Mi hija y yo: dos maneras tan diferentes de saber qué pasó en la última dictadura

El autor de “Castillos” recuerda el relato familiar de lo que sucedió tras el golpe del 24 de marzo y lo compara con la libertad de los chicos de hoy para pensar los momentos más oscuros de la historia reciente

Pintura de Carlos Alonso, "Los cucos", de la serie "Manos anónimas", 1986

Teníamos otros días, pero este no. El 25 de Mayo, el 9 de Julio, el 17 de agosto. Teníamos el 2 de abril. Para cada uno de esos días, teníamos una explicación breve que podíamos anotar con tinta azul lavable, junto al margen, respetando el ancho del renglón. Teníamos algo que podíamos acordarnos y repetir. Siempre había, en lo que nos contaban, una gesta, héroes, un cuento fácil de buenos y malos. Los dibujábamos con crayones y lápices de colores. La gente con paraguas y galera pidiéndole al Cabildo saber de qué se trataba: esa revolución limpia, sin tiros ni linchamientos; la Casa de Tucumán con sus columnas ensortijadas de azúcar custodiando el portón siempre cerrado; San Martín con su sombrero azul, abarquillado y el sable en alto, arriba de las montañas imposibles, nevadas en las puntas, cónicas. El dibujo de las islas, apenas perdidas, apenas cedidas a los enemigos poderosos en una guerra despareja. Esa mariposa partida al medio pintada siempre de celeste y blanco, con un sol en el centro.

Teníamos los días para colgar nuestros dibujos en el patio. Uno al lado del otro. Con nombre y grado, ninguno distinto. Las canciones que entendíamos a medias, que despertaban en nosotros a veces entusiasmo, a veces desgano. Nos interpelaba lo de “Cabral, soldado heroico”, nos dejaba un poco afuera el “manto de neblina”.

Era una época de pintadas y dibujos, de canciones. Así me la acuerdo. Ese principio de la democracia. Esa primera vez para mí. Esa vuelta, para otros. Con cantitos de cancha que no alentaban a ningún equipo. Con gente en la calle, a veces, transpirada, adulta, agitando banderas.

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En la General Paz, sobre la piedra, había pintadas largas con letras que alternaban el blanco y el rojo y el celeste. Nombres sobre todo, de listas y de candidatos, pero también una P encima de una V estirada, como la de la serie de los marcianos que abajo de la piel eran iguanas, que se tragaban ratones. Yo leía en voz alta, practicaba las letras, les preguntaba a mi papá y a mi mamá qué quería decir RA, qué PI, UCR, qué era Justicialismo. Y ellos me daban siempre respuestas directas, concretas. Salvo una vez. Los dibujos eran siluetas blancas y vacías, contornos. Los había visto en el barrio, pero también en el centro. Me dijeron que eran “desaparecidos” y yo no entendí. Me imaginé fantasmas, muertos. Me dijeron que eran otra cosa. Aunque, seguro ya la había escuchado antes, me dijeron por primera vez la palabra “Dictadura”. Quise saber y trataron de contarme.

Me quedan, de esa charla, atrás del auto, sin cinturón, suelto, con la espalda pegada a la cuerina del Chevy, la imagen de los militares malos, no de los de San Martín, ni de los soldaditos de Malvinas, otros, de algo turbio, de algo complicado. De la oscuridad y la vergüenza y la muerte. Mi papá nervioso, insultando, mi mamá calmándolo. A los cinco, a los seis años, me queda la idea de sentir con ellos, por primera vez, algo en lo que no me podían ayudar, su insuficiencia, un miedo compartido.

Ahora, mi hija tiene el 24 de marzo. Además de todos los días, tiene también ese. La semana pasada estuvieron escuchando en la escuela canciones que hablan de un modo más directo, de un modo más elíptico, acerca de la última dictadura militar. Tiene que hacer un trabajo práctico, un dibujo. Eligió Canción de Alicia en el país, de Serú Giran. Me canta la parte que dice:

“Los inocentes son los culpables

dice su señoría:

El rey de Espadas.

No cuentes lo que hay detrás de aquel espejo,

no tendrás poder

ni abogados, ni testigos”.

Va a dibujar un juez que grita, va a dibujar una mano que rompe un espejo. Me explica, directa, concreta, que no hacía falta que fueras culpable de nada para que te secuestraran, te torturaran, te mataran. Me dice que no importaba lo que sabías, lo que tenías para decir, lo que veías, que nadie te iba a creer, que nadie te iba a apoyar. Me dice que las dictaduras no las elige nadie. Me dice que robaban bebés, que tiraban cuerpos al río. Me dice que cada uno de sus compañeros va a elegir la canción que más le guste, la parte que más le interese; que cada uno va a hacer un dibujo distinto.

*Santiago Craig nació en 1978

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