Cinco novelas para leer a Irán: una íntima mirada a la vida bajo vigilancia

Las experiencias narradas por estas escritoras contemporáneas evidencian cómo amor, educación y memoria se tejen bajo estrictas estructuras de control religioso en un territorio milenario

Las novelas sobre Irán escritas por mujeres exploran la vigilancia y la represión en la vida cotidiana iraní contemporánea

Muchas veces son las historias mínimas las que mejor dan cuenta de los grandes momentos históricos de la humanidad: una sala de estar donde unas mujeres leen a escondidas, una papelería donde dos adolescentes se pasan libros y promesas, una cocina donde una madre hace cuentas en silencio, un patio con un jacarandá, un aula, una celda. El Irán que describen ciertas novelas y memorias escritas por mujeres pertenece a esta categoría. Su historia, cuando entra en la literatura, rara vez lo hace como una cronología de grandes hechos. Entra con el ritmo de una respiración íntima. En estos libros el amor no aparece como un lujo sentimental, sino como una zona de riesgo. No hace falta que ocurra gran cosa para que se active el castigo. A veces alcanza con una carta doblada, una conversación demasiado larga, una mirada sostenida un segundo más de lo permitido. El deseo, antes de convertirse en acto, ya puede ser acusado. Y esa es una de las revelaciones más persistentes de este conjunto de libros: en ciertos órdenes morales, amar también compromete.

La muchacha que aprende esa lección en una casa severa de Teherán, la niña que descubre que la revolución se mete hasta en la ropa y en el lenguaje, la profesora que convierte su living en refugio intelectual, los hijos marcados por la prisión de sus padres, la mujer que envejece en Estados Unidos sin haber logrado cerrar una escena de su juventud: todas pertenecen a mundos narrativos distintos, y sin embargo parecen formar parte de una misma conversación. No se trata solo de historias ambientadas en Irán. Se trata mas bien sobre lo que sucede cuando la vida privada deja de ser privada y pasa a ser vigilada por la familia, por el Estado, por la ideología, por la religión convertida en administración del comportamiento, por una comunidad que mira y juzga, y también por la memoria, que a veces resulta la forma más devastadora de la vigilancia. Leídas juntas, estas obras arman una posible cartografía de la precariedad de las cosas. Lo que cambia de un libro a otro es la época, la clase social, la edad de las protagonistas, el idioma en que esas experiencias terminan siendo narradas. Lo que permanece es la sensación de que vivir implica negociar constantemente con fuerzas que exceden a la voluntad individual. El amor, la lectura, la educación, la maternidad, la amistad, incluso la nostalgia, son experiencias atravesadas por estructuras de control.

Marjan Kamali y la papelería donde nace el amor prohibido en "La joven de Teherán"

En La joven de Teherán de Marjan Kamali, una joven encuentra en una papelería el equivalente de un porvenir. No solo por los cuadernos, las tintas, la delicadeza material del papel, sino porque ese local le ofrece la posibilidad de una vida hecha de conversación, curiosidad, elección. La modernidad aquí resulta ser la simple intimidad cultivada: leer, pensar, enamorarse de alguien a quien uno ha elegido. Pero incluso ese pequeño territorio, tan modesto y tan decisivo, resulta frágil frente a los movimientos de la historia. Un país se reordena, las lealtades se endurecen, las familias intervienen, los miedos de clase y las conveniencias hablan más alto que los deseos de los jóvenes. Lo que podría haber sido apenas una historia de amor frustrado se convierte, con el paso del tiempo, en una meditación sobre la libertad y ese en esta búsqueda que el impulso de reconstruir lo ocurrido busca desarmar el relato oficial que está por encima y por afuera de la experiencia personal. reconstruir para comprender no cura del todo, pero a veces devuelve una forma mínima de soberanía sobre la propia vida.

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Marjan Kamali inspira con una historia donde una papelería se convierte en escenario de sueños, conversaciones y sentimientos que desafían las normas de una sociedad rígida

En otra de estas historias, El libro de mi destino de Parinoush Saniee, Masumeh es una adolescente inteligente, observadora y llena de energía que crece en una familia tradicional en Teherán. A los quince años conoce a Said, un aprendiz de farmacéutico; entre ambos nace un vínculo intenso, hecho de miradas, pequeñas conversaciones y el vértigo del primer amor. Pero el romance, en esa sociedad vigilada por la honra familiar y por los hermanos varones, se vuelve peligroso: cuando la relación sale a la luz, su padre se siente humillado y sus hermanos reaccionan con violencia moral y control. Masumeh es castigada: la encierran, la aíslan, le cortan el acceso al mundo exterior; su “culpa” no es un acto, sino el deseo. En una versión iraní y contemporánea de Romeo y Julieta, a Masumeh, acorralada, se le presenta la única la única salida “aceptable” que es un matrimonio concertado con Hamid, un hombre culto y afable (en comparación con el entorno áspero que la rodea), pero aun así el matrimonio nace de una imposición: Masumeh entra en la adultez con una vida ya decidida.

A partir de ahí, la novela se vuelve una crónica de supervivencia: maternidad, economía doméstica, amistades discretas, y el constante trabajo interior de no desaparecer dentro del rol asignado. A lo largo de los años, Masumeh atraviesa el clima social y político que va transformando el país y la vida cotidiana, y el libro muestra cómo esos cambios públicos se sienten en lo íntimo: en la calle, en la escuela, en el modo en que se juzga a una mujer. En este caso, cambian los gobiernos, cae una monarquía, se impone una república religiosa, llega la guerra, cambian las palabras que justifican la obediencia. Pero lo notable es que el control no surge de la nada con el nuevo régimen. Ya estaba ahí, instalado en la estructura familiar, en la autoridad del padre, en la vigilancia de los hermanos, en la idea de que la conducta femenina es patrimonio colectivo. Lo que hace la nueva etapa histórica es ofrecerle a esa lógica privada una retórica pública, una legitimidad superior, una especie de burocracia del patriarcado. Lo que antes era mandato doméstico se convierte también en moral estatal.

El drama imparable de Masumeh en "El libro de mi destino"

Sin embargo, reducir estos libros a una denuncia lineal sería empobrecerlos. Ninguno trabaja con caricaturas simples. La religión, por ejemplo, no aparece como una masa uniforme. A veces se presenta como consuelo, como herencia afectiva, como lenguaje en el que ciertas generaciones todavía saben nombrar la esperanza. Otras veces se vuelve un aparato de disciplinamiento, tomada por el poder para justificar silencios, castigos, exclusiones. Entre una forma y otra se despliega una de las tensiones más interesantes de estas narraciones: la distancia entre la fe como experiencia íntima y la moral religiosa convertida en sistema de vigilancia.

La intensa novela de Parinoush Saniee sigue a una joven atrapada entre el amor adolescente y la vigilancia familiar, mostrando el pulso de una sociedad donde cada deseo puede ser delito

Uno de los sucesos literarios mas radicales de los últimos años es la historieta Persépolis de Marjane Satrapi. Marji es una niña de Teherán que crece en una familia politizada y afectuosa, con padres modernos y una relación central con su abuela. El relato arranca en el momento en que la Revolución Islámica reconfigura la vida cotidiana: la escuela se segrega, el velo se vuelve obligatorio, y la calle se llena de consignas, marchas y una moral pública que no admite matices. Marji vive todo eso con la literalidad y la imaginación de la infancia: quiere ser profeta, quiere justicia, quiere entender por qué “de pronto” algunas cosas están prohibidas. Allí donde el discurso político se reviste de solemnidad, la infancia lo vuelve literal, y en esa literalidad se revela muchas veces el absurdo. Una niña oye hablar de ‘martirio’, ‘paraíso’, ‘deber’, ‘enemigo’, ‘pureza’, y toma esas palabras en serio.

El resultado puede ser cómico por momentos, pero la comicidad se quiebra rápido cuando se comprende que detrás de ese lenguaje hay cuerpos expuestos, vidas que se pierden, adolescencias arrancadas de raíz. La experiencia del exilio añade otra capa. No como simple liberación geográfica, sino como prueba de que abandonar un país no equivale a dejarlo atrás. La joven enviada a Europa para ponerse a salvo encuentra libertades nuevas, sí, pero también desamparo, exotización, racismo y precariedad emocional. Tal vez por eso una de las preguntas más hondas que plantean estos textos no sea solamente qué ocurrió en Irán, sino desde dónde se cuenta Irán. Desde adentro, bajo censura. Desde la diáspora, con la libertad y las distorsiones que trae el mercado internacional. Desde el persa. Desde el francés. Desde el inglés. Desde la memoria de quien se fue. Desde la experiencia de quien se quedó. No hay un solo país en esas páginas, sino varios superpuestos, a veces en conflicto entre sí.

Marjane Satrapi y 'Persépolis': La infancia rebelde que conquistó al mundo literario

También por eso la lectura ocupa un lugar tan central. Leer, en estas obras, nunca es un pasatiempo inocente. Es un acto que abre una cámara de aire. Un modo de ensayar otras versiones de una misma vida. Un lugar donde la imaginación todavía puede moverse sin permiso. Cuando un grupo de mujeres jóvenes se reúnen para discutir novelas en una sala privada, el gesto parece pequeño, casi doméstico. De eso va Leer Lolita en Teherán, de Azar Nafisi. El libro no se narra como una novela lineal, sino como una memoria que usa la literatura como método para pensar la vida bajo la República Islámica. Nafisi cuenta su regreso a Irán durante el período revolucionario y su trayectoria como profesora: primero en la Universidad de Teherán y luego en otras instituciones; describe la presión ideológica, los códigos de conducta, el control sobre el cuerpo de las mujeres (incluido el velo) y el modo en que la universidad se convierte en un espacio de vigilancia y “corrección” moral. Pero justamente ahí reside su fuerza.

Lo que debería ocurrir de manera natural en una universidad o en el espacio público debe desplazarse al interior de una casa. Y ese traslado dice mucho sobre el mundo exterior. La literatura aparece entonces no como adorno o una pose, ni siquiera solamente como refugio, sino como tecnología moral. Sirve para reconocer mecanismos de dominación, para ponerle nombre a lo que en la vida diaria se vive confusamente, para sostener la complejidad contra toda simplificación doctrinaria. En sociedades donde el poder exige definiciones cerradas, la ambigüedad de una novela puede volverse una forma de resistencia. Un personaje contradictorio, una escena no resuelta, un deseo ilegible para la propaganda: todo eso desafía el hambre de pureza de los sistemas autoritarios.

La icónica autora Marjane Satrapi narra su niñez en Teherán, mezclando humor y crudeza, en una historieta que transformó la visión sobre Irán y la experiencia femenina en tiempos de revolución

Y después está la prisión, la dimensión más extrema de esta historia. A la sombra del árbol violeta de Sahar Delijani es una novela coral que abre con una imagen brutal: una presa política da a luz en Evin, la prisión emblemática de Teherán. La bebé -Neda- solo podrá quedarse con su madre unos meses antes de que se la arrebaten. Desde ahí, el libro arma un mosaico de vidas: Neda, Omid y Sheida (entre otros) crecen como “hijos” de una historia que no eligieron: padres encarcelados, ausentes o ejecutados; madres rotas; abuelos que crían en silencio; amistades que se forman entre visitas a prisión y rumores. El “árbol violeta” (jacarandá) funciona como emblema: sombra, refugio, memoria.

Sahar Delijani alterna capítulos y puntos de vista para mostrar cómo la represión no es un evento, sino un clima: afecta la escuela, el lenguaje, el amor, el humor, el futuro. En la infancia, estos niños aprenden a leer las señales: qué decir, qué callar, cómo sobrevivir a interrogatorios indirectos (“¿a qué se dedica tu padre?”, “¿por qué no está?”). La novela retrata especialmente la vida de quienes no están formalmente presos pero viven como si lo estuvieran: familiares que esperan, que mandan paquetes, que sostienen hogares con miedo. No ya la vigilancia sobre la apariencia o la conducta, sino la irrupción del Estado sobre el cuerpo. Hay libros que muestran que la violencia política no termina en la detención ni en la ejecución: continúa en los hijos, en las preguntas que no pueden responderse en la escuela, en las ausencias que organizan una mesa familiar, en el miedo aprendido demasiado temprano, en la culpa de seguir viviendo.

Sahar Delijani y el poderoso mosaico de la represión en "A la sombra del árbol violeta"

Esas novelas entienden algo esencial: el trauma político no se hereda como información, se hereda como clima. En ese sentido, los árboles, las habitaciones, las cocinas, las vitrinas de una tienda o los sillones donde se discute una novela importan tanto como los grandes acontecimientos históricos. La literatura sabe algo que los relatos oficiales suelen olvidar: que la historia se vuelve verdaderamente legible cuando toca los objetos, los gestos y los rituales mínimos de la vida diaria. Allí, en lo microscópico, se percibe mejor la transformación de una sociedad que en muchos discursos grandilocuentes.

Azar Nafisi y el club secreto de leer prohibido en Teherán

Lo más poderoso de este conjunto de obras es que ninguna acepta que sus protagonistas queden reducidas a símbolos. No son “la mujer iraní”, ni “la víctima del régimen”, ni “la exiliada”, ni “la sobreviviente”. Son personas. Quieren, dudan, se equivocan, envejecen, recuerdan mal, recuerdan demasiado, aman contra su conveniencia, posponen decisiones, sienten culpa, tienen humor, se cansan. Esa restitución de la singularidad es, quizá, el gesto más radical. Porque todo poder que vigila y corrige necesita volver abstractos a los individuos: convertirlos en funciones, en ejemplos, en casos. La literatura hace lo contrario. Devuelve espesura.

Sahar Delijani conmueve con una narrativa coral sobre hijos y madres marcados por la cárcel, donde la memoria familiar se entrelaza con la brutalidad de la historia reciente iraní

Por eso estas narraciones importan incluso para quien no conozca demasiado de la historia iraní. No solo porque iluminan un país frecuentemente reducido a titulares simplificadores, sino porque trabajan sobre preguntas más amplias y más incómodas: qué ocurre cuando la moral pública coloniza la intimidad; cómo se fabrica el consentimiento dentro de una familia; cuántas formas adopta la censura antes de convertirse en prohibición explícita; qué precio tiene conservar una vida interior; qué hace el exilio con la memoria; cuánto tarda una persona en recuperar el relato de sí misma.

En el fondo, todas estas mujeres están disputando lo mismo: el derecho a que su experiencia no sea contada por otros. Cada una busca arrancarle su vida a un guion ajeno. Frente a sistemas empeñados en ordenar el comportamiento, regular el deseo y administrar la memoria, estas historias responden con otra forma de autoridad: la de una voz que dice yo, o nosotros, y no retrocede. Una voz que no pretende abarcarlo todo, pero sí fijar una verdad concreta: así se veía el mundo desde este cuarto, desde esta calle, desde esta cárcel, desde esta ciudad lejana donde todavía no termina de apagarse lo vivido.

La autora Azar Nafisi revolucionó la literatura con su libro "Leer Lolita en Teherán", donde el simple acto de leer se convierte en resistencia y refugio frente a la censura

Eso, al final, es lo que permanece. No es una lección geopolítica. No es una moraleja sobre Oriente y Occidente. No una postal del horror ni una fábula edificante sobre la liberación. Permanece la intensidad con que estas páginas insisten en que la historia, antes de convertirse en archivo, fue respiración, fue miedo, fue espera, fue carta escondida, fue clase clandestina, fue hija arrancada de los brazos de su madre, fue una mujer ya mayor tratando de entender por qué una escena de juventud nunca dejó de doler. Y también fue lenguaje: el único lugar donde, a veces, una vida consigue por fin no ser confiscada.

Y no es casual que sean todas mujeres.

[Fotos: Alianza Editorial; archivo Infobae]

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