Geofrey Cardozo, el militar británico que recuperó la identidad de los caídos argentinos en Malvinas: “Las mujeres fueron silenciadas y siguen pagando el alto precio del conflicto”

Su papel fue central en el reconocimiento de los cuerpos. Por su compromiso, escribió el prólogo del libro “Nuestras mujeres de Malvinas”. Aquí, esas palabras

Geoffrey Cardozo trabajó en la identificación de los combatientes e hizo el prólogo de "Nuestras mujeres de Malvinas"

“No se vuelve igual después de la guerra y no se debe volver de la guerra igual a como uno se fue”, dijo hace unos días, en Buenos Aires, Geoffrey Cardozo. Sus palabras no buscan consuelo, sino verdad. Cardozo fue el militar británico que, tras el final de la Guerra de Malvinas, llegó a las islas para darles sepultura digna a los soldados argentinos caídos. Desde entonces, su vida quedó marcada por esa misión: identificar a los que faltan, escuchar a los que regresaron, abrazar a las madres y transmitir a las nuevas generaciones el peso de la memoria. Por su mirada humana y su compromiso con la reconciliación, Beatriz Reynoso y Silvia Cordano, las autoras de Nuestras mujeres de Malvinas lo eligieron para prologar su libro, que reúne las voces de quienes también vivieron la guerra desde otro lugar: las mujeres.

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Nuestras mujeres de Malvinas

Por Beatriz Reynoso y Silvia Cordano

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En ese prólogo, Cardozo despliega una mirada llena de respeto y empatía hacia quienes quedaron a la sombra del relato oficial: las madres, las hijas, las enfermeras, las novias y todas aquellas mujeres que vivieron la guerra desde la ausencia, el dolor y la espera.

“Estas mujeres estaban en lo profundo de mi corazón al final del conflicto mientras buscábamos y recogíamos a los caídos. Podía sentir a las madres, en particular, pero también a sus hijas y nueras, de pie a mi lado, sus dedos apasionados entrelazados con los míos congelados y toscos mientras desgarraba desesperadamente la ropa de ‘sus chicos’ tratando de recuperar su nombre, su identidad, su dignidad”, escribe Cardozo. Reconoce que durante demasiado tiempo sus voces fueron relegadas o silenciadas, y que solo en los últimos años empezaron a ocupar el lugar que les corresponde en la memoria colectiva. Y recuerda cómo las cartas escritas por chicas a los soldados, encontradas en los bolsillos de los caídos, fueron un consuelo en medio del horror. Y cómo el amor y la fortaleza de esas mujeres siguen marcando la historia que el libro busca visibilizar.

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Aquí, las palabras de Cardozo:

“Nuestras mujeres de Malvinas” (Prólogo)

¿Es demasiado sencillo decir que los hombres hacen la guerra y que las mujeres recogen los pedazos después y hacen la paz?

Los instintos maternales, solidarios, compasivos y, por tanto, pacíficos de las mujeres no son los que, como pensamos a menudo, las convertirán en líderes mundiales. Para ellas hay pocas esperanzas de medallas, menciones y desfiles brillantes.

La casa donde viví cuando era niño era animada y estaba llena de gente, ¡tanto que un tío mío la llamaba “el circo”! Proporcionó un techo permanente sobre las cabezas de mis padres, mi hermana y mis abuelos, y constantemente se quedaban tíos, tías y primos, sin mencionar a los amigos de la familia y sus niños. Había una estatua siempre presente de la Virgen en un hueco de nuestra cocina.

"Nuestras mujeres de Malvinas", once vidas marcadas por la guerra.

Pasé los nueve años de mi adolescencia en un internado para varones, lejos de casa. Sólo regresaba al final de cada trimestre para las vacaciones. Mi madre, mi abuela y mi hermana todavía estaban muy presentes en nuestra mesa de la cocina, pero muchos de los hombres de mi primera infancia habían muerto o estaban ausentes la mayor parte del tiempo, por lo que vivía principalmente entre mujeres, todas con voces fuertes, todas con personalidades fuertes, todas profundamente amorosas. En aquella época nuestra casa también estaba llena de jóvenes estudiantes extranjeros, en su mayoría jovencitas, a quienes mi madre les daba alojamiento. Todas eran muy bonitas. La estatua de la Virgen todavía estaba en el hueco, pero mi atención estaba en otra parte.

Y luego me fui para convertirme en soldado… con un beso de mi madre.

Geoffrey Cardozo en las Islas Malvinas.

Cuestiones de género

La guerra de Malvinas, entre el 2 de abril y el 14 de junio de 1982, fue un conflicto bélico en el que las divisiones de género estuvieron fuertemente representadas. La imagen convencional es que los hombres, activos, luchando por su país, fueron a la batalla, mientras que las mujeres, pasivas, esperando ansiosamente en casa noticias de “sus hombres”, fueron retratadas no como miembros activos de la sociedad, sino como recipientes de emoción.

Las siguientes páginas le darán otra imagen. Han sido recopiladas por dos periodistas; una, Beatriz Reynoso, hermana de un joven que efectivamente participó en ese conflicto y la otra, Silvia Cordano, quien es muy respetada por su trabajo en temas de género. En una serie de entrevistas registran las experiencias de mujeres que, como tantas otras, generalmente eran retratadas pensando sólo en términos de “sus hombres” y familias, no de pozos, barcos y aviones.

De hecho, la historiografía del conflicto de 1982 revela que en las décadas que siguieron a la contienda apareció en Argentina una gran cantidad de literatura sobre la guerra. Esa literatura se centra predominantemente en temas bastante estándar: entrevistas o relatos personales de excombatientes que tenían su propia historia heroica que contar; relatos periodísticos de la guerra, escritos por los pocos miembros de la prensa que acompañaron a las tropas a la batalla; interpretaciones políticas, principalmente sobre el papel de la dictadura y su posterior caída. En su constante lucha por la propia libertad de expresión versus la censura gubernamental, gran parte de la prensa en ese momento y, en cierta medida, inmediatamente después del conflicto, se centra en la gran narrativa histórica, la identidad nacional y la memoria popular, a menudo vinculadas a la historia del país y los héroes de la liberación nacional. Para ser justos, también hay algún análisis introspectivo de la propia cobertura de la guerra por parte de los medios, pero poco menciona la angustia de quienes se quedaron atrás, las mujeres. La lucha se interpretó como un “rito de iniciación” masculino. Y, de todos modos, las vidas de las mujeres rara vez son de interés periodístico y eran ellos quienes estaban en las noticias.

Cardozo con Liliana Colino, la única mujer que llegó a las Islas como parte de las Fuerzas Armadas argentinas.

¿Por qué a estas mujeres no se les dio la oportunidad de hablar por sí mismas en ese momento? Quizás los medios -entonces e inmediatamente después de la guerra- dedujeron que podrían hablar en contra del conflicto, pensando únicamente en ellas mismas y en sus emociones. Sin embargo, esto no se confirma en las entrevistas que está a punto de leer; estas mujeres ciertamente no eran sumisas aunque algunas pueden haberlo sido a su carrera. Eran mujeres resilientes, fuertes e independientes, no mujeres desesperadas que lamentaban su destino. Su valentía y entrega al deber, su paciencia, así como la admiración del pueblo argentino en el que sólo llegaron a ser tenidas en cuenta después, es algo que hay que contar porque es poderoso.

Por supuesto, estas afirmaciones son quizás demasiado tajantes. En verdad, los medios de comunicación, y la literatura en general, captaron en ocasiones, pero demasiado tiempo después de la guerra, parte de la calidez, la seguridad y la solidaridad familiar genuinas que existían, pero las entrevistas son con frecuencia relatos periodísticos, altamente selectivos, desequilibrados y carecen de un enfoque histórico más amplio. Rara vez permitieron que las mujeres expresaran sus puntos de vista personales. La imagen de ellas y las familias es estereotipada y oculta gran parte del verdadero conflicto y las actitudes tanto de las familias como del país. Sólo en la última década la prensa cubrió la historia de los familiares y sus seres queridos perdidos, brindándoles la atención que merecen. Lo han hecho de forma destacada y, por tanto, han jugado un papel decisivo en la difusión de la existencia del proyecto de identificación de los caídos. Al hacerlo, muchas familias se enteraron del proyecto y decidieron entregar su ADN, lo que condujo directamente a la identificación de su familiar.

Sin embargo, si bien se defiende la utilidad de las entrevistas con mujeres de la época, se necesita una nota de cautela. De hecho, al hablar de su vida, una mujer puede combinar dos perspectivas: una que refleja la posición cultural dominante de los hombres y la otra construida a partir de las experiencias personales de la mujer. Cuando la experiencia de la mujer no encaja en la perspectiva dominante, puede silenciar involuntariamente sus propios pensamientos y sentimientos mientras describe sus experiencias para que encajen con la versión masculina culturalmente aceptable. Puede ser este “silenciamiento” femenino de las palabras lo que con demasiada frecuencia ha llevado a que las palabras masculinas sean las dominantes en la memoria popular y colectiva. Pero no olvidemos que las experiencias de los hombres a veces también han sido “silenciadas” si sus versiones de los acontecimientos no coincidían con la versión oficial. Es mucho más habitual que las experiencias de las mujeres queden fuera de los relatos públicos sobre la construcción de la identidad nacional a través de acciones militares y relatos de guerra. Estos están documentados como predominantemente masculinos. Por lo tanto, es reconfortante ver por fin a las mujeres, cuyas historias están a punto de leer, contadas directamente, sin medias tintas.

Julio Aro y Geoffrey Cardozo en el cementerio argentino en Malvinas.

A través de su cuestionamiento sobre la designación de los individuos de acuerdo con las normas de género y sobre los ajustes que naturalmente induce la guerra, Beatriz y Silvia, en sus entrevistas, nos dan una idea de las identidades de género, tanto individuales como colectivas, masculinas y femeninas. Al darles voz, colocan las experiencias de las mujeres en la historiografía de la guerra, subrayando el papel vital de registrar las experiencias de las mujeres que, después de todo, constituyen más de la mitad de la población argentina. Permiten a estas mujeres hablar por sí mismas, componer una identidad, descubrir el sentido de sus vidas y, por tanto, de la vida de su Nación.

Mirar la guerra a través de los ojos de las mujeres significa, en primer lugar, hacer visibles a las participantes femeninas. También significa analizar el lugar de las mujeres en la sociedad, su grado de participación en el conflicto y en el hogar, su vida diaria en términos materiales y culturales, y los problemas que enfrentan. Aquí se incluyen madres que perdieron a sus hijos o que los vieron regresar profundamente afectados. Sienten la soledad, el duelo, la pobreza, el exceso de trabajo y el peso de la responsabilidad. Algunas de ellas crían solas a sus hijos mientras su marido está en guerra y, si no regresa, para siempre. También cuentan de hijas que presenciaron lo mismo: una de las cuales tuvo que cuidar de sus padres y luchó incesantemente para descubrir qué le había pasado a su hermano.

Luego están una enfermera y una instrumentadora cuyos trabajos, como el de tantos de sus colegas, permanecieron sin reconocimiento durante demasiado tiempo. Hay, también, una antropóloga, que trabajó y sigue trabajando, incansable, compasiva y profesionalmente en la identificación de los caídos durante el conflicto y, al hacerlo, ha ayudado en gran medida a sanar los corazones afligidos de sus seres queridos. Además, hay novias, las “pen-palls” o amigas por correspondencia. Pero la mayoría de las chicas que escribieron a los soldados en las Islas nunca obtuvieron respuesta. Encontré muchas de sus cartas en los bolsillos de los soldados muertos cuando intentaba averiguar quiénes eran y, créanme, esas cartas habían sido abiertas y leídas. Permítanme decirles a todas y cada una de esas mujeres, la mayoría de las cuales todavía eran niñas en edad escolar cuando las escribieron, que hablo en nombre de los jóvenes héroes que, en medio del frío intenso y con manos temblorosas, debieron haberlas leído, y probablemente vuelve a leerlas una y otra vez: sus palabras les hicieron sonreír de orgullo unos días, si no fueron sólo unas horas, antes de morir por su Patria. Es un gran consuelo para un soldado saber que alguien, una mujer, está pensando en ti y te insta a seguir adelante.

Elina Carullo, Rosana Fuertes y Liliana Colino, tres de las protagonistas de "Nuestras mujeres de Malvinas"

Estas mujeres estaban en lo profundo de mi corazón al final del conflicto mientras buscábamos y recogíamos a los caídos. Podía sentir a las madres, en particular, pero también a sus hijas y nueras, de pie a mi lado, sus dedos apasionados entrelazados con los míos congelados y toscos mientras desgarraba desesperadamente la ropa de “sus chicos” tratando de recuperar su nombre, su identidad, su dignidad.

Estas mujeres, que guardaron silencio o fueron silenciadas durante años, siguen pagando el alto precio del conflicto. Hablan con enorme valentía de las angustias que se vieron obligadas a soportar mientras esperaban noticias. Hablan de la forma insensible en la que a muchos se les dio –si es que alguna vez se les dio– las noticias que más temían escuchar y, posteriormente, de la ayuda que anhelaban pero que nunca obtuvieron cuando más la necesitaban.

Todo esto cambió hace unos años cuando varios grupos de excombatientes prometieron intervenir en su favor. Entre ellos se destacó Julio Aro quien, con la incesante y silenciosa ayuda de la periodista Gaby Cociffi, inició una infatigable campaña para identificar a unos 127 guerreros desconocidos que yacían en el cementerio de las islas cerca de Darwin. Sus esfuerzos, junto con los del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) en Buenos Aires y el Comité Internacional de la Cruz Roja, para contactar a las madres en duelo y, con suma consideración y compasión, alentarlas a dar su ADN, es una historia notable. Es un hilo conductor que recorre todas las entrevistas que está a punto de leer.

Maia Prync (izq) y Virginia Urquizu, del Equipo de Antropología Forense, con Geoffrey Cardozo en Buenos Aires.

Una madre que pierde a su hijo sufre un dolor que dura toda la vida. Sólo aquellos que han recorrido el camino de la pérdida de un hijo comprenden la profundidad y la amplitud tanto del dolor como del amor que conlleva una madre. No es un evento finito, es una pérdida continua que se desarrolla minuto a minuto a lo largo de la vida. Es más que la pérdida de una vida preciosa. Representa la pérdida de esperanza y experiencia futuras, la experiencia de vivir con un niño, la experiencia de no vivir más con una parte de ti mismo. Nunca habrá un momento en el que una madre no piense en quién podría ser su hijo ahora, en cómo sería ahora. El espacio vacío dura para siempre; no hay un “sigamos adelante”, ni un “superemoslo”.

Hay sentimientos de amor intenso, dolor profundo y, a veces, incluso odio: las tres emociones humanas más fuertes. Los dos primeros, el amor y el dolor, siempre están ahí. El tercero, el odio, si está presente, se genera por la razón que motivó su muerte. Pero el odio -junto con el dolor, la culpa y/o la angustia- a menudo se apacigua con el tiempo y se reemplaza por un amor y un orgullo por la causa por la que murió. El apego a la culpa disminuye lentamente, llega el cierre, también la paz interior, pero una madre que pierde a su hijo nunca lo olvidará, simplemente no puede. Estamos predispuestos a llorar por nuestros padres, no por nuestros hijos.

La palabra “huérfano” describe a un hijo que pierde a sus padres, pero ¿cuál es la palabra que describe a los padres que pierden a su hijo? No creo que haya ninguno, ni en español, ni en inglés. En sánscrito hay uno: “Vilomah” que significa “contra el orden natural”. Eso dice mucho. Esa lengua, esa cultura, a través del latín, también nos dio la palabra “viuda”, que significa “vacío” y que también habla mucho. Pero todavía no hemos encontrado nuestra propia palabra que describa a una madre que ha perdido a su hijo.

Beatriz Reynoso y Silvia Cordano

Hay algo único en el amor de una madre por su hijo y el de un hijo por su madre. Tú, si eres madre, y yo porque soy hijo. Igualmente, único y por tanto diferente, es el amor entre una hija y su padre o su hermano. Pero una cosa es segura, y la he visto muchas veces, y es que no hay vínculo más grande que la conexión entre padres que han pasado por la agonía de soportar la muerte de un hijo. He tenido el privilegio de conocerlos muchas veces. Algunas de ellas aparecen en este libro, otras no, pero cada vez que nos encontramos fue en un tierno abrazo. Sus besos me han consolado mucho; besos que me recuerdan constantemente a los que me daba mi propia madre.

Otra cosa que he notado es que los padres mueven montañas en honor a los hijos que se fueron demasiado pronto. Inician movimientos, cambian leyes, encabezan cruzadas de activismo incansable, y algunos incluso se meten en política. Si alguna vez te has preguntado quiénes son algunos de los mayores transformadores del mundo, y me refiero a los verdaderos “líderes mundiales”, te recomiendo que conozcas a algunos de los padres en duelo y observes cómo viven, qué hacen en un día, una semana, toda una vida, cómo redirigen su dolor en una fuerza a tener en cuenta, transformar la tragedia en campañas imparables, la pérdida en una especie de ganancia. Una metamorfosis.

Nuestros nombres, los de los que sobrevivieron y regresaron de la guerra, desaparecerán. Los de los caídos nunca. Puede que ya no se sienten a la mesa familiar en casa, pero el corazón más íntimo de su propia tierra siempre los conocerá. Como las estrellas que brillarán cuando seamos polvo, esos valientes permanecerán para siempre.

Que estas historias traigan una profunda serenidad y un relativo alivio a los corazones afligidos de las madres, padres, hermanos y hermanas, esposas e hijos de “nuestros hombres”. Que avive también el orgullo de tantos veteranos que se enfrentaron y muchos de los cuales ahora caminan en paz uno al lado del otro. También otros que, comprensiblemente, prefieren caminar solos, igualmente en paz.

Me siento parte de esa familia y me da una alegría profunda y tranquila; un milagro que contemplo con total asombro desde la distancia como lo hace cualquier simple soldado al mirar las estrellas... ¡o la estatua de la Virgen María en la cocina!

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