El legado de Marco Aurelio ha oscilado entre la imagen popular de un emperador-filósofo estoico y la complejidad de su verdadero gobierno al frente de Roma. Según un reciente análisis de William O. Stephens, profesor emérito de filosofía en la Universidad de Creighton, el atractivo duradero de Marco Aurelio radica en la tensión entre su ideal moral y las contradicciones de su política. Stephens sostiene en el libro Marcus Aurelius: Philosopher-King que el carácter del gobernante, forjado en la adversidad de su época, invita a preguntarse hasta qué punto consiguió sostener principios elevados en circunstancias extraordinarias.
En el tramo final de su imperio, la decisión de Marco Aurelio de designar a Cómodo heredero directo marcó un quiebre en la dinastía de los llamados “Cinco Buenos Emperadores”. Según Stephens, a pesar de que la tradición del poder en Roma descansaba en la adopción de sucesores probados, Marco Aurelio optó por favorecer el lazo biológico y nombró coemperador a su hijo cuando este aún era adolescente, en el año 177. El historiador sugiere que, aunque el emperador temía un posible conflicto civil en caso de postergar a su descendiente, la decisión desató nuevas problemáticas y puso fin a una etapa considerada ejemplar en la historia romana.
Durante su juventud y adolescencia, Marco Aurelio, nacido Marco Annio Vero en el año 121, se distinguió por un temperamento reflexivo y disciplinado. Esta actitud atrajo la atención del entonces emperador Adriano, quien vio en él a un posible sucesor y le concedió el nombre de Verísimo. Poco antes de morir, Adriano adoptó a Antonino y dispuso que este, a su vez, adoptara tanto a Marco como a Lucio Vero, asegurando así dos generaciones de continuidad en el poder. Según las crónicas referidas en el libro de Stephens, este complejo entramado de adopciones consolidó a Marco Aurelio en la elite del imperio, preparándolo para la administración y afianzando sus valores bajo la tutela de Antonino, apodado Piadoso (Pius).
El vínculo con Antonino dejó una huella profunda en la visión de gobierno de Marco. En sus Meditaciones, recordaba a su padre adoptivo por enseñarle que se podía “vivir en un palacio sin necesitar guardias, ropas llamativas, esclavos, estatuas y toda esa pompa”. Stephens, al citar este pasaje, sostiene que “Dada esta afirmación, parece poco plausible que Marco se sometiera a lo superfluo”. Sin embargo, la interpretación de tales escritos siempre enfrenta el contraste entre el ideal y la praxis, sobre todo en la vida de un dirigente expuesto a amenazas permanentes.
La llegada al trono de Marco Aurelio y Lucio Vero como cogobernantes en el año 161 coincidió con episodios críticos para Roma. La “peste antonina”, identificada posiblemente como viruela, se extendió por todo el imperio durante más de una década, causando la muerte de millones y afectando gravemente a la propia familia imperial. De los 14 hijos de Marco y su esposa, Faustina, solo sobrevivieron cinco hijas y un hijo varón, Cómodo. Esta trágica merma en la descendencia llevó a reconsiderar los mecanismos de sucesión, pues por más de 80 años ningún emperador había tenido descendencia legítima directa.
Roma enfrentaba también incesantes presiones externas. Desde los años 160, pueblos germánicos y sármatas cruzaban el Danubio a intervalos, impulsando un ciclo de migraciones y choques armados conocido como las Guerras Marcomanas (166-180). Marco Aurelio pasó largos periodos en campamentos militares defendiendo las fronteras, como lo evidencia la columna de relieves en Roma, que representa victorias del emperador sobre guerreros ajenos al orden romano.
Stephens reconstruye con minuciosidad estos episodios bélicos, destacando la percepción del emperador como soldado tanto o más que como pensador. Según relata el autor, “aunque Marco era reconocido como filósofo en su época, su papel en los asuntos militares era más relevante para sus contemporáneos”. La tensión entre las obligaciones de la guerra y los principios del estoicismo, centrados en la fraternidad universal, es recurrente en las notas que redactó durante los recesos bélicos, y Stephens subraya que el emperador justificaba sus acciones al asegurar que tenía la misión de impedir que quienes poseían “mentes más simples” dañaran la comunidad.
Las dolencias físicas acompañaron a Marco Aurelio desde niño y se agravaron durante las campañas en el norte, acelerando la urgencia por consolidar la sucesión. La diferencia de carácter entre padre e hijo era notoria: Cómodo prefería las disciplinas atléticas y la fama personal sobre la administración, lo que llevó a rumores sobre su paternidad y sus capacidades. Cuando Marco Aurelio murió en 180 y Cómodo asumió el trono, el ciclo virtuoso de los “buenos emperadores” se interrumpió y el nuevo gobierno inauguró una etapa de inestabilidad.
William O. Stephens presenta estos dilemas sin eludir las controversias y admite que su retrato se inclina a favorecer la imagen del emperador filósofo. No obstante, el cuidadoso recurso a fuentes antiguas, muchas atraídas ellas mismas por el aura del sabio en el poder, deja espacio para seguir debatiendo hasta qué punto Marco Aurelio logró alojar en la vida pública el ideal moral que predicó en sus escritos.