
Escribí El año en que debía morir en el invierno de 2020, aislada con mi familia en el campo donde actualmente vivimos, para atravesar la espera de los resultados de un estudio médico. Tenía la misma edad en la que murió mi madre, y yo siempre había temido ese final para mí: a los 42 años, como ella, y por la misma enfermedad que ella. Cuando la biopsia amenazaba con volver reales mis miedos, la escritura funcionó a la vez como refugio y escape, como ejercicio de supervivencia y de autoconocimiento.
Era el año de la pandemia. Los primeros meses hacíamos las cosas que hacía todo el mundo: cocinar panes, tratar de tener una huerta, ordenar, hacer videollamadas. También ayudábamos a nuestras hijas con el colegio a distancia y trabajábamos, mi novio con las vacas del campo, yo en la casa, dando clases por zoom.
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Cuando ya habían pasado dos meses, lo extraordinario se naturalizó y teníamos una nueva rutina de vida. Me encontré con algo de tiempo libre para volver a escribir.

Mi intención era retomar una novela que había interrumpido hacía algunos años, pero confirmé que Thomas Pynchon estaba en lo cierto cuando dijo que pasado un tiempo hasta leer las viejas boletas de luz da vergüenza. El texto había envejecido porque yo también lo había hecho. Sin embargo, algo del material seguía interesándome, así que decidí insistir.
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Si escribir siempre me resulta difícil, más aún lo era con dos hijas chicas que no estaban yendo al colegio y me necesitaban para casi todo. Traté de darme privacidad poniendo llave a la puerta de mi cuarto, en el que improvisé un escritorio minúsculo con una tabla en un rincón. Era un rincón oscuro que me parecía hermoso, porque era mi rincón. Pensé que encerrada iba a recuperar parte de la soledad perdida, pero no funcionó. Para seguir pidiéndome cosas, mis hijas pasaron de tocarme el hombro a golpear la puerta. Cerrarla con llave no las había hecho autosuficientes.
Decidí buscar ayuda. Llevo años coordinando clínicas de escritura, acompañando en el largo camino de la novela a personas que no logran terminarla en soledad. Si funciona para otros, ¿por qué no para mí? Empecé a trabajar con Luciano Lamberti. Ahora había alguien ocupando ese rol ansiolítico que yo ocupaba para otros y que calma parte de la angustia de escribir para nada y para nadie. Ahora había alguien esperando mis avances. Mis caracteres. Que yo dijera algo. Luciano me ayudaba, leíamos, nos divertíamos. La novela era maliciosa, y sus comentarios, punzantes. Escribía. Funcionaba.
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Por esos días fui al médico a hacerme controles de rutina y me dijeron que debían hacerme una biopsia. Volví a mi casa asustada, llorando. Tenía que enfrentar el aislamiento y el invierno en el limbo de la espera, un mes en que tendría y no tendría cáncer. Mi madre y yo. La misma enfermedad, a la misma edad. No podía ser. Sin embargo, estaba siendo.
Empecé a escribir de forma caótica y catártica sobre el asunto. Aunque todavía no supiera que estaba escribiendo un libro, sí sabía que alguna vez iba a tener que hacerlo, porque escribo para pensar, y la muerte de mi madre era algo que yo no había terminado de entender. Me di cuenta de que podía usar la escritura para darle a mi pasado otro futuro. Viajar en el tiempo, dar el paso que no había podido dar. Al menos en la ficción yo podía arreglar las cosas.
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En su Tesis sobre el cuento, Piglia dijo que una historia siempre cuenta dos historias, y a medida que avanzaba entendí que la mía no era la excepción. Pensé que modificaba mi biografía para construir un libro, pero descubrí que era el libro el que me modificaba a mí. La literatura era el accidente que me había llevado al corazón del duelo. Además de escribir una novela sobre mi madre, empezaba a cerrar un largo adiós.
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