Si mal no recuerdo, fue hacia fines de 2023, durante el Mundial de Qatar. Viajamos con Denis Fernández, escritor y coeditor de Marciana, a Córdoba para ver los partidos. Yo estaba escribiendo un libro a cuatro manos junto con Damián Huergo sobre la historia del LSD en la Argentina, que luego publicó NoTanPuan junto con Editorial Planeta. El libro se llamó ¡Viva la pepa!.
Denis me había propuesto publicar un libro de no ficción. Lo hizo como quien le pide a un amigo que se sume a un partido de fútbol un domingo por la noche: “¿No te escribís algo sobre este tema?”. Se suele considerar al género —la no ficción, la crónica— como un género perezoso. Si el escritor o periodista junta los datos, hace las entrevistas y toma las notas pertinentes durante su estadía en el campo, bueno, no habría mayores problemas a la hora de escribir (casi digo redactar). Frente a las penurias del escritor imaginativo delante de la página en blanco, el de no ficción sería como un vendedor de seguros: macanudo, dicharachero y un poco socarrón, que, en el fondo, no tiene mucho para ofrecer al mundo más que las voces de los otros.
Pero Denis no lo piensa así. En su propuesta, en apariencia liviana, había un genuino interés de su parte por el tema. Así que me propuso escribir un libro que, en cierto modo, cruzara la investigación que habíamos hecho junto con Damián con algunas experiencias personales que le había comentado durante el viaje a Córdoba. Le dije que lo iba a pensar. El confesionario sobre experiencias alucinógenas es un género en sí mismo y, en muchos casos, me parecía aburrido de escribir. Lo han cultivado escritores y escritoras muy buenos, como Terrence McKenna y Aldous Huxley, por poner un par de nombres conocidos. ¿Qué podía aportar yo? Denis confiaba en que sí, que había algo ahí.
Lo cierto es que habíamos pensado con Damián en hacer una “segunda parte” de ¡Viva la pepa!: rastrear el mundo actual de la psilocibina, el mundo de los hongos; tratar de pensar si había algo así como un resurgir de los psicodélicos en la Argentina. Pero la misma editorial que nos contrató para el libro del LSD no se interesó por esta segunda parte (suele pasar). Así que a la propuesta de Denis —escribir sobre mis experiencias con psicodélicos— se sumó este embrión de idea: ¿había un resurgir de los psicodélicos en la Argentina? ¿Se puede pensar que en el país hay algo remotamente similar a lo que está pasando en Londres o en la Universidad Johns Hopkins? ¿Cuáles son los antecedentes más cercanos de esta posible historia?
Una tercera arista terminó de completar la idea del libro. Mientras escribíamos el libro del LSD, recibí la propuesta de viajar a México, a las sierras de Oaxaca, para escribir un guion de ficción en la casa de un director. El viaje supuso también un verdadero viaje interior: para meternos en la piel de nuestros personajes, tuvimos diversas experiencias con peyote, psilocibina y DMT. México es el país de los hongos, del animismo y del surrealismo. Y el director vivía en la misma sierra donde había vivido la gran curandera de origen zapoteco, María Sabina. El mundo de las energías, para un cínico confeso como suelo ser yo, se me revelaba. El viaje exterior delimitó, en última instancia, una aproximación al mundo interior, de la mano de los psicodélicos.
Este no es, no obstante, un libro sobre psicodélicos puro y duro. Por supuesto, hay información, entrevistas y un rastreo más o menos sincero sobre la diferencia entre enteógenos y alucinógenos. Pero mi acercamiento es pedestre y personal. Hay también un esbozo que roza el mundo del cannabis, que fue, según me dijo Luis Acosta, el “mascarón de proa” que permitió el desembarco de la psilocibina luego de la pandemia del Covid, cuyos estragos en nuestra salud mental aún no hemos dimensionado. Este es un libro, digamos, de un neófito y de un curioso; un acercamiento desde un no saber. El mundo de la divulgación vinculada a los psicodélicos parece no tener lugar para ese espacio: quienes hablan en sus redes suelen hacerlo desde un saber absoluto, un saber abstracto, sin cuerpo ni experiencia. Este libro no es una puerta. Es una ventanita para quien quiera entrar en este mundo de costado, del mismo modo en que nos colábamos en una fiesta a la que no fuimos invitados.