La estética como algo del arte que le pasa a la filosofía…
Corresponde a los artistas, y no a los filósofos, responder a la pregunta sobre qué es el arte. ¡Los filósofos siempre están frente al arte ya realizado! Además es imposible dar una definición del arte, porque los grandes artistas hacen evolucionar la definición de arte. En cambio sí es posible responder qué es la estética, porque su contenido es más claro. Ante todo, tiene un momento de nacimiento: la estética aparece con Alexander Baumgarten, filósofo alemán de mediados del siglo XVIII. En Meditaciones filosóficas en torno al poema, Baumgarten muestra que el término de poética (poiesis) ya no sirve y que es necesario introducir una palabra nueva –la estética–. En efecto, Baumgarten parte de la constatación siguiente: desde el siglo XVII, la filosofía persigue el ideal científico según el cual hay que poder pasar de lo oscuro a lo claro y distinto, o de lo sensible a lo intelectual (es el caso por ejemplo de Descartes, Spinoza, Leibniz y Pascal). Ahora bien, según Baumgarten, en la medida en que la filosofía se representa a sí misma de esta manera, no explora su propia condición, que debería conducirla a interrogar “la lógica de lo sensible en tanto tal”, porque según él el intelecto depende de lo sensible. De dos maneras: por un lado el pensamiento comienza con lo sensible (es su punto de partida), y por el otro la filosofía no alcanza nunca una totalidad intelectual, ¡nunca llega a agotar lo sensible! Siempre queda al margen de los fenómenos que no han sido explicados matemática o físicamente. Es preciso hacer la lógica de lo sensible como tal, incluso si implica una forma de contradicción, porque ¿cómo se hace una teoría de lo confuso en tanto confuso, una teoría de lo confuso que sigue siendo confuso? Hay que pasar por el arte, porque el arte se hace cargo de lo sensible incluso en su confusión. El artista lleva la confusión a su propia perfección, sin salir de lo confuso, porque lo confuso es la lógica misma de lo real. De allí viene esta noción de “confusión clara”, ¡que puede aparecer como una provocación! Así, lo confuso deja de ser una injuria filosófica para transformarse en un concepto; y aquellos que trabajan en estética son quienes despejan la lógica de lo confuso y producen lo sensible como tal. En este sentido, el arte es un conocimiento, pero de otro tipo: es un conocimiento propiamente sensible, irreductible al concepto, que nos hace conocer la existencia como tal, llevándonos de la confusión a la claridad. Ahora bien, la filosofía, para dar cuenta de la confusión de lo real, sólo podrá realizar una lógica de lo sensible haciendo un desvío por el arte. En este sentido la estética se convierte en algo necesario para la filosofía, constituye el giro estético de la filosofía, que nombra lo que pasa a partir del siglo XVIII: para comprenderse a sí misma, la filosofía descubre que necesita reflexionar sobre el arte. Vean por ejemplo ¿Qué es la filosofía?, de Deleuze y Guattari, que termina con un capítulo sobre el arte. Este capítulo muestra bien que la estética no es una especialidad filosófica, sino algo que le pasa a la filosofía (y a la filosofía en general, porque ¡son los filósofos generalistas quienes de pronto se interesan en la estética!).
Se puede encontrar una confirmación de este giro estético en el hecho de que la figura del “filósofo sabio” fue reemplazada por la del “filósofo artista” a fines del siglo XVIII. ¡Es tan sorprendente que podríamos llegar a preguntarnos si hacer filosofía no sería, finalmente, hacer algo similar al arte! El primer gran filósofo-artista es sin dudas Schiller (cuyo recorrido es muy original porque es un artista que luego se dedicó a la filosofía). Luego vinieron Kierkegaard, Nietzsche (músico, poeta y filósofo), Sartre (filósofo-escritor). ¡Esto significa algo! La confrontación de la filosofía con la ciencia hoy parece algo menos vital…Queda igualmente una sola y gran excepción: Husserl, que nunca se ocupó del arte, y que persistió en ver a la ciencia como un modelo para la filosofía –él único, como un dinosaurio en pleno siglo XX…
El arte como juego… en su literalidad
Si dejamos de lado la expresión, entonces queda el arte como juego, pero a condición de que consideremos el juego como un asunto serio y no como una simple distracción para olvidar la propia existencia. Tradicionalmente, el juego hace pensar en lo inverso de lo serio, porque a menudo es entendido como un lugar al resguardo de lo serio de la vida, algo que permite una evasión temporaria fuera del mundo, una burbuja de imaginación: y, en efecto, pone entre paréntesis las encrucijadas de la vida real. La actividad lúdica nos despega, nos sustrae temporariamente de la vida. Por eso la proposición “el arte como juego” siempre ha tenido mala prensa en filosofía, porque parece remitir a algo pueril, “no serio”. Sin embargo, se suele olvidar que en los inicios de la estética (sobre todo en Kant y en Schiller), el juego estaba en primer plano. De este modo, para que el juego tenga un sentido en estética, hace falta considerarlo no como algo que nos despega de la vida, sino como un juego con la vida. El arte no nos despega de la vida real para sumergirnos en lo imaginario; incluso la ciencia ficción habla de nosotros utilizando el desvío de un mundo ilustrado con imágenes. Entonces, si el juego puede ser concebido como una burbuja imaginaria, exterior a la realidad, la obra de arte se sitúa a distancia de la vida, pero sosteniendo con ella una relación activa. La distancia estética implica esta toma de distancia en relación con la vida, y una relación activa con la vida que se hace posible por esta distancia.
El problema hoy en día es que la obra tiene cada vez más una tendencia a insertarse en el mundo, en la calle. Piensen en las obras urbanas: el arte es puesto en el medio de lo cotidiano de todos y cada cual y viene hacia nosotros. Ya no se trata de que nosotros vayamos hacia la obra. Esta obra no toma distancia de la vida: elimina la distancia, o más bien la desplaza (porque el paseante debe salir de su letargo para mirar el objeto). El problema se plantea cuando la obra se revela demasiado débil frente a lo que aborda: en ese caso, se la toma dentro de la circulación de informaciones sin ser capaz de interrumpirla. Y si debemos considerar que todo lo que no es utilitario en una ciudad es del orden del arte, nos encontraremos con una definición muy pobre de la obra de arte.
Nos hace falta, entonces, pensar la distancia estética a la vez como aquello que condiciona al arte (sin esto, el arte se convierte en el objeto que se posiciona como arte) y como lo que instaura una relación con la vida (sin esa relación, estamos en el puro desapego: es lo que se le reprochaba al juego hace un momento). Esta distancia instituye el arte y permite una relación con la vida y con el mundo ¡Y sin embargo, esta noción de distancia es lo que actualmente está en el banquillo de los acusados!
Si la noción de juego soporta esta doble exigencia (estar a distancia de la realidad y a la vez implicar a la realidad), entonces la noción de juego concierne a la estética.
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