El amor es un monstruo hermoso (y así se escribe una novela)

La llanura, todo chato, calor, moscas. Una madre dominante y cruel, un padre muy débil. Una chica que se siente demasiado grandota, fea. Invasión de moscas. Y mormones Biblia en mano. Con eso, Luciana De Luca escribe un libro tan bien narrado...

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Luciana De Luca y "El amor es un monstruo de Dios". (Alejandro Guyot)
Luciana De Luca y "El amor es un monstruo de Dios". (Alejandro Guyot)

¿Cómo estás? Qué semanitas acá en Argentina… Acá nos sacudió una declaración de un diputado oficialista en contra de que la educación fuera obligatoria y a favor de mandar a los chicos “al taller” si “el padre” —las madres, saludos— lo cree necesario. Este país se alfabetizó, se desarrolló y logró que un montón de inmigrantes y de gente de los pueblos originiarios se consideraran “argentinos” al calor de ley 1420, que en 1884 estableció la educación “primaria común, gratuita y obligatoria”. No la promulgó ningún admirador de Karl Marx sino un conservador, Julio Argentino Roca.

A partir de eso me acordé de varios libros con chicos que trabajan.

Uno es de 1994, lo escribió el tanzano Abdulrazak Gurnah, Premio Nobel de Literatura 2021. Es la historia de un chico de 12 años al que un día el papá le dice algo como “Bueno, te vas con el tío” y resulta que el tío no era el tío sino un mercader al que el papá le debía plata. El nene se va, lo llevan a trabajar. Fin de la infancia, claro, pero el chico hará una vida a pesar de todo.

El otro es mucho más viejo y mucho más crudo si se quiere, si se puede escribir algo más duro que la historia un nene de 12 años arrancado de su familia. Es un cuento del chileno Baldomero Lillo, se llama La compuerta número 12 y se trata de un chiquito de 8 años al que el papá lleva a trabajar a la mina. Es tan flaquito, tan cosita, que el propio admnistrador duda si tomarlo. Pero bueno, el hambre aprieta y el papá insiste.

—Señor, aquí traigo el chico.

Dice el padre. Y yo me acordé de ese relato bíblico en el que Abraham lleva a Isaac, su hijo, a ser sacrificado en una pira porque Dios se lo ha pedido. Padres que van, en silencio, a hacer LO QUE TIENEN QUE HACER. Escalofriante: merecemos algo mejor.

Mejor un libro hermoso

Pero no voy a hablar de eso hoy, voy a hablar de un libro hermoso que leí con el corazón en la boca y disfrutando de cada párrafo. Se llama El amor es un monstruo de Dios y lo escribió la argentina Luciana De Luca. Una palabra me viene a la cabeza: rechupete. Es un libro en el que paladeé el lenguaje, la construcción de cada párrafo. Y cómo esa construcción jugaba a favor del sentido.

Eso me importa siempre: la escritura y el sentido. No todo el mundo piensa que el sentido sea importante pero bueno, esto somos.

Empecé a leer con gusto pero levanté las cejas cuando leí esta frase: “Mi padre se escondió detrás de todo lo que diera sombra. Y así pasó de hombre a sombra, y de sombra a desesperado, de desesperado a suicida, y de suicida a fantasma”. Ahí, De Luca ya me tenía agarrada.

Entonces, El amor es un monstruo de Dios está narrado por una joven que se dice demasiado alta, demasiado grandota, excesiva. Y que es la hija de una mujer rica y malísima y dominante —a la que llama Señora— y de un padre débil, también rico, culto, un hombre que nunca quiso estar ahí. La familia se completa con el hermano mudo, ido, que parece sordo pero —el médico lo asegura— no lo es. Que prefiere vivir y dormir con los chanchos, en el chiquero.

"El amor es un monstruo de Dios", de Luciana De Luca
"El amor es un monstruo de Dios", de Luciana De Luca

Porque, ah, la novela transcurre en el campo, en el litoral. La autora nació en Buenos Aires pero creció en Santa Fe y conoce la zona y sus costumbres. Así que acá hay animales y hay peones: uno se llama Alajonce y el otro Alajuna. Si uno piensa en la pronunciación con la S aspirada del litoral, se trata de “A las once” y “A la una” (o a las una)... Nombres que no son nombres, nombres que no son de gente “como uno”.

La cosa empieza con una invasión de moscas con un condimento macabro: los empleados del cementerio están de huelga y las moscas “tienen las patas llenas de muertos”, dice la Señora.

Te imaginás. Asco, gente descompuesta, horror. Cada vez que te toca una mosquita te deja encima una partícula de muerto. Muerto amigo, pariente, vecino o enemigo, especula la narradora.

“Toda mosca viene de una mosca. Toda hija viene de una madre”, dice la chica. Ella no quiere ser una más, otro ladrillo en la pared. “Yo era ventana sin paisaje. Una ventana que no iba a dar a ninguna hija. Yo quería ser el fin de todo esto. Yo fui una hija y quise ser la última mosca de este linaje”.

Ese es el clima. El campo parado, el pueblo parado. “Nadie quiere salir a la calle, nadie se anima a abrir las ventanas”. Y entonces llegan los mormones.

El pastor evangelista en la película "El viento que arrasa", sobre la novela de Selva Almada.
El pastor evangelista en la película "El viento que arrasa", sobre la novela de Selva Almada.

Los mormones son dos, son rubios, andan con la Biblia en la mano tratando de hablar con gente que no les quiere hablar. “Dios”, dicen, y como dicen “Dios” alguno les reclama que bueno, que hagan algo, que prueben el poder de ese Dios. “Hay que rezar para que algo pase, pero primero pedir perdón por los pecados. Rezar mucho, humildemente, con convicción”, dice uno. Ese discurso —sos responsable, humildad— siempre pega. Y más cuando las moscas se van —ya se había levantado la huelga— y el pueblo les atribuye el milagro. Los mormones, corazón.

Es inevitable pensar en las novelas de Selva Almada —es más o menos el mismo escenario— y en particular en El viento que arrasa, con su pastor evangélico por las rutas chaqueñas, el adolescente un poco raro y la hija del pastor. Es otro tono, claro, pero algo de ese calor, de esa chatura, de esos predicadores, va de un texto a otro. Excesos y deformidades de llanura, pero con la selva —es más fácil pensar en los excesos en la selva— ahí nomás.

No puedo contar todo pero te digo que habrá una pasión desaforada, pura felicidad y fuerza, mucho sexo y pocas palabras… aunque esto sea un castillo de palabras. Y que habrá furia y un destino por delante. El amor, el amor, qué monstruo hermoso y terrible.

De rechupete, no te la pierdas.

Mis subrayados

  1. “Ese verano de muerte el aire se llenó de moscas. Todo se llenó de moscas: los huecos entre las hojas y los bordes de los tapiales. Las moscas avanzaron en malón por el mostrador de la carnicería, burlando las descargas eléctricas de las lámparas inventadas para masacrarlas”.
  2. “Si vienen del cementerio, son las moscas de la huelga y de los cajones amontonados, porque nadie entierra a nadie y no hay nadie limpiando las bóvedas, en tal caso todas esa mugre, los jugos que traen pegados en las patas, en la alas, en los cien, mil diez mil ojos, son de los muertos”.
  3. “De niña fue dictadora. Manejó el mundo a su antojo. Y dentro del mundo, al padre”.
  4. “Hubiera sido médica, pero no se podía siendo mujer. Las mujeres se casaban con médicos. O los heredaban. Entonces le clavó las uñas a la herencia y se guardó en la boca para siempre su gusto por lo cruel como un tesoro, un don”.
  5. “Mi padre se escondió detrás de todo lo que diera sombra. Y así pasó de hombre a sombra, y de sombra a desesperado, de desesperado a suicida, y de suicida a fantasma”.
  6. “Mi madre necesitaba un hombre como se necesitan zapatos, techos y tenedores. Para que las cosas anden”.
  7. “Cuando le pareció oportuno, le habló para decirle que había que empezar con lo de los hijos. Decidió cuándo, cómo. Le abrió la puerta de su dormitorio, separó las piernas, lo hizo servirla y lo mandó de vuelta a su cama”.
  8. “Yo, la primera hija, fea, desproporcionada, una ráfaga. Un cuerpo grande y difícil, salvaje, brotando igual que los hongos”.
  9. “Que un día se levantó y sintió la voz del río que le trepaba hasta las orejas y que le decía venga. Que salió sin hacer ruido, sin saludar, sin avivar a los perros (...) Que se quedó ahí, con la espalda pegada a la madera podrida. Y se habrá zarandeado en el bote, habrá dado vueltas sobre sí mismo, con mi padre acunado, atento al cielo de color té del amanecer. La correntada se lo habrá llevado rápido, sin remos, con la escopeta a un costado”.
  10. “Y cuando el cielo se cerró sobre sí mismo, se dobló en dos, en cuatro en seis, y quedó la noche tendida, se nos acabó la gracia: las estrellas eran luces, miles luces, millones, ojos titilando, pero no más que eso”.

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