 y 1936 publicó más de trescientos relatos en Weird Tales, Argosy y Action Stories, revistas impresas en papel barato de pulpa de madera y tiradas de miles y miles y miles de ejemplares. Ciencia ficción, western, horror, aventura histórica. “No eran considerados alta literatura, sino más bien ejercicios pasatistas, como lo serían las revistas de historietas hacia fines de los años treinta”, se lee en el prólogo del libro. En ese universo, Howard se volvió rey.

“Lanza y colmillo” se sitúa en un mundo prehistórico habitado por cromañones y neandertales. Es de un imaginario poco habitual para nuestra época, pero también para la suya: mientras sus pares se abocaban a los avances de la tecnología, él miraba en su reverso, un primitivismo sepultado. “Tanto la chica como el joven eran especímenes perfectos de la gran raza de Cromañón, que surgió de quién sabe dónde para anunciar e imponer su supremacía sobre los animales y los hombres bestia”, se lee.

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"El Rey del Pulp" de Robert E. Howard, edición de Walden

El rey del pulp avanza construyendo más universos. Cada uno gira sobre su propio eje. Todos, de una narración trepidante. Uno sobre un tesoro oculto en un templo hondureño, otro sobre traficantes de esclavos, la historia de un viejo colono que no envejece y, cuando el doctor le dice que morirá esa misma noche, le responde: “¿A quién le importan un par de huesos rotos y unas tripas retorcidas? ¡A nadie! Lo que importa es el corazón. Mientras late, un hombre no muere. Mi corazón está sano. ¡Escúchalo! ¡Siéntelo!"

La historia de un hombre que pasó de dominar las revistas literarias de principios del siglo XX a ponerle el punto final a su vida en 1936

Atrás fueron quedaron todos esos trabajos extenuantes, precarizados, monótonos. Se volvió un escritor de renombre. Construyó personajes, por entonces muy nombrados, como Solomon Kane, Bran Mak Morn, Kull el Conquistador, El Borak. El más trascendente fue Conan el Bárbaro, que apareció por primera vez en la Weird Tales en 1932. Se volvió una serie de cuentos, de historias, de relatos. Luego, tras su muerte, sí: novelas, cómicos, películas, programas de televisión, videojuegos.

En esa escritura voraz, desatada, arrolladora, fue que estiró los elásticos del género de fantasía épica y creó un subgénero: espada y hechicería. Conan el Bárbaro es el mejor ejemplo. Héroes que blanden espadas en pasados remotos que se mezclan entre la Edad Media y el misticismo, siempre batallando contra enemigos mágicos y terribles. Un imaginario que bebe de la Odisea de Homero y de la mitología nórdica. El término apareció en 1961, en una conversación entre Michael Moorcock y Fritz Leiber.

Fue un gran amigo de H.P. Lovecraft. Se escribieron cientos de cartas. Se leían, se apreciaban, se criticaban. Howard recibió el apodo de Two-Gun Bob (Bob Dos Pistolas), una referencia a las largas explicaciones sobre la historia de Texas y los pistoleros. Debatían mucho sobre el antagonismo civilización-barbarie. Howard sostenía que “la barbarie es el estado natural de la humanidad” y que “la civilización es antinatural”. Para Lovecraft, en cambio, la civilización era la cima de la humanidad, su gran progreso.

Robert E. Howard en 1933

Hacía calor en Texas. Era la mañana del 11 de junio de 1936. Howard se subió a su Chevrolet Sedán 1935 estacionado en la puerta de su casa pero no arrancó. Habrá puesto las manos en el volante, lo habrá apretado con fuerza, habrá mirado varias veces por el espejo retrovisor, se habrá secado la transpiración en la frente con el puño de la camisa, habrá dudado. Pero no. En un movimiento rápido, decidido, abrió la guantera, sacó una Colt automática, se la puso en la sien, cerró los ojos con fuerza y disparó.

Los doctores que atendían a su madre, que estaba internada por tuberculosis y que había entrado en un coma profunda, le acababan de decir que jamás despertaría. Su madre, la madre, todas las madres. No quiso imaginar un mundo sin ella, mucho menos estar en ese mundo. Dicen que dejó una nota de suicidio: un papel en su billetera con versos de la poeta británica Viola Garvin: “Todos huyeron, todo terminó, / así que levántame a la pira; / El festín ha terminado / y las lámparas se apagan”.

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