Josefina Licitra, Pedro Mairal y Juan Pablo Varsky: cómo el fracaso puede ser la antesala de la superación

Crónica de historias personales que movieron desde la risa a la seriedad de los participantes de la mesa “Hermosos perdedores”, en el festival Basado en Hechos Reales

“Lo intentaste. Fracasaste. Da igual. Prueba otra vez. Fracasa otra vez. Fracasa mejor”. Esta frase que se ha convertido en santo y seña del optimismo –o un llamado a la persistencia– se encuentra en realidad en la obra Rumbo a peor, de Samuel Beckett, uno de sus textos que no es de los más conocidos pero que está inflamado por un pesimismo existencial que todo lo corroe. Por caso, el texto retoma esa frase y la extiende: “Fracasa otra vez. Otra vez mejor. O mejor, peor. Fracasa otra vez peor. Aún peor. Hasta enfermar del todo. Vomita del todo”. Frente a una sociedad en la que el éxito se impone como una virtud imprescindible y la vara con la que se miden los actos, Josefina Licitra, Pedro Mairal y Juan Pablo Varsky participaron de una mesa coordinada por Julieta Roffo para dar cuenta de sus fracasos en la segunda jornada de Basado en Hechos Reales, en el CCK. Con resultados que a Beckett le hubieran gustado, porque jugueteaban limpiamente con el absurdo.

Josefina Licitra

“Pero ojo: no se trata de reivindicar el personaje maldito del fracasado –dijo Licitra, autora de 38– que sólo conformaría la antípoda del exitoso cínico”. Contó entonces una anécdota que en otro tiempo le era imposible contar. En una de sus primeras clases de periodismo en TEA, a los 17 años, uno de los profesores había puesto un encendedor sobre el escritorio e invitó a todos los estudiantes a pasar para luego describirlo. “Lo tocaban, lo pesaban, lo olían, y e mí me parecía ridículo. Descarté la idea de pasar y ya tenía en mi cabeza la idea que iba a escribir, que no sería en nada parecida a la de mis compañeros mediocres. Escribí y entregué el texto y luego el docente iba leyendo uno a uno cada texto sobre el encendedor. El mío no era leído, por lo que suponía que lo dejaba para el final, para que se convirtiera en ejemplo para mis compañeros. Cuando llegó el turno, lo leyó. Y lo hizo socarronamente, haciendo hincapié en las partes supuestamente literarias y, tomándolo con dos dedos lo mostró a todos y dijo: ‘Esto es caca’”. Licitra reconoció una lección en ese gran fracaso frente al público: “Entendí que periodismo era oler, pesar, ver y luego dar cuenta de qué es un encendedor y no ese intento super literario que había intentado hacer yo”.

Pedro Mairal

A Mairal le iba mal, muy mal en la carrera que el destino le había asignado: Medicina. Tanto que había dejado de cursar pero sin decirlo en su casa, razón por la que durante el horario de cursada iba al bar. Y ahí leía y no dejaba de leer. El bar fue su lugar de entrenamiento como lector, que luego llevó a la escritura. Sin embargo, el cuatrimestre terminó, no había cursado Medicina, no podía mostrar resultados a sus padres, y todo estalló. “¡En esta familia todos trabajamos!”, le gritaba el padre entre reproches de todo tipo. Pero el autor de La uruguaya tenía un as bajo la manga: “Les quiero pedir que vayan al cine a ver La sociedad de los poetas muertos”. Y recordó al público que uno de los núcleos de la película es un estudiante al que los padres no le permiten estudiar teatro y termina suicidándose. Los padres volvieron del cine, la madre acarició su cabeza, y le permitieron entonces formarse en las lides literarias. El fracaso con Hipócrates le permitió dedicarse a la literatura en todos sus géneros.

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Julieta Roffo y Juan Pablo Varsky

Juan Pablo Varsky también se refirió a los estudios, pero no a los suyos en particular. Es decir, contó que cuando niño llevaba a su casa un boletín repleto de notas 10, pero que no era felicitado. Su madre le decía que esa era su obligación. Y que esa disciplina le quedó marcada a fuego. Ya casado y luego divorciado, hacía las tareas con sus hijos. Pero el menor no lograba aprehender lo que Varsky le decía y no avanzaba y al final la tarea la terminaba haciendo el periodista deportivo y al niño le iba mal en las clases donde no estaba Varsky para ayudarlo. Lo llamaron a una reunión en la escuela para decirle que su hijo no encajaba con las condiciones necesarias para la clase que integraba. “Fue un golpe, porque pensaba en mi madre y su mandato”, dijo Varsky. Pero también contó que contrataron a una psicopedagoga, que él nunca más hizo las tareas con sus hijos y que pronto el hijo menor había alcanzado los estándares que se requerían de él. El reconocimiento de su propio fracaso le permitió a Varsky reconciliarse a la vez con su madre y con su hijo.

(Gustavo Gavotti)

Fracasos no optimistas, pero vidas que aprenden de los fracasos para llegar a ser mejores. No por nada la mesa se llamaba “Hermosos perdedores”.

Fotos: Gustavo Gavotti

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