Tierra herida, la nueva novela de Gabriela Exilart publicada por Plaza & Janes, sitúa su historia a comienzos del siglo XX, en un período de crecimiento y organización de la Argentina. Transcurre en Tandil y describe el trabajo de inmigrantes en canteras bajo condiciones inhumanas, un escenario que empuja rebeliones obreras y las primeras manifestaciones de feminismo. El relato retoma el destino de la familia Aguilar y construye una trama de amores cruzados, secretos y disputas sociales. La narración sigue a Ana, maestra de escuela, cuyas vivencias pasadas y pesadillas se entrelazan con la llegada de Catriel y el recuerdo de Prudencio, un joven de origen indígena.
A los 42 años, Ana vive en La Señalada y arrastra el trauma por el asesinato de su padre durante su infancia, a manos de seguidores de Tata Dios. Dueña de la estancia y con un matrimonio difícil con un hombre de trato seco, también es madre de Sandro, que trabaja en un banco en la ciudad tras imponerse al deseo de su padre de verlo en el campo. En paralelo, Celestina queda envuelta en una acusación de asesinato que altera el rumbo de su vida. La obra explora cómo la inmigración, las reivindicaciones sociales y las transformaciones de época moldean a sus protagonistas.
Gabriela Exilart es escritora, abogada y profesora universitaria, reconocida principalmente por sus exitosas novelas de ficción histórica y romance. Nacida en Mar del Plata, Argentina, el 19 de agosto de 1970, ha logrado posicionarse como una de las autoras referentes del género en su país. Entre sus obras están Tormentas del pasado, Renacer de los escombros, Napalpí. Atrapada en el viento, Los hijos de la cosecha y El secreto de Azucena. A continuación, un fragmento de Tierra herida, cuyo subtítulo es “Mujeres valientes, hombres apasionados, y una revolución en marcha”.
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Primera parte: La Señalada, alrededores de Tandil, invierno de 1906
Esa noche Ana tuvo otra vez las pesadillas. Hacía años que no dormía en paz. Las imágenes atroces la hicieron gemir y sollozar al punto de despertar a su marido, que solía tener el sueño pesado luego de varias copas de vino.
—Shhh, dejame dormir —se quejó él, se dio vuelta y se cubrió la cabeza con la almohada.
Ana se había desvelado y prefirió levantarse; se había acostumbrado a dormir poco. Con sigilo, se vistió y salió del cuarto. La casa estaba en silencio, todos dormían. Tomó un abrigo de lana del perchero que había al lado de la puerta y salió a la galería. Miró el cielo, empezaba a clarear, calculó que serían más de las seis de la mañana. Unas nubes gruesas anticipaban lluvia. La niebla se extendía casi al ras del suelo y los lugares conocidos estaban deformados en siluetas fantasmales. Se sentó en uno de los escalones, como cuando era niña, aunque a sus cuarenta y dos años estaba lejos de serlo. El frío se hizo sentir, tiritó y se envolvió con los brazos. Aspiró hondo, olía a tierra húmeda, a lluvia inminente. Lanzó un suspiro y vio su aliento convertido en vapor. Todo era silencio, salvo por algunos crujidos lejanos, ramas movidas por el viento o el canto tímido de algún pájaro madrugador.
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Recordó su infancia y el origen de sus pesadillas. Allí mismo, muchos años atrás, los locos de Tata Dios habían asesinado a su padre. Cerró los ojos un instante y se remontó a esos tiempos.
La muerte de su madre a causa de una enfermedad, y poco después la de su papá. Su traslado a la estancia Las Flores, con su tía y su abuelo, los secretos familiares, Miguel, ese primo que le había aparecido de un día para el otro y con el cual había forjado una verdadera amistad con el correr de los años... Y Prudencio, aquel muchacho indio que habían cobijado bajo su ala los hermanos Aguilar y que un día se había ido sin siquiera despedirse. No entendía por qué pensaba en él tantos años después; como si su mente lo hubiera borrado durante décadas y las pesadillas lo hubieran traído de vuelta. “¿Qué habrá sido de su vida? ¿Habrá encontrado sus orígenes?”, se preguntó. Sabía, por boca de su tía, que Prudencio había abandonado la estancia de Facundo Aguilar porque necesitaba recuperar sus raíces. Ana recordó el día que le preguntó por sus padres y el muchacho se entristeció. La familia del chico había muerto a manos de los soldados: sus padres y un tío. Prudencio apenas tenía cuatro años y había sido depositado en la iglesia, de donde lo habían rescatado los Aguilar.
Perdió la noción del tiempo, el cielo se aclaró del todo; Ana advirtió que ya casi no había nubes. El viento había corrido la lluvia. Escuchó ruidos que venían de la cocina. Vio algunas siluetas que se acercaban a los corrales, enseguida aparecieron los perros. Se levantó y se estiró. El canto del gallo anunció que un nuevo día había comenzado. En los corrales cercanos, escuchó al resto de los animales, algún mugido, un relincho y el cacareo de las gallinas.
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Fue a la cocina y puso la pava a calentar.
—Buen día, señora —dijo Josefa—, yo se lo preparo. —Buen día, Josefa, ya te dije mil veces que no me digas señora. —Ana meneó la cabeza—. Tu mamá me limpiaba los mocos cuando era chica, y vos me decís señora —se rio. —Mi mamá es mi mamá, y yo soy una empleada. —Sos terca como ella —dijo Ana, y se preparó el mate.
La chica se puso el delantal y sonrió. No se animó a contestarle, pero sabía que Ana había sido una nena complicada, tanto por sus pesadillas como por su inteligencia temprana.
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—Mi querida Ramona —siguió Ana—, ella fue una segunda mamá para mí, más incluso que mi tía. —Lo sé, señora, mamá la quiere mucho. —Y yo a ella.
Ramona ya no trabajaba; su marido, José, continuaba supervisando cuestiones de hacienda, pero ahora ambos vivían en el pueblo, en una casita que habían logrado comprar luego de unos cuantos años de ahorro.
Apareció Sandro, el hijo de Ana, y luego de saludar a su madre le pidió un mate. Sentados a la mesa de la cocina compartieron unos verdes y galleta de campo con manteca y miel, que Ana preparó para ambos.
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—No sé por qué esa manía de arrimarse a la cocina para desayunar —dijo el marido, que ingresó sin siquiera saludar y tomó un pedazo de pan.
Ana y Sandro se miraron, pero ninguno dijo nada, ya estaban acostumbrados a sus malos modos.
—¿No vas a la escuela hoy? —preguntó mirando a su mujer. —Son vacaciones de invierno. —Claro, vacaciones... —Tomó el mate que su esposa le extendió, lo sorbió de golpe y enfiló para la puerta del fondo. Salió sin saludar, como era su costumbre.
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Sandro se preguntó por qué su madre aguantaba que su esposo fuera tan seco con ella, después de todo, no dependía de él como tantas otras mujeres del pueblo. Ana era dueña de la estancia y además tenía un trabajo como maestra en la escuela de Cerro Leones.
El muchacho tomó el último mate y se levantó. Besó a su madre en la mejilla y salió también por la puerta de atrás. Trabajaba en la ciudad, era cadete en el Banco de la Provincia de Buenos Aires. Había conseguido el empleo por intermedio del tío de Ana, Facundo Aguilar.
Ana terminó de desayunar y salió al exterior. Hacía frío, quizás nevara. Vio la polvareda que había levantado Sandro al irse; se sintió orgullosa de él. El muchacho no estaba hecho para el campo, y pese a que el padre había insistido para que trabajara con los animales, su hijo se había impuesto.
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—Necesita hacerse hombre, y para eso qué mejor que andar con los peones, campo adentro —había dicho.
Ana tuvo ganas de retrucarle que por qué no iba él campo adentro, en vez de andar de bar en bar gastando su dinero, pero se abstuvo. A su esposo lo había afectado mucho la muerte de su madre, que había vivido con ellos en la estancia hasta que la enfermedad se la llevó, un año atrás. Y así había perdido su trabajo en una de las primeras queserías de Tandil, porque había empezado a faltar y los dueños prescindieron de sus servicios.
Por momentos, Ana sentía pena por él. Su esposo no tenía hermanos y su madre había sido su gran soporte. Lo había criado sola, dado que su padre los había abandonado cuando se enteró del embarazo. La mujer había acarreado a su hijo de pueblo en pueblo, hasta que recaló en la capital y encontró trabajo como sirvienta, con cama adentro. Allí fue donde lo conoció Ana.
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